Más allá de la mecanización: el nuevo desafío de la agricultura dominicana

Arturo Bisono
Especial para elCaribe

La agricultura dominicana enfrenta un momento particularmente complejo. El país se está viendo afectado por inundaciones cada vez más intensas e impredecibles, que golpean zonas productivas, deterioran caminos rurales y afectan directamente la economía de los productores. A eso se suma un escenario internacional incierto, donde los conflictos geopolíticos encarecen la energía, complican la logística y elevan los costos de producción. En ese contexto, la tecnología deja de ser un lujo o una conversación de especialistas: puede ayudarnos a anticipar riesgos, entender mejor el territorio, mejorar la productividad y proteger al productor. Pero esa ventaja solo existe si construimos las capacidades para aprovecharla.

Corea del Sur no tardó en entenderlo. En 2024 aprobó una Ley de Agricultura Inteligente y, en 2026, lanzó una estrategia que busca aumentar 30% la productividad agrícola y reducir 10% la mano de obra para 2030. Su ministra de Agricultura, Song Mi-ryung, lo resumió con una frase que conviene leer despacio: “La IA ya no es una opción, sino un fundamento central que determinará la supervivencia y la competitividad futura de la agricultura”. La lectura es sencilla: la productividad agrícola empieza a depender tanto de la calidad de los datos como de la calidad de las semillas, el riego o la asistencia técnica.

Otros países también se mueven en esa dirección. China fijó metas para elevar la digitalización de su producción agrícola, India trabaja herramientas de inteligencia artificial orientadas a pequeños agricultores, Brasil incorporó la agricultura como sector prioritario en su Plan Brasileño de Inteligencia Artificial 2024-2028 y Colombia, como República Dominicana, ya cuenta con una política nacional de inteligencia artificial, aunque todavía sin que la agricultura tenga el peso sectorial del caso brasileño. El mensaje es claro: la modernización agrícola ya no se mide solo por la cantidad de equipos disponibles, sino por la capacidad de integrarlos a una estrategia de innovación.

La mecanización sigue siendo necesaria, especialmente en un país donde muchas labores agrícolas dependen de mano de obra extranjera y donde cada vez menos dominicanos están dispuestos a realizar ciertos trabajos del campo en las mismas condiciones de antes. Pero una máquina solo genera valor cuando opera dentro de un sistema funcional: datos que orienten su uso, técnicos que acompañen al productor, financiamiento diseñado para innovación y adopción tecnológica, y servicios tecnológicos rurales que sostengan el proceso. Fuera de ese marco, termina siendo una inversión incompleta.

El Banco Mundial lo advirtió en su informe Agricultural Innovation Systems: An Investment Sourcebook, publicado en 2012: fortalecer una pieza aislada, como la investigación, no crea por sí solo capacidad de innovar en todo un sector. BID Lab ofrece otra señal: de más de 400 startups agtech mapeadas en América Latina, solo 33 se concentran en mecanización y automatización, mientras 137 trabajan en big data y agricultura de precisión. El valor se está moviendo hacia los datos, los servicios, el análisis y la toma de decisiones.

República Dominicana no parte de cero. Tenemos una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial desde 2023, acuerdos tecnológicos relevantes como el firmado con NVIDIA, nuevas líneas de financiamiento del Banco Agrícola orientadas a tecnificar la producción, un registro georreferenciado de productores como Renagro, desarrollado con financiamiento del BID, y plataformas públicas como Sidiagro. Son avances importantes, pero su verdadero impacto dependerá de la calidad de los datos, la actualización, la interoperabilidad, la conexión con información climática y geoespacial, y la capacidad de devolver valor al productor en forma de servicios, alertas, crédito, asistencia técnica o planificación. Si la agricultura no entra con claridad en la agenda nacional de inteligencia artificial, el país dejaría fuera el territorio donde se cruzan seguridad alimentaria, empleo rural, exportaciones y vulnerabilidad climática.

También hay habilitantes básicos que no pueden quedar fuera. Para aprovechar la tecnología, el productor necesita caminos resilientes, conectividad rural, acceso oportuno a agua de riego y un seguro agropecuario funcional. La inteligencia artificial puede ayudar a focalizar crédito, priorizar inversiones y acelerar respuestas, pero necesita datos confiables e instituciones preparadas para actuar. Lo digital no sustituye lo básico; lo hace más urgente y más medible.

Esto cobra más importancia cuando el país se ha planteado duplicar su PIB hacia 2036. En la agenda agropecuaria de esa visión aparecen caminos rurales, financiamiento, infraestructura hídrica, sanidad, inocuidad y mecanización. Todo eso es necesario. Pero si la mecanización se coloca en el centro, corremos el riesgo de reducir una agenda de innovación a una agenda de equipos. Si el centro es la innovación, la mecanización encuentra su verdadero lugar: una herramienta fundamental, conectada a investigación aplicada, transferencia tecnológica, datos, asistencia técnica, financiamiento especializado, planificación territorial y apoyo al surgimiento de empresas agtech.

Todo gobierno necesita resultados visibles, tangibles y comunicables. Eso es parte natural de la gestión pública. Pero la próxima década agrícola dominicana exige algo más duradero: reunir el mejor talento disponible, dentro y fuera del Estado, dentro y fuera del país, para ordenar datos, investigación, financiamiento, tecnología y territorio alrededor de una agenda común. También exige que las posiciones estratégicas respondan cada vez más a capacidades técnicas y menos a equilibrios políticos. Si logramos dar ese paso, el futuro del agro podrá diseñarse desde aquí; si no, terminará llegándonos tarde, costoso y pensado por otros. Estamos tarde, pero no perdidos.

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