La forma de la espada

Hay traiciones que matan, otras no, pero dejan cicatrices eternas.

Borges nos cuenta en La forma de la espada, un cuento publicado en 1942, la historia de un hombre con una media luna grabada en el rostro. El narrador —aparentemente un inglés heroico, exiliado en Suramérica— relata una historia de amistad, guerra y persecución. Se presenta como testigo de una traición: su compañero Moon, joven y valiente, fue delatado. El relato avanza y pensamos que estamos frente a un héroe, sobreviviente de la guerra, quizá un mártir.

Pero Borges guarda para el final un giro dramático: el traidor no es otro que él mismo.

La cicatriz en forma de medialuna no es una marca de honor. No la recibió peleando por su patria, sino huyendo, luego de haber delatado a su amigo, quien con “un alfanje; con esa media luna de acero” le hizo la eterna herida en el rostro.

Este, luego de unos tragos, se confiesa, narrando su vergüenza: “—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia”.

No busca perdón, solo dejar constancia de su traición. Quizás el silencio que cubre su traición es insoportable, aunque seguro la reconoce cada vez que se mira al espejo.

Hoy, los traidores no cargan marcas como este personaje borgeano, ni se ocultan detrás de versiones convenientes, de justificaciones técnicas, de pragmatismos cínicos. La traición, que antes requería silencio, hoy se enmascara con discursos. Se traiciona con estilo, con retórica, hasta con una sonrisa.

Por eso, este cuento breve resulta tan actual. No porque reivindique al traidor, sino porque lo muestra entero. No borra la cobardía; la exhibe con crudeza. Y nos obliga a preguntarnos: ¿qué valor tiene una confesión cuando ya nada puede cambiar? ¿Esa es la redención del traidor?

En política, los John Vincent Moon abundan. Son los que un día militaban en causas nobles y al día siguiente firmaban pactos con sus adversarios. Son los que juraron lealtad y después negociaron a espaldas. Pero no tienen cicatriz en su rostro, por eso son más peligrosos.

El personaje de Borges —paradójicamente— tiene algo que muchos no: conciencia. Sabe que fue cobarde. Y aunque no espera absolución, al menos no miente. Esa franqueza es una forma de respeto: hacia el amigo al que vendió y, quizás, hacia sí mismo.

Pero el mayor daño empieza cuando el traidor pretende no haberlo sido. Cuando borra los rastros y reescribe la historia, convirtiendo la deslealtad en estrategia e, inclusive, buscando reconocimiento.

En un mundo de falsos valientes y leales de ocasión, tal vez haya que mirar con respeto —aunque sin admiración— a quienes se atreven a decir: yo fallé, y aquí está la prueba.

Porque, a la larga, la peor traición no es al otro, sino a la verdad.

“¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia?”, le dice el traidor a Borges, y luego concluye: “Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme”.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas