Casi cada tres días o cuatro días, en nuestro país vemos el caso de una mujer que perdió la vida a causa de un hombre con el que la víctima sostuvo una relación. Al mismo tiempo, si revisamos, veremos que entre 2015 y 2025 se registraron más de 840,000 denuncias por violencia intrafamiliar hacia mujeres.
Esos son los números duros, los que quedan capturados bajo un protocolo específico. Las agresiones no tipificadas por el Código Penal son muchas más, imposibles de contabilizar.
Y entre estas está la redefinición de lo que vale o no una mujer por lo que dice o deja de decir. Lo resumo con uno de los refranes más horribles que se me ocurren: “La mujer del Cesar no sólo debe ser una dama, también debe parecerlo” La expresión encierra una idea muy simple, si usted es mujer y quiere que la respeten, debe tener una apariencia que imponga el respeto. Pero si esa apariencia no es aprobada de algún modo, entonces usted no merece respeto ni es una dama.
En el espectro dominicano, esto es altamente complicado. Tengo una amiga que recibió un disparo por parte de su expareja, lo que la afectó en muchos sentidos. Todo el que la conoce dice que es una mujer muy atractiva. Ella, que es joven, sube fotos a Instagram con la ropa que le gusta vestir.
Los comentarios que me hacen apuntan a que es “chapiadora”, “una mala”, etc. Y esto, a pesar de que es gente que nunca la ha visto en persona, no conoce a nadie de su círculo y no tiene absolutamente ninguna referencia más allá de esa fotografía.
En el otro lado del espectro están las mujeres que son juzgadas por el tipo de profesión que ejerzan. Hace unas semanas, una reconocida figura del mundo del entretenimiento dijo en la radio, que, a su juicio, una mujer con valores no trabaja de comunicadora. Luego aclaró que quiso decir otra cosa; pero en el ínterin, sí hubo quienes dijeron que el 90% de las mujeres en los medios de comunicación desempeñan roles de indignidad.
Semanas antes, otra figura del entretenimiento se refirió a las artistas urbanas, explicando que le parecían antihigiénicas, así no las conociera. Y luego está toda la instalación de ideas en las que las mujeres debemos estar encerradas en una forma específica, porque de lo contrario, perdemos valor.
El escenario político es otra carnicería en el que las mujeres tienden a ser atacadas sistemáticamente a todos los niveles. Hagamos este ejercicio, pensemos en figuras femeninas de la política que han tenido un fuerte liderazgo y lo que ha ocurrido con ellas.
Recordemos a doña Milagros Ortiz Boch, una de las mujeres más lúcidas de la política dominicana. En el momento más alto de su trayectoria, instalaron la idea del alcoholismo. Era habitual encontrarse a panelistas de radio nacional analizando su supuesto problema con el alcohol. Nunca vi que analizaran las conductas inapropiadas de hombres en política.
Luego fue Margarita Cedeño. Sobre su postura social o política nunca se discutió. El debate fue derivado a su vestuario, si tenía o no los dientes desapartados y al tipo de relación marital que podría tener con su exesposo, el Dr. Leonel Fernández. Hablamos de que doña Margarita es una mujer con una profunda formación y que, de acuerdo o no con ella, ha jugado un rol importante en el desarrollo de los últimos años.
El caso de Faride Raful es más abrumador. Hablamos de una figura con posturas fuertes, con formación y que desde todas las posiciones que ha ocupado, ha sabido sostener su liderazgo. Y, sin embargo, es la misma mujer a la que han acusado de arrogante, recalcitrante, contestataria y otros apelativos para desmeritarla cuando ha tenido alguna actitud frontal.
De hecho, ahí está parte del problema. Siempre que las mujeres decidimos decir las cosas tal cual las pensamos, o nos acusan de intolerantes y combativas o somos machorras.
Y es ese mismo ecosistema el que fortalece a hombres que al ver a una mujer conversando abiertamente en espacios adultos, asumen que tienen paso franco para tener cualquier acercamiento inapropiado. Hace unos pocos años, tuve que aguantar que un político dominicano decidiera tener un trato “caballeroso” conmigo. Podríamos estar en una reunión altamente técnica y seria y el pretendía mantener un contacto físico invasivo, dirigirse a mí con apelativos casi de intimidad y reiterar una y otra vez la referencia a detalles de mi aspecto. Poco a poco insistió en que le acompañara a actividades en las que me vería obligada a compartir con él mucho más de cerca. Ese fue el segundo entorno político en el que me sentí insegura en este país.
Sin embargo, ese es solo uno de muchos. Sé de mujeres que renunciaron a su trabajo porque un político trató de besarlas a la fuerza. He escuchado a líderes de distintos partidos, referirse a otras compañeras con expresiones como “se le hace algo”.
Hace poco estuve en un evento y la persona que me acompañaba encendió todas las alarmas por el tipo de acercamiento que hizo uno de los asistentes. Entonces, me surgen muchas preguntas, pero podríamos resumirlas en que ¿cuándo nos sentaremos a pensar seriamente cómo son las relaciones de poder y vulnerabilidad en las que viven las mujeres?
Porque, he descrito casos del escenario político. Pero es algo que sucede en empresas, sector social, familias, academias y cualquier entorno que se nos ocurra.
Cuando una mujer llega a convertirse en víctima de feminicidio, ya ha agotado un muy largo recorrido de agresiones no tipificadas, instaladas culturalmente. Y cuando alguien reclama algo, le tildan de antisocial. “Es que los dominicanos somos así, buena gente, cariñosos”, dicen. Y con ese comentario, justifican cualquier tipo de vulneración o agresión.
