Santo Domingo: una conversación con el tiempo

Ensayos sobre la ciudad y la civilización

X — La ciudad imaginada
Hay una ciudad que se recorre con los pies y otra que se recorre con la memoria; y aunque ambas parezcan hechas de la misma materia —calles, esquinas, árboles, casas, plazas, puentes, ríos—, obedecen a leyes distintas. Mientras la primera se transforma con la prisa de los días, sometida al tránsito, la construcción y el comercio, la segunda permanece en un tiempo más profundo, donde las cosas desaparecidas conservan una especie de existencia secreta.

Santo Domingo pertenece a las dos ciudades. La ciudad visible puede ser levantada sobre un plano, medida con instrumentos y reducida a cifras. Puede ser descrita mediante estadísticas y mapas. Pero existe otra ciudad, menos dócil a las mediciones, que aparece cuando cerramos los ojos y regresamos, sin movernos del sitio, a una calle que ya no es la misma, a una casa demolida, a un árbol desaparecido, a una esquina donde alguna vez esperamos a alguien. Esa ciudad no figura en ningún catastro. Es la ciudad que llevamos dentro.

Y quizá por eso una ciudad puede cambiar casi por completo sin dejar de ser reconocible para quienes la han vivido. Debajo de las nuevas avenidas, de los edificios que sustituyen antiguas viviendas, de los túneles, elevados, puentes y estaciones del Metro, persiste una arquitectura invisible, hecha de recuerdos, asociaciones y nombres que el tiempo no ha conseguido borrar del todo.

Santo Domingo, con sus más de cinco siglos de existencia, ofrece como pocas ciudades esa experiencia de superposición. La ciudad colonial, la republicana y la metrópoli contemporánea conviven como estratos de una materia.

Caminar por la Ciudad Colonial es comprobarlo. Allí una piedra puede haber sido colocada hace siglos y, sobre ella, pasar diariamente cientos de pasos modernos. Una fachada conserva el orden de otro tiempo mientras frente a ella circulan automóviles y motocicletas. Una iglesia levanta sus campanarios sobre un espacio donde se cruzan turistas, vendedores y vecinos. La ciudad no ha elegido entre pasado y presente: los ha obligado a coexistir.

Algo semejante ocurre con el Ozama, ese río que parece haber recibido desde siempre la tarea de servir de testigo a la ciudad. Vio levantarse construcciones, crecer las murallas y pasar embarcaciones, mientras la ciudad cambiaba de escala y costumbres. El río permanece mientras todo lo demás parece empeñado en transformarse.

Pero la memoria no reproduce la ciudad como una fotografía. Selecciona, deforma, aproxima, mezcla. Conserva una puerta y olvida la fachada; recuerda el árbol y pierde la casa; retiene una voz y deja escapar un nombre. Una ciudad recordada no es una copia disminuida de la ciudad real. Cada habitante fabrica la suya.

Para unos, Santo Domingo comienza en una calle de la Ciudad Colonial; para otros, en una casa de Gazcue; para otros, en la orilla del Ozama o en el Malecón, donde el mar Caribe abre su horizonte. Para muchos, la ciudad puede concentrarse en una esquina, una escuela, un cine desaparecido, un mercado o el solar donde se jugó a la pelota.

La infancia tiene esa facultad de agrandar los espacios. Una cuadra puede parecer entonces una provincia; una esquina, una frontera; un árbol, un bosque. Después los años modifican las proporciones. Regresamos y descubrimos que la distancia era menor, que aquel inmenso patio apenas ocupaba unos metros. Pero no por ello la memoria se equivoca. El espacio que recordamos no era el espacio medido por el ingeniero: era el espacio vivido.

Porque cuando volvemos a una calle antigua no buscamos únicamente encontrarla. Buscamos, muchas veces sin saberlo, a quien fuimos cuando aquella calle todavía formaba parte de nuestro mundo.

Ciertas pérdidas urbanas son también pérdidas íntimas. Una casa demolida puede llevarse consigo una manera de entrar la tarde, un dibujo de las sombras, el lugar donde alguien colocaba una silla, el sonido de una verja, el olor de un jardín después de la lluvia. Un árbol cortado puede dejar un vacío que ningún nuevo árbol ocupa de la misma manera, porque aquel árbol estaba unido a una edad de nuestra vida.

La ciudad cambia, y con ella cambia nuestra memoria. Sin embargo, sería absurdo pedirle a una ciudad que no cambie. Una ciudad inmóvil sería una ciudad muerta. Santo Domingo ha crecido transformando sus espacios, extendiendo sus vías, multiplicando sus edificios y construyendo nuevas formas de transporte.

El problema no está en transformar la ciudad, sino en saber qué debe conservarse mientras se transforma. Toda renovación implica una elección. Al abrir una avenida se decide no solamente por dónde pasarán los vehículos, sino qué relación tendrá con las casas vecinas. Al levantar un edificio se modifica el horizonte de una calle. Al sustituir una plaza se altera una manera de encontrarse. Al borrar una antigua construcción se elimina, junto con ella, una parte del relato urbano.

Una ciudad está hecha también de aquello que ha desaparecido y continúa actuando sobre nosotros. Los mapas antiguos lo demuestran de una manera casi misteriosa. Basta colocar sobre el plano actual una cartografía de otra época para descubrir calles que ya no existen, manzanas que cambiaron de forma y espacios ocupados por nuevas construcciones. La ciudad contemporánea aparece como una escritura superpuesta a otras escrituras. Y basta reconocer una esquina para que el plano deje de ser documento y se convierta en recuerdo.

Entonces comprendemos que también los planos tienen memoria. Quizá por eso la ciudad imaginada no sea una fantasía, sino una forma más honda de realidad: la ciudad que resulta de mezclar aquello que vemos con aquello que recordamos, el espacio con el tiempo, la arquitectura con la experiencia.

La ciudad visible nos dice dónde estamos. La ciudad recordada nos dice quiénes fuimos. Y hay todavía una tercera ciudad: la que imaginamos para quienes vendrán después. Será otra Santo Domingo. Tendrá edificios que hoy no existen, nuevas formas de movimiento, otras maneras de trabajar, de comerciar, de encontrarse. Sus habitantes recorrerán espacios que nosotros no conoceremos y quizá sentirán nostalgia por cosas aún no construidas.

Ésa es la extraña condición de toda ciudad: mientras nosotros la habitamos, ella ya pertenece, en parte, al futuro. Cada generación recibe una ciudad hecha por otras manos y, al mismo tiempo, la responsabilidad de modificarla. Hereda calles, árboles, plazas, edificios, ríos y recuerdos; agrega nuevas formas y deja otras atrás. Así se construye la continuidad urbana: no por conservación absoluta ni por ruptura completa, sino por esa difícil convivencia entre lo que permanece y lo que cambia.

Santo Domingo continuará creciendo sobre sí misma. Bajo una avenida permanecerá el recuerdo de una calle; detrás de una torre, la silueta de una antigua casa; junto a una estación del Metro, quizá la memoria de un trayecto que alguna vez se hacía a pie. El Ozama seguirá llevando hacia el mar Caribe las aguas que ha llevado durante siglos, indiferente y fiel a su propia duración.

Y acaso, cuando dentro de muchos años alguien vuelva a caminar por una calle que hoy creemos conocer, descubrirá que aquella ciudad tampoco era enteramente nuestra. Habrá sido apenas el instante que nos correspondió vivir.

Porque una ciudad no es solamente el lugar donde transcurre nuestra vida. Es también el tiempo que queda adherido a sus lugares. Cuando ese tiempo se despierta, una esquina puede contener una infancia, una casa puede devolvernos un rostro, un río puede devolvernos un siglo.

Y entonces la ciudad deja de ser territorio: se convierte en memoria. Y la memoria, cuando encuentra una ciudad, tiene la extraña facultad de hacer que lo perdido vuelva a caminar, por un instante, sobre las mismas calles donde alguna vez fuimos nosotros.

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