Fascismo y comunismo, dos ideologías de destrucción

En la práctica, nada diferencia en materia de ideología a un extremo del otro. En esencia y métodos, los comunistas apenas se diferencian de los fascistas. Tienen en común muchas cosas. Coinciden sobre cuestiones básicas y en momentos cruciales de la historia, sus alianzas, carentes de toda justificación moral, llevaron a la guerra y al holocausto.

El famoso acuerdo secreto entre los ministros de Relaciones Exteriores alemán, Von Ribbentrop, y soviético, Molotov (fallecido a los 96 años), firmado en Moscú en 1939, precipitó el ataque nazi a Polonia que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. El pretexto ruso ha sido el que ese pacto protegía a la URSS de una invasión alemana. Lo cierto es que el acuerdo conllevaba otros puntos que entonces calmaban las apetencias de dominio imperial tanto del régimen de Hitler, en Berlín, como el de Stalin, en Moscú.

Mientras las tropas de la SS y la Wermatch cruzaban las líneas fronterizas polacas, en el primer ensayo de guerra relámpago, las huestes rusas hacían otro tanto hacia Finlandia.

Este ataque sorpresivo carecía de un fundamento patriótico o ideológico. Se basaba exclusivamente en la pretensión stalinista de anexarse el territorio de la Carelia finlandesa.

Los jerarcas soviéticos creían ésta una empresa fácil. Durante algún tiempo la infiltración y la labor política habían agitado las aguas en el territorio invadido y los comunistas creían dadas las condiciones para una incorporación sin mayores problemas. Estaba, además, la abrumadora superioridad de la maquinaria militar soviética sobre el pequeño y mal equipado ejército finlandés.

Pero la facilidad con que los alemanes tomaron Polonia no se repitió en Finlandia, donde el ejército rojo fue sometido a muchas humillaciones y derrotas vergonzosas, antes de consumar la operación militar y política de la Carelia finlandesa.

La Segunda Guerra Mundial proporcionó al mundo varias demostraciones claras y contundentes del alcance de la moral marxista y la naturaleza despiadada del régimen soviético. El acuerdo secreto con Alemania, que permitió a Hitler el intento de llevar a cabo sus designios de dominación europea, no fue el único ejemplo soviético de connivencia con los fascistas.

Cuando los judíos de Varsovia entregaban el último de sus hombres a las puertas del ghetto y la resistencia alemana al empuje del avance ruso se hacía insostenible, las tropas del mariscal Shukov se situaron frente al Vístula, en las vecindades de Varsovia, a esperar por la destrucción del último vestigio del ejército polaco.

Stalin y los demás líderes del partido comunista soviético temían al ardiente nacionalismo de la oficialidad polaca. Entendían que la preservación de esa fuerza dificultaría los planes rusos de dominación sobre la Polonia de posguerra.

La inactividad del ejército de Shukov mientras los alemanes masacraban a los polacos y a los judíos, pudiendo evitarlo con un esfuerzo casi mínimo, da una idea de qué significan los comunistas cuando pregonan que “el fin justifica los medios”.

La matanza posterior de oficiales polacos, cuyos cadáveres fueron hallados después en los bosques de Katyn, aldea polaca al oeste de Smolensko, y atribuida a los soviéticos en base a pruebas testimoniales, no fue más que el epílogo de ese designio expansionista del antiguo sueño imperial de los zares que el bolchevismo preservó y cumplió por varias décadas para gloria de la madre Rusia.

En el plano de la teoría, las divergencias entre los comunistas y los fascistas, pudiera ser descomunal. Pero en la práctica nada les distingue cuando de alcanzar sus objetivos políticos se trata. En el fondo persiguen lo mismo. Nada fundamental diferencia, en efecto, el autoritarismo fascista del totalitarismo marxista-leninista.

La historia está llena de ejemplos que demuestran que los principios y las reservas morales nunca han sido para ellos obstáculos insalvables. En Cuba, por ejemplo, el Partido Comunista consideró a Fidel Castro y a su gente del 26 de Julio como “aventureros pequeños burgueses”, hasta la misma víspera del triunfo de la revolución. Y muchos de sus dirigentes fueron ministros y colaboradores de Batista, el corrupto dictador que, en su propia definición sometía a la isla al dominio imperialista.

La historia de la revolución soviética, como la de casi todo el movimiento comunista internacional estuvo edificada sobre un legado de mentiras y medias verdades. Con ellas se crearon una serie de .verdades históricas. para sostener el mito con el cual, todavía, se cautiva a la juventud, en algunas partes y se atribuye a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad no posee ni ha tenido nunca.

El carácter “heroico” otorgado a los movimientos revolucionarios marxistas era uno de los mitos más propalados. Sin embargo, el heroismo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

Tenemos, por ejemplo, que “los diez días que conmovieron al mundo” no lo fueron en realidad. Los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en una revuelta que duró escasamente un día y horas y en la que no hubo violencia excesiva.

La verdadera lucha había tenido lugar en marzo, cuando el pueblo, el ejército y los trabajadores se unieron a la Duma para derrocar a la dinastía zarista de los Romanov y establecer, en su lugar, el primer gobierno republicano.

El gobierno provisional de Alejandro Kerenski había aplastado en julio un intento de levantamiento de los bolcheviques ordenado por Lenin. Sin embargo, algunas semanas más tarde, Kerenski comenzó a tener dificultades con los jefes militares que le creían demasiado débil y responsable del creciente poder que adquirían los bolcheviques.

El general Kornilov, jefe del Ejército, intentó un golpe de estado. Para hacerle frente, Kerenski recurrió al Soviet.

Conscientes de la oportunidad que se les presentaba, Lenin y Trostki respondieron al llamamiento. Como parte del compromiso, el gobierno provisional debió armar a los Guardias Rojos y a los sindicatos controlados por Lenin.

La tentativa de golpe fracasó rápidamente, pero la autoridad de Kerenski quedó muy debilitada y los bolcheviques en posición de fuerza.

En medio de todas las dificultades y el descontento general por la negativa del gobierno de poner fin a la costosa e impopular guerra con Alemania, las bases políticas y sociales que sostenían al régimen provisional quedaron virtualmente desmoronadas. Fue entonces cuando Lenin creyó llegado el momento de actuar.

Con una identidad falsa, el líder bolchevique logró llegar a Petrogrado (había vuelto al exilio a raíz del fracaso del levantamiento de julio) para presidir una reunión secreta del Comité Central de su partido, que decidió por mayoría aplastante que las condiciones estaban maduras para un nuevo intento de asalto al poder.

El golpe tuvo lugar, esta vez con éxito, el 6 de noviembre del calendario ruso (octubre en el gregoriano, adoptado después por la URSS). Ahora ¿qué sucedió realmente ese día?

El historiador Robert K. Massie, investigador de la historia rusa y de la revolución soviética, lo relata de este modo: “Ese día, el crucero Aurora, enarbolando la bandera roja, ancló frente al Palacio de Invierno. Escuadrones de bolcheviques armados ocuparon las estaciones del ferrocarril, los puentes, los bancos, los teléfonos, los correos y otros edificios públicos.

No hubo derramamiento de sangre. A la mañana siguiente, el 7 de noviembre, Kerenski dejó el Palacio de Invierno en un coche deportivo Pierce-Arrow, abierto, acompañado de otro coche que enarbolaba la bandera norteamericana. Pasó sin ser molestado por las calles llenas de soldados bolcheviques y se dirigió hacia el sur, para buscar el apoyo del ejército.

Los restantes ministros del gobierno provisional siguieron en el salón de Malaquita del Palacio de Invierno, protegidos por un batallón de mujeres y una tropa de cadetes. Frente a una mesa de felpa verde, llena de colillas de cigarrillos, los ministros llenaron sus

anotadores con garabatos abstractos y proclamas de último momento: “El gobierno provisional llama a todas las clases para apoyar al gobierno provisional”.

A las nueves de la noche el Aurora lanzó una sola descarga en blanco, y a las diez, se rindió el batallón de mujeres. “A las once, otras treinta o cuarenta descargas silbaron sobre el río desde las baterías de la Fortaleza de Pedro y Pablo.

Sólo dos proyectiles tocaron levemente el palacio dañando el revoque. De todos modos, a las dos de la mañana del 8 de noviembre, los ministros se entregaron”, Massie explica que “esta escaramuza fue la Revolución Bolchevique de noviembre”, la cual a su juicio, fue más adelante “magnificada en la mitología comunista como una lucha épica y heroica”.

“Lo cierto es”, continúa el relato de Massie, “que la vida en la capital (rusa) apenas se alteró”. Los restaurantes, las tiendas y los cines sobre la Perspectiva Nevski siguieron abiertos. Los tranvías anduvieron como siempre en casi toda la ciudad y el ballet actuó en el Teatro Marynki. En la tarde del 7, sir George Buchanan (embajador inglés) caminaba en las cercanías del Palacio de Invierno y vio que el aspecto del muelle era más o menos normal”.

*El autor, Miguel Guerrero,es periodista y escritor, directivo

y Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia

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