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París, Francia. El pasado 2 de octubre se efectuó en Brasil la primera vuelta de las elecciones presidenciales, y obtuvo la mayoría de votos el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y sus aliados, Luiz Inácio Lula Da Silva, con un 48.24%, con más de 57 millones de votos; y el actual presidente candidato Jair Bolsonaro 43,20%. Dos días después, en esta misma columna analizamos esa primera vuelta, bajo el título, Lula: Por ahora. Teníamos la certeza de que en la segunda vuelta Lula ganaría y los resultados del pasado domingo 30 nos dan la razón.

Desde ese resultado en primera vuelta, Bolsonaro había estado pregonando acciones extremistas que, tras su desesperación y posible victoria de Lula en la segunda vuelta, pese a la polarización, utilizó la fuerza policial tratando de replegar al electorado que tenía simpatía con Lula y no descarto que fuera su real intención, incidentar el proceso electoral y crear una crisis postelectoral que le permitiera perpetuarse en el poder más allá de lo debido.

Cuando analizábamos los factores geopolíticos hacia lo interno de Brasil y la actual situación de la comunidad internacional, concluíamos que la actual coyuntura no le favorecía a Bolsonaro para esos propósitos, su principal aliado internacional, Donald Trump, del Partido Republicano ya no está en el poder en los Estados Unidos, una figura muy cuestionada en esa sociedad, que en los actuales momentos lleva varios procesos judiciales y políticos abiertos, cuyos resultados, por el momento, son impredecibles.

Trump, desde los Estados Unidos apuntaba hacia el triunfo de la candidatura de Bolsonaro, pero esa escopeta de Trump tenía los cartuchos vacíos. Su candidato aliado se había ganado la malquerencia de la actual administración de los Estados Unidos que encabeza el presidente Joe Biden, del Partido Demócrata, cuyo triunfo electoral fue calificado por Bolsonaro como fraudulento, al hacerse eco desde Brasil de las posiciones de Trump. Uno a otro, desde sus espacios se apoyaban, mutuamente, una alianza evidentemente entre fascistas, la cual, por fortuna, ha sido derrotada por la voluntad popular del pueblo brasileño.

El triunfador es Lula, que acaba de ganar las elecciones con el 50,9% de los votos, contra el 49,1% de su contrincante, en una carrera muy reñida, a pesar del inmenso uso de los recursos públicos federales que el gobierno de Jair Bolsonaro, el candidato de extrema derecha, utilizó para intentar comprar el voto de los brasileños. La Ley electoral en Brasil establece que, en los últimos seis meses de la presidencia antes de las elecciones, el presidente candidato a la reelección no puede inaugurar obras ni hacer programas gubernamentales nuevos. Todo esto fue violado por Bolsonaro.

Cuando Lula Da Silva sale del poder en 2010 salió con una popularidad de un 80%, sin embargo, se inició una persecución política, mediática y judicial intencionada, que lo llevó a una injusta prisión durante 580 días. Luego fue declarado inocente por el máximo tribunal del país, ante la demostración de la parcialidad del juez de su causa Sergio Moro. Lula fue sometido a los más crueles embates que pueda recibir un ser humano, durante su prisión murió su esposa Marisa Leticia, como consecuencia de la depresión que le causó el maltrato a Lula y a toda su familia, al sufrir un ataque cerebral. Marisa Leticia coció con su mano humilde la primera estrella que brilla en la bandera del PT. También falleció su hermano mayor, Genival Inacio, mientras Lula estaba en prisión y los jueces le concedieron un permiso tardío que Lula rechazó porque ya había pasado el funeral de su hermano. Estando en la prisión, también sufrió la muerte de su nieto Arthur, de apenas siete años, en este caso, a última hora le permitieron asistir al sepelio de su nieto.

Ese triste e inhumano episodio vivido por Lula sustenta su frase durante su primer discurso como presidente electo para un tercer período, cuando expresó: “Querían enterrarme vivo, pero estoy aquí, gobernando el país”. Y lo dijo además, saludando la “resurrección” de la política brasileña y anunciando su prioridad de “Volver a vencer el hambre” que preocupa a 33.1 millones de ciudadanos, sobre todo a las mujeres.

Entre los retos y desafíos que se prepara Lula a enfrentar, está muy consciente de que la nefasta gestión de Bolsonaro ha multiplicado males sociales, estructurales, acentuados por la crisis global de la pandemia del Covid-19 ante lo cual también mostró una mayúscula incapacidad. Bolsonaro está dejando un aumento del 73% de hambrientos, sumado esto al factor económico, subida de los precios al consumidor, entre otros males, que presentan a Lula un país con una situación muy diferente a la que supo enfrentar en sus períodos anteriores.

Consciente de ello, en su discurso, después del resultado electoral, Lula ha planteado una serie de acciones políticas, sociales, estructurales, basadas en su programa de trece puntos, en el que destaca temas importantes como un nuevo proceso de industrialización, hacer de Brasil un protagonista internacional, defender la Amazonía de los intereses comerciales, enfrentar el racismo sin tregua y “reconstruir el alma del pais”, asimismo, ha prometido invertir nuevamente en la integración regional, en la reanudación del Mercosur, fortalecimiento del diálogo con los Brics, con los países africanos, la Unión Europea y Estados Unidos, con miras a romper el aislamiento, retomar una política exterior convincente, imprescindible para ampliar el comercio y la cooperación tecnológica, así como promover relaciones más justas y democráticas entre los países.

Si de 2003 al 2010 logró sacar de la pobreza a más de 33 millones de brasileños, ¿cómo no hacerlo ahora? Adelante, ¡Lula Ya!

Esta nueva victoria de Lula ha sido celebrada por todo el movimiento revolucionario y progresista del mundo, y por todos sus amigos, entre los cuales se encuentra, aunque no físicamente, el inolvidable José Ernesto Oviedo Landestoy Weber (Gordo Oviedo), amigo entrañable de Lula.

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