Por Ericka Bardot.-
«Estoy aquí. Con ustedes», escribió María Corina Machado en sus redes sociales el domingo 25 de octubre y desató la euforia de un país que casi había perdido la esperanza de verla regresar. Los feligreses que acudieron ese día al santuario de la Divina Pastora, en Barquisimeto, desconocían que la dirigente opositora se encontraba en la ciudad. Salieron gritando «¡Libertad!» y «¡Presidenta!», mientras la multitud, entre muestras de júbilo, le impidió durante varios minutos subir a la camioneta. Esa misma noche, después de atravesar Yaracuy, Carabobo y Aragua, entró en Caracas acompañada por una multitudinaria caravana. «Show», lo llamaron desde Miraflores.
Durante meses, en Washington y en más de una mesa de análisis, prevaleció la conclusión de que le convenía esperar antes de regresar. Según The New York Times, el propio Trump le recomendó «cortésmente» que esperara, y funcionarios estadounidenses admitieron haberle aconsejado que permaneciera fuera del país por razones de seguridad. Analistas citados por El Español aseguran que Washington consideraba su presencia un «factor de inestabilidad» para las conversaciones con el chavismo.
Ahí comienza el problema de ciertos análisis internacionales: atribuyen a los actores los intereses que, a su juicio, deberían tener y después se sorprenden cuando persiguen otros. Para un gobierno extranjero, la prioridad puede ser estabilizar una negociación o concretar acuerdos de intercambio.
La emoción interviene en esa diferencia, pues influye en lo que cada persona considera tolerable, en cuánto está dispuesta a arriesgar y en las promesas que se resiste a abandonar, aunque mantenerlas resulte inconveniente desde una perspectiva más amplia. También modifica el cálculo de quienes gobiernan, porque una población resignada y otra movilizada imponen costos políticos diferentes.
La testarudez también es un dato
En el caso de Machado, la perseverancia estaba a la vista. Su trayectoria acumula suficientes enfrentamientos con el poder y con otros sectores opositores como para que su insistencia en regresar mereciera una evaluación que tomara en cuenta sus motivaciones, más allá de los cálculos de conveniencia realizados desde el exterior.
Su regreso tampoco puede explicarse únicamente como una expresión de su carácter o como una «malcriadez» de la dirigente opositora. La voluntad necesita condiciones para actuar. Rubio sostuvo que Estados Unidos había comunicado semanas antes a las autoridades venezolanas que debía permitirse su entrada. Su retorno admite, por tanto, una combinación de decisión personal, presión política y gestiones diplomáticas. Atribuirlo exclusivamente a un impulso emocional sería otra simplificación. El politólogo Benigno Alarcón lo interpreta de otra manera: «Su retorno no es el resultado de las negociaciones, es el resultado de su decisión».
Lo revelador es que el vínculo con sus seguidores también tiene valor estratégico. Regresar permite renovar una promesa, recuperar presencia y disputar la representación de las expectativas de cambio. La testarudez que parece inconveniente desde una oficina puede terminar sosteniendo la credibilidad que un dirigente necesita en la calle.
El recibimiento permite apreciar una capacidad de movilización que los negociadores deben considerar, así como el respaldo de una parte de la población que mantiene su confianza en ella. Su alcance, sin embargo, debe interpretarse con cautela, pues la magnitud de una concentración no permite determinar el apoyo de todo el país ni anticipar una convocatoria inmediata a elecciones presidenciales.
Del duelo a la organización
Serbia, desde otra región del mundo, ofrece una perspectiva complementaria. Durante años, su posición internacional se ha explicado a partir del equilibrio que mantiene entre Bruselas, Moscú y Pekín.
El derrumbe de la marquesina de la estación de Novi Sad, en noviembre de 2024, dejó 16 muertos y dio origen a una movilización estudiantil que terminó desafiando al Gobierno. La Lista Estudiantil obtuvo más de la mitad de los votos en las elecciones del 25 de octubre y puso en jaque al Gobierno actual.
En Israel, en cambio, sería incorrecto presentar las elecciones como una sorpresa que nadie pudo anticipar. El resultado sigue abierto y Netanyahu todavía puede intentar formar gobierno mediante negociaciones y acuerdos.
El caso plantea una pregunta más exigente: cuánto pesan la confianza y la rendición de cuentas cuando una sociedad evalúa a un gobernante que invoca la seguridad. La capacidad militar y las alianzas exteriores ofrecen una parte de la explicación, pero también importa la legitimidad que los ciudadanos reconocen a quienes ejercen el poder.
Entender sin aplaudir
Brasil aportó otro ejemplo esta semana. El 25 de octubre, Lula da Silva consiguió su cuarto mandato con el 51,79 % de los votos, después de quedar segundo frente a Flávio Bolsonaro en la primera vuelta. Fue la primera remontada de ese tipo en una elección presidencial brasileña.
Estos casos invitan a examinar con mayor atención cómo se forman las preferencias políticas y de qué manera llegan a convertirse en decisiones capaces de alterar el poder. Las emociones intervienen en ese proceso junto con otros factores que los análisis deben considerar para comprender los resultados.
Cualquiera que haya jugado dominó en un colmado sabe que llevar la cuenta de las fichas ayuda mucho, pero también observa a quienes están sentados alrededor de la mesa en busca de alguna pista.
El mundo tiene algo de tómbola: importa lo que se echa dentro. Las ambiciones, los duelos, las lealtades y los temores intervienen en el resultado, y la tarea del análisis consiste en comprender cómo se combinan con los intereses políticos.
Los gobiernos pueden firmar un acuerdo y descubrir después que carecen de la confianza necesaria para sostenerlo. Esa confianza también forma parte de la realidad política, aunque no figure en el documento. La geopolítica resulta especialmente útil cuando recuerda que los Estados están habitados por personas. Cuando se olvida de la gente, la gente se encarga de recordárselo.
