La salud no tiene precio, pero tiene un costo. El paciente busca salud porque la salud es un derecho humano. Pero en el momento en que entra al sistema puede encontrarse con la realidad de afiliaciones costosas, coberturas limitadas, autorizaciones, copagos y tratamientos que superan su capacidad económica. Ahí aparece la contradicción en una sociedad que reconoce constitucionalmente el derecho a la salud y, al mismo tiempo, construye un sistema donde es necesario pagar para recibirla. La Seguridad Social debería funcionar como un mecanismo de protección frente a la enfermedad, no como una puerta que se abre o se cierra dependiendo de la capacidad de pago.
