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Hoy en día el mundo vive una distorsión sin precedentes. Nunca como ahora los seres humanos se desvelan por el afán de tener mucho dinero, por ser ricos de la noche a la mañana, por vestir con las ropas más caras y de mejores marcas, por usar los tenis del momento sin importar su costo, por asistir a todos los eventos y gastar todo el dinero del mundo, en fin, por tener mucho dinero y exhibir todo lo que tienen. El llamado “efecto vitrina”, es un fenómeno que lleva a una gran cantidad de personas a ser esclavos de las riquezas materiales, a hacer todo para conseguir los últimos modelos de ropa, carro o artículos que se ven en los escaparates de las tiendas y, en este tiempo de redes sociales, todo lo que se mercadea en ese nuevo medio de venta y alienación tan efectivo.

Es una gran verdad que gran parte de los seres humanos vivimos asediados por la presión que las sociedades consumistas nos bombardean a cada momento. Hay un afán excesivo y desmedido por la acumulación de riquezas sin límites, sin medir las consecuencias que se puedan derivar de esa situación. Vivimos en un mundo donde la apariencia y el figureo le han quitado el valor real a nuestros corazones y a nuestras acciones. Existe un desmedido afán por las riquezas y por las apariencias. Y no se entiende, en verdad, que la mayor riqueza que poseemos no es material sino espiritual.

Ese afán es, de alguna manera, uno de los responsables principales de la tanta delincuencia y criminalidad que cercena a nuestros jóvenes. Y aunque hoy día es muy común, esa ha sido una característica que ha primado en los seres humanos desde los tiempos bíblicos. En el famoso Sermón del Monte de Jesús, hay una referencia directa a esa situación y cómo los cristianos debemos saber enfrentarla, para no caer en las garras de ese mal que nos hace perder las perspectivas, nos lleva por malos caminos y transforma la razón de nuestra existencia. En el capítulo 6, versículo 24, del evangelio de Mateo, el maestro Jesús expresa con profunda precisión lo siguiente: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

Debemos estar muy claros que no se puede servir y agradar a dos elementos contradictorios y distantes. Jesús debe y tiene que ser siempre el elemento central y primordial de nuestras vidas, sin importar cuál sea la realidad que estemos viviendo, pues solo Él es la mayor esperanza para encontrar solución a todas nuestras situaciones y darle sentido a nuestras vidas. Nuestra mayor riqueza es tener a Jesús en nuestros corazones y que Él dirija nuestras vidas.

Y no es que sea malo tener riquezas materiales y trabajar para obtenerlas. Lo malo es que esas riquezas nos tengan a nosotros, nos dirijan, nos controlen y nos lleven a actuar como enfermos-adictos del dinero y del poder. Dios no puede ser sustituido por nada ni por nadie. No existe riqueza en este mundo que se equipare a lo que Dios tiene y hace en cada uno de nosotros. Por eso es que Jesús en ese capítulo 6 del evangelio de Mateo, en los versículos del 25 al 31, dice que no debemos estar afanados ni preocupados por lo que vamos a comer o vestir en el día de hoy, pues Dios se encargará de todo eso si nosotros estamos acorde y en sintonía con sus propósitos en nuestra vidas.

Jesús dice que miremos las aves del cielo que no siembran, no cosechan ni recogen comida en los graneros, sin embargo, nuestro Dios les garantiza su sustento.

De igual manera debemos actuar nosotros, tenemos que dejar atrás el afán y la preocupación y entregarnos en cuerpo, alma y espíritu a ese Dios que nos creó y es nuestro Padre Celestial por siempre y para siempre.

Esa visión tan precisa y tan esperanzadora de Jesús, tiene más actualidad que nunca hoy en día. En el Sermón del Monte el Maestro nos deja una de las más hermosas y eternas enseñanzas. En los versículos 33 y 34 del capítulo 6 de evangelio de Mateo, Jesús nos dice: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas vendrán por añadidura. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”.

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