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Renunciar no es sinónimo de fracasar. Es una decisión consciente de que otros con más bríos pueden seguir el camino ya recorrido por uno, en este camino de relevos que es la vida. Es una meta alcanzada cuando el punto de partida se torna lejano, es el puerto de llegada de una nave que zarpó hace tiempo.

Marcharse en el momento indicado es una manifestación de madurez, humildad y sabiduría para comprender cuándo detenerse y que alguien diferente ocupe su lugar. Es parar, justo en el instante en que la carga de la rutina, la falta de creatividad y el inclemente cansancio hagan estragos e impidan que se pueda ser la mejor versión de sí mismo.

Es razonable quien comprende que su etapa ya pasó y que todavía hay otros horizontes qué explorar. La renuncia no es rendirse, es cortar una era para comenzar otra; es cesar cuando se ha corrido demasiado, hay que aminorar el paso, respirar, tomar aliento y descansar.

Que no sean las circunstancias externas (y extremas) en manos de otros (o del destino) las que decidan la permanencia en un lugar; que la soberbia por querer perpetrarse no provoque las desavenencias que hagan insoportable quedarse de donde se debió apartar y no se quiso hacerlo; hay que evitar ser un barco a la deriva a merced de los girones de los demás, en cambio, saber irse cuando aún se puede, no cuando otros decidan.

Partir debe ser una reflexión consciente y sopesada donde se acepte con objetividad que hay quien pueda hacerlo mejor o por lo menos, diferente. Es cerrar un ciclo para abrir otros, que, aunque desconocidos e inexplorados, no por ello son menos interesantes.

Que no excluya la edad, los quebrantos de salud o las críticas de los demás porque no se ha dado la talla (o ya expiró toda iniciativa y se llegó a la fecha de vencimiento), que no tengan que expresarlo los terceros, sino que provenga de la convicción del que ya ha tenido suficiente y sabe que ha entregado lo que fue posible, sin resabios ni rencores.

Así, sin padrinazgos para quedarse, sin insistencia ante lo obvio, sin la estridencia de la imposición ni la pretensión de creerse ofendido porque se requiera un cambio. Es agotador ir contra el viento y la marea que exigen con todas sus fuerzas que se tome otro rumbo. Es de valientes hacerse a un lado porque vale más la dignidad de quitarse del medio por voluntad propia que sufrir el escarnio de que se le presente la salida como única opción. camino

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