El ruido y el silencio

Vivimos en un país literalmente ruidoso. En la calle las bocinas y los motores compiten. Las bocinas sin sentido y siempre estridentes, como si no se pudiera esperar un segundo; los motores a gran velocidad entre los carros, que agregan más tensión a conducir en la selva en que se han convertido nuestras calles.

Sin dudas, el ruido domina los espacios públicos y privados. Está en las calles, en los colmados, en los programas de radio y televisión y en las redes sociales. Todo se dice alto, de todo se opina y todo se sentencia. El que habla más fuerte parece tener razón, esa es la regla. Y, como no se puede conversar de forma civilizada, el que interrumpe gana. En ese escenario, el silencio se interpreta como una debilidad.
Por eso no pensamos, porque para pensar se necesita silencio y el asunto es vocear.

Claro, no hablo de miedo a no opinar o auto censura, sino de contenerse para ordenar las ideas y las palabras. Ese silencio se ha vuelto raro y al igual que el pensar diferente a la “masa”, es casi subversivo.

En la vida pública dominicana, el ruido funciona como cortina, para esconder la reflexión y que no se note la falta de argumentos. Se discute todo, pero se profundiza poco. Se denuncia mucho, pero se escucha menos. El escándalo desplaza a la explicación, y la prisa sustituye al criterio.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Allí el ruido es constante, sin “ton” ni “son”. Quien no reacciona de inmediato es irrelevante, y quien toma tiempo para pensar llega tarde. La lógica del “ahora” ha expulsado al “después”, y con él, a la reflexión. Opinar rápido vale más que opinar bien.

Pero el silencio también ha desaparecido de otros lugares. En las casas había momentos de conversación, ahora hay pantallas encendidas. En las aulas, también, la reflexión ha sido reemplazada por la urgencia. Y en las instituciones, donde se habla mucho en ruedas de prensa, pero se calla en las acciones.
Paradójicamente, nunca se habló tanto y nunca se dijo tan poco.

Y no se trata de promover la pasividad. El silencio no es resignación, es preparación. Es el espacio previo a la palabra justa, al decir de Flaubert. Y donde decidimos si lo que vamos a decir vale la pena. Sin silencio no hay pensamiento, y sin pensamiento no hay ciudadanía.

Tal vez por eso el ruido nos gobierna con tanta facilidad, un pueblo ensordecido discute, pero no delibera. Y se indigna en las redes, buscando “likes”, pero no transforma las cosas importantes.
Recuperar el silencio es un acto cívico. En ese silencio incómodo, fértil, necesario, quizá podamos volver a decir algo que importe.

De ese silencio, parafraseando al doctor José Luis Taveras en su artículo: La tiranía de la manada, emergerá un héroe anónimo que no se pliega a la autocensura, que no expone sin meditar y que no le teme a la tiranía de la manada, y si el pago es el destierro social, entonces lo asume con decoro.
¡Shssss!

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