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Aunque Lula da Silva no logró la nominación presidencial en la primera vuelta de las elecciones brasileñas alcanzó un vigoroso 48% de la votación y capturó cinco millones de votos por encima de su adversario más cercano, el presidente Bolsonaro.

Ha sido una contienda de polos opuestos, de candidatos con posiciones ideológicas antagónicas. Jair Bolsonaro representa la ultraderecha, apoyado esencialmente por ciudadanos blancos, específicamente hombres de negocios mayores de cuarenta años, que ganan el doble del salario mínimo; por evangélicos, empresarios agrícolas, miembros de la seguridad y aquellos que viven en el Brasil más rico, la mitad sur del país. Es un colectivo integrado por un denominador común: personas que se sienten orgullosas de ser de derechas, conservadoras y patriotas.

Por el contrario, Luiz Inácio “Lula” da Silva es un hombre de izquierdas, nacido en un hogar humilde, formado en la lucha contra las injusticias, dirigente sindical, líder del Partido de los Trabajadores, quien pudo alcanzar la presidencia y desde allí impulsar un programa de reivindicaciones, que permitió a cuarenta millones de sus conciudadanos salir de la pobreza y que entre 2003 y 2010 puso en ejecución un programa que favoreció la inclusión social y fomentó la prosperidad. Son los desheredados de la fortuna quienes lo apoyan, los que le son fieles y lo defienden.

Anunciados los resultados electorales algunos analistas políticos han afirmado que los sondeos de opinión erraron, pero su examen demuestra que casi todos vaticinaron que Lula obtendría el por ciento de votos que finalmente logró, aunque subestimaron el potencial de Bolsonaro, pues en vez del 36 que se le atribuyó terminó con un 43%, esto es, siete puntos más de lo previsto. Estos resultados revelan más bien la polarización de los votantes, la crispación de la campaña, la fractura del país, el antagonismo inevitable entre el Brasil rico y pujante y el Brasil de las favelas y la pobreza.

La fotografía que surge de esa votación es preocupante, no porque las fuerzas conservadoras hayan votado en contra de Lula, porque al fin y al cabo es normal que existan visiones contrapuestas entre estas y las progresistas, sino por lo que representa el fenómeno de Bolsonaro para el Brasil, un populista vinculado a las peores causas, como la deforestación de la Amazonía, la negación al fenómeno del cambio climático, la inacción frente al COVID, la defensa de la dictadura, el armamentismo y la violación a los derechos fundamentales.

Lula, por su parte, independientemente de lo que acontezca en la segunda vuelta, ha sido reivindicado, ha resurgido de las cenizas después de haber sido calumniado, injuriado, vilipendiado, perseguido y encarcelado, todo a base de falsedades, y lo que es peor, de la utilización de la justicia -el denominado law fare- para privarle de sus derechos como ciudadano. Su perseguidor, el fiscal Sergio Moro terminó siendo ministro de Justicia de Bolsonaro y hoy ha sido elegido senador. Un político contrario a Lula, al servicio de sus adversarios, que mancilló la independencia del Poder Judicial para intentar destruirlo.

Es difícil predecir lo que sucederá el 30 de octubre cuando se celebra la segunda vuelta. Los golpes bajos han comenzado y se apela a las más grotescas y absurdas denuncias, como acusar a Lula de tener un pacto con el diablo. Serán días de una fuerte confrontación, de campañas de desinformación, de utilización de las pasiones más primitivas.

Ambos candidatos están obligados a movilizar el electorado que se abstuvo en la primera vuelta y a buscar aliados en otras organizaciones y en colectivos que han permanecido indiferentes. Lula ha recibido el apoyo del partido de Ciro Gomes, quien quedó en cuarto lugar con un 3% de la votación y de la agrupación política de Simone Tebet, quien fue tercera en las preferencias de los votantes con un 4%. Si las matemáticas no fallan, como expresó en una ocasión un viejo zorro de la política dominicana podría decirse que Lula tiene asegurado el triunfo en la segunda vuelta. No obstante, es preferible abrigar un optimismo cauteloso porque el pueblo siempre ha dicho que en política dos más dos no son necesariamente cuatro.

Latinoamérica está expectante. En los últimos comicios sus países han favorecido a la izquierda democrática: Bolivia, Argentina, Chile, Colombia, contrario a lo que ha sucedido últimamente en Europa , donde las fuerzas de extrema derecha han avanzado en las elecciones: Suecia e Italia, como ejemplos. Dado el peso geopolítico de Brasil en el continente, su definición electoral será un referente para auscultar el futuro que le aguarda, especialmente en esta época de crisis y turbulencia.

El 30 de octubre se despejará la incógnita, mientras las fuerzas democráticas de todo el continente aguardan que el Brasil vote y respalde a esa coalición de formaciones, que desde la izquierda hasta la centroderecha aspira a retornarlo al ejercicio de una democracia con justicia social, igualdad e inclusión.

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