La cultura del desacuerdo

Uno de los legados occidentales más valiosos es la cultura de la discusión, sin matarse en el intento. Mientras otras civilizaciones apostaron por la uniformidad, aquí se hizo del debate un deporte nacional, claro, no exento de empujones, trompadas y sillazos. Desde el ágora griega, hasta los congresos y parlamentos modernos, en buena medida, con todo y su parafernalia, el conflicto de ideas ha sido el motor del progreso.

El desacuerdo, la crítica, el cuestionamiento, son parte esencial de nuestra cultura. Sócrates enseñaba a preguntar hasta incomodar, por algo le decían el “tábano”. Y lo hacía con un impulso por cuestionarlo todo, lo que le costó la vida, convirtido en nuestro primer rebelde intelectual. Siglos después, John Stuart Mill dijo que, si toda la humanidad pensara igual menos una persona, no tendríamos derecho a callarla.

Esa cultura dio forma a lo que somos. Luego los tribunales nacieron para que los conflictos no terminaran en sangre y procuraron controlar lo que algunos llaman “tiranía de las mayorías”, la cual se combate o se puede contener, además, con libertad de expresión, de asociación y con “ciudadanos despiertos”. El pensar diferente y canalizarlo por las vías legales, puede frenar el abuso de poder.

Pero hoy esa tradición de discutir, casi como deporte, se tambalea. Hoy el diálogo es guerra y quien piensa diferente es un enemigo. Y las redes, con la gran influencia que tienen, premian la inmediatez sobre la reflexión, propagando, por demás, muchas veces, enormes mentiras.

Lo más peligroso es que esto parece normal. Y que aquél idílico pasado de discusiones extremas que concluían en unos tragos juntos, es ficticio. Hoy una opinión distinta puede costar amistades. Estamos en la era del absoluto, o todos critican o todos aplauden, pero no se puede ir en contra de la mayoría.

También por eso los gobernantes quieren controlar el relato y callar voces. También esa ha sido parte esencial de la historia occidental. Por eso debemos discutir, con respeto, pero sin temor, si no a la “democracia” (entre comillas), le faltaría aire. Debemos garantizar ese derecho a que se piense distinto, lo cual siempre será provechoso. Recordemos la frase de Voltaire, podré no estar en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.

Defender al que piensa diferente es difícil, pero es una forma de aceptar la democracia como sistema. También, de que podemos estar equivocados, de que no somos infalibles.

Recuperar esa cultura es urgente. Debemos escuchar antes de responder. Argumentar bien sin buscar destruir al adversario, que no es nuestro enemigo. Debemos entender, de igual forma, que el disenso es señal de que seguimos vivos como sociedad abierta, plural. Y que una sociedad sin fricción es una sociedad que dejó de pensar. No podemos castigar a quien piensa distinto, ni censurar de manera previa. Si quien denuncia pasó los limites legales, para eso estarán los tribunales, pero las normas no pueden ser injustas.

Occidente seguirá vivo mientras conserve ese don: pensar distinto sin destruirse. Discutir por que vale la pena, para avanzar y forzar a ponernos de acuerdo en mayoría. Y, obviamente, alejarnos del pensamiento totalitario y de la censura impúdica a quien piensa distinto.

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