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Petróleo
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En el verano de 2014, en lo que podría llamarse “la gran recesión del petróleo” tanto el precio del barril de petróleo West Texas (de referencia en EEUU) como el de Brent (de referencia en Europa) iniciaron una racha de declive que le llevó, en más o menos un año y medio, de la barrera de los 100 dólares a menos de 30 dólares por barril.

Diferentes razones fueron consideradas como las principales causas de ese declive, pero el auge del fracking y del petróleo de esquisto en Estados Unidos llegaron a ser vistos como factores coyunturales de principalía en ese fenómeno de depreciación.
No obstante, expertos señalarían posteriormente que la caída de los precios del petróleo se debió principalmente a una combinación de movimientos positivos por el lado de la oferta (producción), y de otros negativos por el lado de la demanda (consumo), asociados a una inesperada reducción de la actividad económica global.

En términos generales estas tesis tratan de explicar un fenómeno de variación de precios a la baja de un producto que, por su importancia resulta ser estratégico en el armazón, no solo de la producción de bienes y servicios a nivel global, sino también de las propias relaciones “políticas” entre los miembros de la comunidad internacional.

Sin embargo, en el contexto que vive el mundo de hoy resulta interesante también el análisis acerca de los factores que llevaron a que, hasta el 2014, los precios del barril del petróleo llegaran a niveles estratosféricos, ligados específicamente a factores geopolíticos.

Esto así sobretodo porque la posible ocurrencia de acontecimientos similares podría llevar a un incremento factual de escenarios que encaminen al petróleo a retomar similares niveles de precios con la consecuente racha de dificultades económicas para países como República Dominicana que depende en gran medida de combustibles fósiles.

En primer lugar el precio del petróleo no se explica solo por la oferta y la demanda, sino que también influyen las especulaciones y factores psicológicos. En septiembre de 2005 los desastres del Huracán Katrina en Estados Unidos, luego de que se clausurara el 95% de la producción del Golfo de México, provocó que el precio del combustible subiera repentinamente, cotizándose a unos US$70.85 el barril.

Pero la primera vez que el barril alcanza brevemente la barrera psicológica de los US$100 en el mercado neoyorquino fue en enero de 2008, a raíz de incertidumbre generada en los mercados por la violencia en Nigeria y en medio de temores de una nueva baja de las reservas estadounidenses.

Para julio 15 del 2008 la preparación de las olimpiadas en China dispara una fuerte demanda que elevó los precios a US$145, siendo esta cotización la que rompió todos los récords históricos del precio del crudo.

A partir de ese momento el precio del barril de petróleo se mantuvo oscilante, pero ya había roto la barrera psicológica de los US$100, lo que enviaba una señal “psicológica” al mundo de escasez neurálgica de un recurso que resulta ser vital para las economías.

Ese estado de cosas llevaría al desencadenamiento de sucesos que cambiarían para siempre la fisonomía de una de las regiones con los mayores caudales de ese recurso en el mundo, Medio Oriente.

En diciembre del 2010, Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante tunecino se auto inmoló para protestar contra el hostigamiento de la policía que le había despojado de las mercancías que ofrecía de manera informal a transeúntes en la calle. El suceso desencadena un estallido sin precedentes de protestas populares y exigencias de reforma en Túnez.

Este acontecimiento generó una ola psicológica de indignación colectiva que, muy bien aprovechada por potencias con intereses estratégicos muy marcados en todo lo que acontece en Medio Oriente, se extendió a Egipto, Libia, Bahréin y Yemen, en lo que se denominó la Primavera Árabe.

En términos pragmáticos Oriente Medio y la zona del Magreb, con el pretexto de cambiar el sistema de cosas imperantes, se convirtió en un gran cementerio, el patrimonio cultural y arquitectónico de culturas milenarias se convirtió en montañas de escombros, las olas de refugiados se incrementaron en millones hacia países vecinos y hacia Europa, y los recursos naturales –incluyendo por supuesto el petróleo- están, al día de hoy, en manos extranjeras.

El auge de los precios del petróleo coincidió con el período de la primavera árabe y con unos años anteriores en los que se fraguaba poco a poco el asalto a los recursos energéticos de países estratégicos.

Por supuesto, hoy algunos de esos países que creyeron en las bondades de una supuesta revolución llamada primavera árabe pagan un alto precio por su ingenuidad. En unos, cientos de personas han sido condenadas a muerte y decenas de miles, encarceladas, por protestar o por estar presuntamente relacionadas con la oposición política.

En otros, las autoridades han silenciando la disidencia haciendo un uso innecesario de la fuerza, arrestando y encarcelando a manifestantes y líderes de la oposición política, y torturando a las personas detenidas.

En Libia, por ejemplo, país profundamente dividido, hay muchos conflictos armados. Todas las partes han cometido crímenes de guerra y abusos graves contra los derechos humanos según Amnistía Internacional, y Siria y Yemen continúan en medio de un conflicto que no parece tener fin.

En este escenario, con el control ya de los recursos energéticos de la mayoría de esos países y los casos en los que no, con el manejo monopólico del mercado comprador de petróleo, las potencias se dispusieron a debilitar la esfera de poder de algunos rivales que, como Rusia, poseen grandes reservas de petróleo o inversión petrolera en otros países.

La mejor manera fue la de, a partir del 2014, terminada la primavera árabe, bajar paulatinamente el precio del petróleo impulsando por alianzas estratégicas en la OPEP mediante la sobreproducción, el fracking, así como con la especulación financiera de contratos a futuro. El factor psicológico reinante había cambiado, el petróleo no era el problema sino las armas nucleares.

De este modo, forzar a Irán, donde la primavera árabe fue contrarrestada exitosamente, a negociar un acuerdo sobre su programa nuclear era también uno de los propósitos que finalmente, con unos precios del petróleo a la baja y a cambio del progresivo levantamiento de sanciones económicas se logró en el 2015, esta vez entre Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China.

Precios del crudo hacia la alza

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, retiró la participación de su país en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) tan solo tres días después de asumir su cargo.

En junio de este año ha retirado también a los Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, logro indiscutible de la lucha contra el cambio climático del gobierno de Obama. Una semana atrás anunció la retirada de la UNESCO y mantiene en vilo la supervivencia del Acuerdo de Libre Comercio entre los Estados Unidos, México y Canadá (NAFTA).

Estos elementos ofrecen tan solo una idea de las diferencias de criterio en cuanto a factores claves de la económica que presenta Trump con sus antecesores, pero sobre todo con Barack Obama, a quien puede atribuirse la firma del pacto nuclear alcanzado con Irán cuyo objetivo es garantizar que su programa nuclear sea totalmente pacífico, aunque Trump se refiere al acuerdo como “el peor jamás negociado”.

La obsesión de Trump de borrar –por así decirlo- lo logrado por Obama y, en particular, su negativa a reconocer este acuerdo a cinco bandas con Irán y a cumplir con los compromisos que en la pasada administración se comprometiera a Estados Unidos pueden generar una nueva crisis nuclear cuando tiene al rojo vivo otra crisis similar abierta con Corea del Norte.

En términos geopolíticos este tipo de actitud no le conviene ni a Estados Unidos ni al mundo. Por un lado se percibe a ese país como un sujeto internacional de derecho que no da continuidad a los compromisos asumidos y rubricados por sus mandatarios y, por consiguiente como un actor que no genera confianza en procesos de negociación.

Por otro lado, los precios del petróleo se comportaron a la baja con el anuncio del acuerdo entre el G5+1 con Irán sobre el programa nuclear iraní cuando el precio bajó un 5,4% el Brent en Londres y un 4% el WTI en Nueva York. Por el contrario la situación de incertidumbre por las tensiones actuales entre Irán y Estados Unidos empuja los precios hacia arriba.

Los enfrentamientos entre el gobierno iraquí y las fuerzas kurdas en la región petrolera de Kirkuk, así como el creciente intercambio de amenazas entre Estados Unidos y Corea del Norte aumenta la prima de riesgo mundial para el petróleo haciendo que el precio se incremente.

Todos esos elementos, unidos a la demanda del crudo en China y al aumento demográfico exponencial en la India, que superará a China en unas décadas, podrían provocar que los precios del petróleo comiencen a incrementarse paulatina y progresivamente. Se hace necesario la búsqueda de fuentes alternas de energía, pero también, el ejercicio responsable de la política por aquellas potencias cuyas acciones podrían construir un mejor planeta o, simplemente, destruirlo.

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