Va siendo hora de que cambiemos el sentido al Día de la Independencia

Desde antes de que aprendamos a hablar nos empiezan a enseñar el valor del Día de la Independencia. Uno no puede casi ni caminar bien cuando ya llevamos la banderita dominicana, nos ponen el himno y nos motivan a sentir el orgullo de la dominicanidad. Hasta ahí, va todo bien. Ya amamos nuestro país. Ya sabemos el sacrificio que hicieron nuestros padres de la patria. Y, sobre todo, conocemos qué significa la Independencia Dominicana. ¿Y después de eso qué? ¿Nos quedamos en el mito fundacional o seguimos construyendo?

La verdad, yo nunca me sentí independiente hasta el día en que supe el valor de la autonomía. Para que no haya error de interpretación: no estoy diciendo que República Dominicana no es independiente. Tampoco estoy diciendo que la independencia de nuestro país carece de sentido. Lo que sí estoy afirmando categóricamente es que, el día que me vi en condición de valorar la autonomía, conocí la dimensión real de lo que significa ser independientes. En 1844, cuando Los Trinitarios proclamaron el nacimiento de la República Dominicana, en realidad lo que hicieron fue derribar muchas de las barreras sociales que le impedían a los hombres y mujeres de esa época vivir de forma digna. Facilitaron la posibilidad de construir proyectos de vida bajo un marco de estadidad. E hicieron posible que el acceso a servicios y ciertos derechos tuviera un punto de partida.

Todo eso sucedió a partir de la resolución del conflicto con Haití. Sin embargo, la libertad no era que los haitianos se fueran, sino que, cada familia dominicana tuviera las condiciones de vida necesarias para su autonomía. Usted agarra el Ideario de Duarte, las proclamas de José María Serra y otros documentos de la época y verá que debajo del marco de independencia hay un proyecto mucho más grande, que no tiene nada que ver con si somos o no somos haitianos.

Ahora bien, Los Trinitarios ya hicieron su parte para romper esas barreras iniciales del país. Fueron la punta de lanza en la construcción de autonomía de la gente. Sin embargo, en 2026, las barreras son otras y tienen tanto o más contundencia que las de 1844.

Cuando este viernes estemos repitiendo el “Yo soy dominicano” y utilizando el Hashtag #27defebrero y #diadelaindependencia, hagámonos dos preguntas: Primero, ¿realmente somos independientes? Segundo, ¿hay algo que yo pueda hacer al respecto?

Como les dije, yo supe el valor de la independencia el día que descubrí la importancia de contar con las herramientas adecuadas. Tenía pocos meses de haber perdido la vista. Ya tomaba algunas clases de rehabilitación en el Light House en Miami. Alquilaba una habitación y cada vez que podía sacar la basura por mí misma, esperar una guagua para ir a mis clases, entrar en un centro comercial o hacer cualquier gestión por mi cuenta, la sensación era de plenitud.

En este país, hoy, tenemos algunos desafíos importantes. En mi caso, bastó con que contara con el bastón, algunos dispositivos electrónicos, una fuente de ingresos y la educación adecuada para tener independencia. Y a eso se le debe sumar lo que tiene que ver con el acceso a servicios básicos, el diseño de políticas públicas pensadas desde la gestión de barreras, no desde el efectismo; y el enfoque de garantía de derechos en cada acción que se adopte. Cualquier otra perspectiva deja muy mal parado el legado de Duarte, Sánchez, Mella, Concepción Bona, María Trinidad y el resto de las trinitarias y trinitarios.

La discapacidad se define como una condición donde el 20 por ciento corresponde a factores físicos, sensoriales o cognitivos de la persona. El 80 por ciento restante lo constituyen las barreras sociales y físicas presentes en el entorno. Para que el 27 de febrero represente independencia en la vida de la población con discapacidad, resulta obligatorio suprimir los obstáculos de accesibilidad. Según la encuesta ENHOGAR 2021, el 4.9 por ciento de la población de cinco años o más vive con alguna discapacidad. Esta cifra aumenta al 22.4 por ciento en el segmento de 65 años o más. El censo de 2010 reportó una prevalencia del 12.41 por ciento en el territorio nacional (Uso 2010 porque hasta ahora no han podido explicarme la metodología que hizo que la población con discapacidad en el país se contrajera en el censo 2022, en contradicción con el comportamiento estadístico global).

Hay que tener muy presente que la autonomía es una meta para cada individuo. Es irrelevante si se tiene o no una discapacidad o si se es parte de otro grupo poblacional. Esta necesidad persiste en mujeres, habitantes de zonas rurales y personas en situaciones económicas precarias. La autonomía se articula en la ecuación: autonomía es igual a herramientas, menos barreras, multiplicada por actitud (A=h-b*AC).

El éxito de este cálculo demanda recursos y la eliminación de impedimentos externos. Las herramientas abarcan la educación, los ingresos y los productos de apoyo tecnológico. Las barreras incluyen la infraestructura inaccesible y la falta de servicios, así como elementos culturales. La actitud representa la capacidad de agencia personal.

Ciertas poblaciones requieren intervenciones específicas para que la ecuación de autonomía arroje datos favorables. El boletín de estadísticas oficiales de pobreza monetaria de 2024 indica que la pobreza general bajó al 19.0 por ciento. La pobreza extrema se fijó en el 2.4 por ciento de los hogares. Estas personas enfrentan privaciones de capacidades que anulan la libertad de elección. En el segmento de adultos mayores, la cantidad de personas inactivas por motivos de salud pasó de 253,506 en el año 2016 a 362,761 en 2023. Las mujeres víctimas de violencia también enfrentan barreras estructurales para su desarrollo.

La Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 establece líneas de acción para mitigar la exclusión. La gestión de barreras garantiza los derechos de cada habitante. Sin autonomía personal, la soberanía nacional es un concepto lindo, pero inoperante.

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