Terremotos y suelos blandos de la costa de Venezuela

Este 24 de junio de 2026, Venezuela fue nuevamente sacudida por un violento terremoto de magnitud Mw 7.5, con epicentro cerca de “Morón–Yumare”, a 200 kilómetros al oeste de Caracas. Pero, al visitar Venezuela para evaluar los daños, nos encontramos, como habíamos adelantado, con que el alto nivel de destrucción se concentra en Caraballeda, Naiguatá, La Guaira, Catia La Mar y Maiquetía, sectores costeros que crecieron sobre una estrecha franja oeste-este que define el límite de contacto entre la placa tectónica del Caribe y la placa tectónica de Suramérica, y donde predominan sedimentos blandos de piedemonte, denominados abanicos aluviales, que en el pasado geológico fueron transportados por torrentes que, durante lluvias torrenciales, descendieron con alta energía cinética desde las vecinas, altas y escarpadas montañas, donde la topografía, la hidrografía y la gravedad ayudan al proceso geomorfológico.

En esa franja costera se han combinado cinco factores altamente peligrosos. El primero es que la llanura es estrecha y larga porque responde a un proceso tectónico donde el desgarramiento lateral de la corteza terrestre, debido al movimiento hacia el este de la placa tectónica del Caribe en su borde de fricción con la placa tectónica de Suramérica, corta el sistema montañoso. El segundo factor es que ese mismo proceso obliga a que los sedimentos arrastrados por los ríos, principalmente durante tormentas, caigan abruptamente, como en cascada, por las altas pendientes, y formen abanicos aluviales sueltos en el piedemonte.

El tercer factor es que esos sedimentos, tanto en su porción vecina al mar como en la porción que entra al mar para ganarle espacio, están sueltos y tienen un nivel freático muy alto, lo que durante un terremoto de gran magnitud genera un efecto sísmico de sitio por bajas velocidades de ondas sísmicas de corte (Vs), rápida pérdida de agua y pérdida de rigidez, que produce licuación en arenas sueltas y saturadas, como vimos en Caraballeda; altas aceleraciones en suelos blandos, que producen alta demanda estructural lateral y que rompen muchas estructuras vulnerables y, finalmente, asentamientos diferenciales en suelos arcillosos húmedos y blandos.

El cuarto factor es que esos abanicos aluviales tienen un período natural de vibración dominante del orden de 1.2 a 1.4 segundos, lo que durante un terremoto tiende a coincidir con el período de vibración natural de edificios de 11, 12, 13 y 14 pisos, pudiendo entrar en resonancia sísmica y colapsar. El quinto factor es que muchos diseños arquitectónicos y estructurales, así como ciertos materiales de construcción, principalmente ladrillos de barro cocido, los cuales tienen 60 % de huecos y baja resistencia a la compresión, no aplican en asentamientos humanos levantados sobre suelos blandos ubicados justo encima de una franja de contacto interplacas donde siempre habrá grandes terremotos. Esos pueblos están sobre la falla sísmica.

Al igual que en los terremotos de República Dominicana 2003, Haití 2010, Guatemala 2012, Ecuador 2016, Italia 2016, Puerto Rico 2020, Haití 2021 y Turquía 2023, regiones todas visitadas por nosotros para evaluar suelos y daños, este nuevo terremoto de Venezuela 2026, donde ya hicimos una visita de evaluación, evidencia que todo lo que se cayó estaba sobre suelos blandos tipo D, con Vs del orden de 200 m/s. Eso no quiere decir que todo lo que estaba en suelo blando se cayó. Mientras tanto, todo lo que estaba sobre las rocas de las colinas, incluyendo estructuras pobres, sin nada de ingeniería, sin ningún diseño estructural y con materiales de mala calidad, se quedó de pie, tal y como ocurrió en Haití 2010, donde Petionville, Fermathe y Kenscoff no sufrieron daños por estar sobre rocas calizas. Lo mismo se observa en la ciudad colonial de Santo Domingo, la que, gracias a la roca caliza, está de pie después de 520 años y después de los dos grandes terremotos del 4 y 8 de agosto de 1946, uno de magnitud 8.1 y otro de magnitud 7.6, con epicentro a tan solo 100 kilómetros de distancia. Mientras tanto, en México, el terremoto de 1985, de magnitud 8.1, destruyó en Ciudad de México todo el entorno del antiguo lago Texcoco, ubicado a 440 kilómetros del epicentro. Desde 1985 eso ya debía estar claro para todos.

La ingeniería estructural y las geociencias son dos áreas totalmente distintas que deben trabajar de forma conjunta para la protección de toda sociedad emplazada en una zona sísmicamente activa, pues no se puede entender la sismicidad sin antes entender la geología regional; la tectónica de placas por corrientes convectivas magmáticas; la rigidez cortical asociada a la petrología, la litología y la estratigrafía de un determinado emplazamiento para una obra de ingeniería; y la geofísica sísmica, que permite medir, con alto nivel de precisión, las velocidades de propagación de las ondas sísmicas de corte y sus cambios que definen contrastes de impedancia sísmica y altos coeficientes de reflexión sísmica que se traducen en amplificación sísmica local. Todo eso ocurre del suelo hacia abajo, antes de llegar a la estructura y entrar en ella. Si no se entiende exactamente lo que ocurre del suelo hacia abajo, entonces lo que se haga del suelo hacia arriba puede asumirse que está bien hasta que un gran terremoto, como acaba de ocurrir en Venezuela, demuestra que muchos diseños estructurales estaban mal y que las estructuras no solo cayeron, sino que mataron a miles de personas, dejaron a miles de heridos e impactaron negativamente a la economía y a la sociedad, como ocurrió en Haití 2010.

Para entender bien cómo responden los suelos blandos durante los grandes terremotos, y cómo dañan a las estructuras vulnerables, primero hay que entender bien las geociencias, porque el terremoto no comienza en la estructura: el terremoto comienza en la corteza terrestre. Quien no entienda bien la corteza terrestre, pero quiera entender los efectos de los terremotos sobre las estructuras, debe escuchar a los geocientistas y luego adaptar esos criterios a sus estructuras.

Los edificios altos que se cayeron en Venezuela fueron diseñados con criterios arquitectónicos y estructurales, pero sin criterio sismogeotécnico. Sin embargo, en el gran terremoto de Venezuela, los suelos blandos, tipo D y tipo E, se comportaron tal y como los geocientistas hemos advertido anticipadamente, y los edificios, altos y bajos, fallaron tal y como los geocientistas hemos escrito durante décadas. Queda claro que muchas estructuras no respondieron como muchos estructuralistas venezolanos esperaban que respondieran, razón por la cual muchos edificios están en el suelo, cubriendo a miles de muertos y a miles de heridos. Ese es el escenario que nadie, absolutamente nadie, desea, ni siquiera quienes han estado equivocados en materia de respuesta sísmica de suelos y de estructuras, pues, al final, pagan justos por pecadores.

A estas alturas del conocimiento, ningún profesional con experiencia en sismicidad debe seguir diciendo que lo que se va a caer se cae dondequiera, sea roca o sea suelo, porque hace dos mil años el evangelista Mateo, sin ser ingeniero en sismorresistencia, escribió que el hombre prudente construye sobre roca y el insensato construye sobre arena. En Venezuela, Caraballeda ha sido destruida, solo en su área de suelos blandos, por un terremoto con epicentro a 200 kilómetros de distancia, mientras los barrios pobres ubicados en las colinas vecinas, donde aflora la roca, están todos intactos, sin una sola vivienda destruida. Quien no entienda esa realidad es porque le domina la terquedad.

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