La Constitución contiene, en su preámbulo, una declaración de principios que actúa como guía moral y política de la nación.
La Carta Magna inicia su preámbulo invocando a Dios, como afirmación de una tradición histórica y cultural que reconoce la dimensión trascendente del ser humano. Desde sus primeras líneas, el constituyente deja claro que la República nace de una herencia espiritual que se proyecta hacia el porvenir. Además, va acorde al lema nacional esgrimido por el patricio: Dios, Patria y Libertad.
En el preámbulo se proclama la dignidad humana como fundamento del ordenamiento jurídico. La dignidad que no es una concesión del Estado, sino un atributo inherente a la persona. De ahí se desprenden los derechos fundamentales y la igualdad ante la ley. Es decir, la Constitución no crea la dignidad: la reconoce y la protege.
También se reivindica la libertad como valor esencial. Libertad de pensamiento, de expresión y de asociación. Obvio, una libertad que respete el derecho ajeno y el bien común. Pues, en cierta medida, en ese equilibrio entre libertad y orden se sostiene la convivencia democrática.
La República Dominicana se concibe como un Estado social y democrático de derecho. No basta con garantizar libertades formales; es preciso procurar condiciones materiales que permitan a cada ciudadano desarrollar plenamente su personalidad. De esta forma, la justicia social es una aspiración constitucional.
Otro valor esencial es la soberanía. El pueblo dominicano, heredero de las gestas independentistas y restauradoras, se reconoce como titular exclusivo del poder político. Toda autoridad emana del pueblo y se ejerce en su nombre.
La democracia aparece en el preámbulo como forma de vida que supone participación, pluralismo, tolerancia y respeto a las minorías. Una democracia auténtica exige instituciones fuertes, pero también ciudadanos comprometidos. La Constitución ofrece el marco.
No menos importante es la referencia a la paz, no solo como factor de “cohesión social” interna, sino también como manifestación de respeto del derecho internacional. Pues, la República no se concibe aislada, sino inserta en una comunidad de pueblos, con los que comparte responsabilidades y desafíos.
Al leer el preámbulo, uno advierte que no se trata de una pieza literaria prescindible. Es un texto normativo que orienta la interpretación de todo el orden constitucional. Cuando surgen dudas sobre el sentido de una disposición, el intérprete puede volver a esos valores esenciales y preguntarse cuál de ellos ilumina mejor la respuesta.
El preámbulo nos recuerda que somos una comunidad fundada en la dignidad, la libertad, la justicia y la soberanía.
No basta citar la Constitución, es necesario vivirla personal e institucionalmente. Cuando el ciudadano respeta la ley, cuando el funcionario actúa con probidad, cuando el juez decide con independencia, el preámbulo se convierte en realidad.
La mayor enseñanza de ese texto inicial es que las leyes pueden cambiar, los gobiernos pasar, las coyunturas transformarse. Pero los valores que sostienen la República deben permanecer firmes.
En esas primeras líneas está escrito de forma solemne no solo lo que somos, sino lo que aspiramos a ser.
