En Santo Domingo ya existen mezquitas especialmente en el municipio del Este y hay en construcción una en La Vega. En la zona fronteriza estarían ya funcionando varias en inmuebles construidos para otros fines. Y se habla de la construcción de una inmensa mezquita en Bávaro, Punta Cana, que competiría en majestuosidad con la Basílica de Higüey.
Hay informes de mujeres en barrios y pueblos del interior usando velos para cubrirse la cabeza todo el día, aunque no se trate propiamente del paño musulmán conocido como “hiyab” o “yijab”.
Además, en las universidades del país estudian jóvenes de ambos sexos oriundos de países musulmanes, que según se afirma son fieles practicantes del islam.
Así se inició la penetración en Europa y es alarmante lo que se ha estado viendo en Francia e Inglaterra. En esos y otros países del continente una inmigración musulmana militante, renuente a adaptarse a los valores europeos, está entregada a la tarea de imponer los suyos, incompatibles con las tradiciones y costumbres occidentales.
La Constitución dominicana consagra la libertad de cultos y nada de malo tendría que los musulmanes practiquen el suyo entre nosotros. Pero los activistas musulmanes no admiten otras enseñanzas que no sean las que han aprendido del Corán. Y la experiencia demuestra que el islam quiere imponerse como la única religión y no precisamente por medio de la fe, sino por la violencia.
Millones de cristianos siguen siendo perseguidos y asesinados en África, a los ojos de un mundo que calla por el temor que el islam provoca.
La ingenuidad de los estados creyentes de la existencia de un islam no radical, que la realidad y la historia desmienten, es su mayor aliada. Si esa secta llegara a expandirse entre nosotros, sería el fin de nuestra existencia como nación de valores cristianos.
