El fracaso es solitario y no tiene acompañantes, mientras que al triunfo no lo dejan aislado y cuenta con muchos que se le quieren apropiar para autoproclamarse como sus causantes. Y es que el deslumbramiento de la fama atrae tanto como ciega. Nada aleja más que el portador de un problema del que nadie quiere hacerse cargo, mientras que la mayor afinidad surge ante una solución encontrada, cuya autoría quisiera atribuírsela aquel que menos contribuyó.
El sacrificio va en el camino, arrastrándose triste y pesaroso, en tanto la victoria que le sigue se alimenta de la multitud que no estuvo en los comienzos. La popularidad es numerosa, el olvido es el vacío de la nada, sin recuerdos ni arrepentimientos. La enfermedad transita sin piedad para el que la padece, cuando la salud se ha hecho un lado y en ese momento aciago, se pueda apreciar justo los pocos que se quedan y la gran parte que se va. El poder es adictivo, crea dependencia y cuando se pierde, es la mayor de las tragedias para quien quiso apoyar su existencia solo en eso y lo entendió como un valor que lo identifique.
El dinero siempre tiene adeptos que lo persiguen y lo quieren atrapar para usarlo, exhibirlo y gastarlo, mientras la miseria languidece famélica y desprestigiada consumida en la carencia. De la pena no quiere saber nadie, como si fuera contagiosa, porque las alegrías son más reconfortantes y exigen menos esfuerzo. Si la misión fue exitosa, el equipo acudirá solícito y entusiasta, pero se alejará rápidamente si resultare fallida, para señalar al líder como el único responsable y negar toda participación en el fiasco.
Las buenas obras son silenciosas, discretas y nadie las ve porque no se alimentan de la lisonja ni de los falsos halagos, les basta con la satisfacción de lograr una sana convivencia. Entonces, como decía el escritor estadounidense Mark Twain, cuando alguien se encuentre a sí mismo al lado de la mayoría, es tiempo de parar y reflexionar porque, tal como expresaba David Brinkley, un hombre exitoso es aquel que pueda ser capaz de construir una edificación con los ladrillos que otros le hayan tirado.
