Hambre cero: pan para hoy, deuda para manaña

Después de 6 años de gobierno, ahora sabemos un poco más sobre la paradoja dominicana: el Gobierno celebra que el país salió del mapa del hambre de la FAO, mientras miles de familias sufren todos los días porque el dinero no les alcanza para llegar a fin de mes.

Salir del mapa del hambre es una buena noticia. Nadie sensato puede desear lo contrario. Pero detrás de la celebración existe una pregunta que el discurso oficial evita: ¿con qué dinero están financiando las familias dominicanas su consumo?

Porque comer no significa necesariamente tener ingresos suficientes. Una familia puede mantener las tres calientes y, al mismo tiempo, estar endeudándose para conseguirlas.

Cuando el salario se acaba antes de que termine el mes, aparece la tarjeta de crédito, el préstamo de un pariente o un vecino, o el fiado en el colmado.

Ahí comienza otra historia del llamado «milagro dominicano». Podemos estar saliendo del mapa del hambre mientras entramos peligrosamente en el mapa del endeudamiento familiar. Comprar hoy la comida con una tarjeta que deberá pagarse con el salario del próximo mes no aumenta el ingreso: convierte el hambre de hoy en deuda para mañana.

Las cifras oficiales ayudan a entenderlo. El 51.4% de los ocupados se encuentra en la informalidad. Entre los trabajadores formales, el salario cotizable promedio rondaba los RD$37,525 mensuales a junio de 2025, frente a una canasta familiar promedio cercana a RD$48,542. Además, el 62.4% de los trabajadores formales recibía menos de RD$30,000 mensuales.

El pueblo no necesita estudiar economía para comprender esa diferencia. La gente siente la inflación cuando cobra su salario, la padece cuando llega al supermercado o al colmado, y la sufre cuando paga la guagua, el motoconcho, la luz o los medicamentos.

Pero la siente todavía más cuando faltan quince días para cobrar, la nevera está vacía y los chelitos se acabaron.
Entonces aparece el verdadero salario sustituto: la tarjeta de crédito. La tarjeta resuelve hoy lo que el salario no pudo resolver. Pero no hace magia. Ese dinero plástico hay que pagarlo mañana. Y un dato resulta particularmente revelador: el 63.1% de las nuevas tarjetas de crédito se concentra entre personas con ingresos inferiores a aproximadamente RD$32,500 mensuales.

El crédito está creciendo precisamente donde más aprietan los ingresos. La Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera 2023 del Banco Central ofrece otra señal: la proporción de personas con préstamos formales o informales pasó de 10.2% en 2019 a 21.0% en 2023. Se duplicó en apenas cuatro años. Además, el 42.3% señaló entre sus principales preocupaciones financieras no disponer de ahorros suficientes para enfrentar una emergencia.

Ahí comienza el viacrucis financiero. Se cobra y se paga la tarjeta; se compra nuevamente y el próximo salario llega ya comprometido. Queda menos dinero para cubrir las necesidades del nuevo mes y hay que volver a utilizar la tarjeta. Se paga para seguir debiendo y se vuelve a deber para seguir consumiendo.

El problema no es el crédito. Una economía moderna lo necesita. El problema aparece cuando la tarjeta deja de financiar una compra extraordinaria y comienza a financiar el arroz, una pieza de pollo, los huevos, la medicina o la gasolina porque los chelitos del mes no rinden.

Entonces ocurre una paradoja cruel: quienes menos tienen pueden terminar pagando más caro por el dinero que necesitan para sobrevivir hasta el cobro del próximo mes.

No es lo mismo que una familia consuma porque aumentaron sus ingresos que mantener el consumo porque aumentaron sus deudas. Deuda no es ingreso. Capacidad de endeudamiento no es bienestar. Y comer con dinero prestado no es prosperidad.

El Gobierno puede hablar de crecimiento, reducción de la pobreza, inclusión financiera y «hambre cero». Pero hay una pregunta mucho más sencilla que cualquier dominicano entiende: ¿el dinero que entra a las casas alcanza para vivir?

Si no alcanza, tenemos un problema. Si hay que completar el mes con la tarjeta, tenemos uno mayor. Y si después solamente puede pagarse el mínimo para liberar algo del crédito y volver a comprar comida, aquello dejó de ser simplemente inclusión financiera. Es una familia atrapada en una espiral de deuda, como un hámster que corre y corre sin llegar a ninguna parte.

El verdadero progreso no consiste en repartir tarjetas ni ampliar límites de crédito. Consiste en generar empleos productivos, aumentar los ingresos reales, bajar el costo de vida y lograr algo elemental: que una familia pueda vivir dignamente del producto de su trabajo.

El «cartel del cambio» proclama «hambre cero», pero demasiadas familias siguen haciendo milagros para completar el mes. Comprar hoy con crédito para pagar mañana no es prosperidad. Convertir la tarjeta de crédito en una extensión del salario no es progreso social. Y endeudarse para comer no puede presentarse como una conquista.

El llamado «milagro dominicano» puede resumirse en una sola frase: “pan para hoy, deuda para mañana”.

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