Continuando con la lectura del libro “Cómo ser conservador” de Roger Scruton, nos encontramos con esta deliciosa frase de Chesterton, según la cual: “El mundo moderno se ha dividido a sí mismo en conservadores y en progresistas. El negocio de los progresistas está en seguir cometiendo errores. El negocio de los conservadores está en impedir que los errores se corrijan”.
Luego de la risa, Scruton tenía un gran sentido del humor, plantea que: “Lo que sí es conservadurismo. Primero, la creencia de que hay cosas sagradas. Por ello, defiende el papel de la Iglesia en la sociedad, la trascendencia de la belleza, la hondura de la responsabilidad moral y la dignidad innegociable del ser humano”. Además, argumenta, “(…) conservar las cosas es siempre lo correcto cuando lo que se ofrece para sustituirlas es peor. Esa ley apriorística de la razón práctica es también la verdad del conservadurismo”.
En relación con las tesis contractualistas como base de la convivencia social, Scruton plantea que: “Los contratos son el paradigma de las obligaciones elegidas por uno mismo, obligaciones que no son impuestas, ordenadas o coaccionadas sino libremente aceptadas. Cuando la ley se fundamenta en un contrato social, por tanto, la obediencia a la ley es solo la otra cara del libre arbitrio. La libertad y la obediencia son una y la misma cosa”.
Según él: “Las sociedades humanas son por naturaleza exclusivas, estableciendo privilegios y ventajas que se ofrecen solo al que pertenece a ellas, y que no pueden otorgarse libremente a todos los foráneos sin sacrificar la confianza de la que depende la armonía social”. Razón por la cual, quien llega debe asumir las reglas y sumarse a la cultura de recepción, ser parte, integrarse. Pues, “en definitiva, el contrato social exige una relación de pertenencia”.
“Por lo demás, sigue argumentado el autor, el contrato social solo tiene sentido si incluye a las generaciones futuras. El propósito es establecer una sociedad duradera. Por tanto, surge inmediatamente esa telaraña de obligaciones no contractuales que vincula a los padres con los hijos y a los hijos con los padres (…)”. Pues: “Vivimos en grandes sociedades y dependemos en mil modos de las acciones y deseos de extraños. Estamos vinculados a estos extraños por la ciudadanía, por la ley, por la nacionalidad y la vecindad”.
El capítulo II se titula: “Partiendo del hogar”, donde el filósofo aborda un tema que le es muy caro y que llama: Oikofilia: “el amor del Oikos, que significa no solo la casa sino las personas que contiene y los asentamientos vecinos que dotan a ese hogar de contornos duraderos y una sonrisa perenne”. Esta apología del hogar y de su entorno parece extraña en estos tiempos de desarraigo que asumimos como modernidad, donde la rapidez y el cambio son su divisa, por eso la primera frontera a defender es el hogar, ese pequeño orbe de afectos y responsabilidades que nos hacen sentir parte de un todo.
Desde el hogar podemos mirar con serenidad hacia adelante y avanzar. Cuidémoslo.
