Al dominicano de la ciudad, que compra el arroz en fundas plásticas, quizás le parezca que el asunto termina cuando encuentra un precio más bajo en la góndola. Es comprensible. El bolsillo no entiende de tratados internacionales al momento de pagar la compra, pero detrás de cada funda hay gente trabajando, el que prepara la tierra, el que siembra, el que controla el agua el que transporta, el que procesa, el que vende. Por eso resulta simplista pensar que millones lo comprarán más barato, cuando esa cadena productiva se rompa serán muchos, que hoy subsisten que se quedarán no solamente sin el cultivo. Se debilitan comunidades enteras, se pierden empleos que a su vez generan otras ocupaciones, se abandonan tierras y se aumenta el éxodo hacia ciudades que ya no saben adónde meter a tanta gente buscando trabajo. La agricultura es empleo, territorio, agua, seguridad alimentaria y equilibrio social y también una forma de mantener viva la relación entre el país que produce y el país que consume. Hay que resaltar que el productor americano y su arroz, recibe muchísimos incentivos oficiales que no le damos al productor criollo. Es una competencia no solamente desigual sino también desleal. “Cogiendo piedra pa lo ma chiquito”. Y este mercado ya hecho, será aprovechado por “vivos” que terminarán siendo megaricos con mínimo esfuerzo y quizás como clientes del perverso mercado de exoneraciones que quizás compren a un diputado o senador de zonas arroceras. Existe una responsabilidad que no se puede eludir: la de quienes compran, procesan y distribuyen los alimentos.
El peso de la transformación necesaria en el caso del arroz no corresponde únicamente al productor. La industria debe invertir, la banca debe financiar con criterios razonables, los comercializadores operar con transparencia, y el gobierno y el Gobierno deben impedir que las distorsiones y las prácticas abusivas terminen perjudicando a agricultores y consumidores. Entiendo que no se trata de pedir privilegios eternos ni de cerrar las puertas de país. Se trata de abrirlas con inteligencia. La autosuficiencia puede ser una ilusión y la dependencia en exceso puede convertirse en una trampa.
Debimos haber tenido en los más de 20 años de firmado el DR-CAFTA una política agropecuaria que sobreviviera a cambios de gobierno y fuera rígida ante veleidades de Ministros, un compromiso nacional con metas verificables, presupuestos transparentes y evaluación independiente, con productividad medida, así como costos. Ya es “tarde para ablandar habichuelas” y solo que implorar, ante un gobierno alegre para poner aranceles, que decida lo menos probable: renegociar lo que ya tiene “entre el buche”. Conocíamos la tarea, pero no la hicimos, aunque sabíamos que los plazos se cumplen y aplicamos nuestra manera de ser, sin valor en un Tratado que nos obliga.
