La resiliencia terminó siendo una forma de vida para los reformistas que sobrevivieron políticamente a Joaquín Balaguer. Entre divisiones, malquerencias y deslealtades, el Partido Reformista Social Cristiano aprendió a permanecer, aunque permanecer no siempre significa crecer.
El reformismo sufrió una sangría lenta. Parte de sus dirigentes y electores terminó alimentando otras organizaciones, particularmente al PLD, que encontró afinidades con su vertiente conservadora. Otros invocaron una institucionalidad que pocas veces defendieron cuando tocaba asumir riesgos. En cierto modo, sus pérdidas fueron también ganancias para proyectos que le competían.
Comparada con las rupturas del PRD y del PLD, la crisis de los rojos fue un rosario interminable de abandonos y reconciliaciones intermitentes. Su supervivencia, sin embargo, reveló una fortaleza identitaria que muchos subestimaron.
Las convenciones del 24 de octubre, una extraordinaria dedicada a Máximo Castro Silverio y otra ordinaria dedicada a Tácito Perdomo Robles, dejaron una señal positiva: los reformistas renovaron autoridades sin estridencias y mostraron capacidad organizativa.
Quique Antún fue ratificado en la presidencia. Buena parte de quienes permanecen lo hacen por su liderazgo cercano. Quique responde el WhatsApp, recuerda las dolencias de un padre, pregunta por la formación de los hijos y visita al correligionario enfermo. Esa política de vínculos personales todavía produce lealtades.
Pero la cercanía no sustituye votos ni propuestas. El PRSC obtuvo apenas el 0.87 % de los sufragios presidenciales en su casilla en 2024. Algunos responsabilizan de ese declive a sus alianzas, aunque la explicación parece más compleja. La renuncia de un diputado el mismo día de la convención recuerda que la unidad tampoco está resuelta. En 2028 deberán decidir si las alianzas responden a una estrategia o a imposiciones externas y agendas personales.
José Balaguer llega a la Secretaría General después de labrar su camino a puro empeño. Su persistencia, formación profesional y experiencia empresarial y tecnológica son activos importantes. En un partido donde su apellido tiene resonancia inevitable, ha demostrado que aporta mucho más: trabajo y bonhomía, cualidades de las que doy fe.
Ahora deberá construir una secretaría general funcional, no una vitrina personal, y ocuparse de tareas inexplicablemente postergadas. Eso exige convertir los vínculos en trabajo político y las estructuras formales en organismos activos, mediante una gestión abierta y participativa.
Quique y Balaguer pueden articular una expresión conservadora que no esconda su identidad ni viva exclusivamente de la nostalgia balaguerista. Una derecha que dialogue con nuevas generaciones y comprenda que proceder de una familia acomodada no es pecado, pero tampoco credencial suficiente para dirigir.
El futuro reformista dependerá de que sepan traducir esas ideas en propuestas contemporáneas sobre economía, institucionalidad, familia, seguridad y libertades, sin eludir las contradicciones de su propia historia.
Conozco de cerca parte de ese recorrido. Hoy lo observo desde la acera de la sociedad civil, donde también necesitamos partidos con identidad, propuestas y capacidad de representar a quienes piensan diferente.
Los reformistas ya demostraron que saben sobrevivir. Ahora les corresponde demostrar para qué.
