Desde aquel devastador terremoto de 1946, la tierra nos ha dado avisos, pero nuestra memoria sísmica es corta. La pregunta no es si temblará, sino qué hemos aprendido. ¿Estamos listos? ¿Pueden los bomberos subir mangueras a un séptimo piso? ¿Están los equipos de rescate en el interior genuinamente equipados? La prevención es una deuda pendiente que exige un cambio de visión en las políticas públicas. Debemos auditar infraestructuras, capacitar ciudadanos y educar a las nuevas generaciones sobre nuestra vulnerabilidad. Vivir sobre una falla tectónica nos obliga a madurar antes de que la naturaleza nos obligue a hacerlo de la peor manera.
