Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 3. La llegada al pueblo
Salimos de Santo Domingo una mañana clara, cuando el calor todavía no apretaba. Amarilis había organizado el viaje con calma, como si no quisiera que yo sospechara demasiado de lo que nos esperaba. Tomamos una guagua que se fue llenando de gente, sacos de víveres, gallinas enjauladas y niños que jugaban a gritar más alto que el motor.
La carretera serpenteaba entre campos de caña, lomas verdes y casitas dispersas. Cada tanto aparecía una iglesia blanca o un colmado pintado con colores vivos. El aire se volvía más pesado a medida que nos acercábamos a la frontera, y en mis oídos resonaba una música improvisada: bachata de la radio, risas, conversaciones en creole y español entremezclados.
—Aquí empieza otro país —me dijo Amarilis con un brillo en los ojos—. El mío.
Llegamos al pueblo al mediodía. El calor era denso, y el olor a café tostado se mezclaba con el humo de fogones y con la dulzura del cañaveral cercano. Era un lugar pequeño, de calles polvorientas y casas de madera pintadas con tonos intensos: azul añil, verde brillante, amarillo sol.
Los vecinos saludaban a Amarilis con familiaridad, algunos con abrazos, otros con exclamaciones de sorpresa. Ella los presentaba con orgullo, como si quisiera mostrarme cada pieza de su rompecabezas vital.
Yo me sentía extranjero, pero no rechazado. Había en esas miradas una mezcla de curiosidad y hospitalidad que me desarmaba.
La casa de Doña Ercilia estaba al final de una calle angosta, protegida por una ceiba imponente. Era de madera envejecida, con un portal amplio donde colgaban macetas y sogas con ajíes rojos secándose al sol.
Doña Ercilia nos esperaba sentada en una mecedora, vestida con una bata de flores descolorida. Su piel era oscura y surcada de arrugas que parecían mapas; sus ojos, en cambio, brillaban con una vitalidad que no correspondía a su edad.
Cuando me vio, no preguntó quién era. Solo asintió, como si me reconociera.
—El poeta —dijo con voz grave, casi ceremonial—. Ya sabía que vendrías.
Me quedé sin palabras. Amarilis sonrió como si hubiera esperado esa reacción.
—Abuela, este es Alejandro Vega, de España.
—España… —murmuró la anciana, saboreando la palabra—. De allá llegaron barcos con cadenas, pero también llegaron palabras. Palabras que se mezclaron con las nuestras y no se fueron nunca.
Me invitó a sentarme. Yo lo hice, todavía bajo el peso de su mirada, que parecía leerme más allá de lo evidente.
Durante horas, Doña Ercilia habló sin prisa. No era un relato lineal: eran fragmentos de historias, recuerdos entretejidos con canciones, proverbios en creole, oraciones que parecían salirse del ámbito religioso para convertirse en conjuros.
Me contó de los ancestros que habían escapado al monte, de las procesiones de Gagá en Semana Santa, de los espíritus que acompañaban a los vivos si se les honraba con respeto.
—Aquí nada muere del todo —dijo, mirándome fijamente—. Ni la sangre, ni la música, ni las palabras. Todo vuelve.
Sentí un escalofrío. Había en esas frases una densidad que me resultaba imposible de reducir a metáforas literarias. Era otra lógica, otro modo de habitar el mundo.
Al caer la tarde, la casa empezó a llenarse de gente: vecinos, familiares, jóvenes y ancianos. Traían tambores, botellas de ron, velas y flores. Amarilis me explicó que esa noche habría una ceremonia pequeña, una forma de dar la bienvenida y pedir protección.
—No te asustes —me susurró—. Solo escucha.
La sala se iluminó con velas. El aire se impregnó de incienso y humo de tabaco. Los tambores comenzaron a sonar, primero suave, luego cada vez más intensos. Voces en creole entonaban cánticos repetitivos, y algunos empezaron a bailar con movimientos circulares, como si el cuerpo fuera un canal para algo más grande.
Yo observaba con asombro. A ratos me parecía un espectáculo, pero luego, al ver la seriedad de los participantes, comprendía que era algo mucho más hondo: un diálogo con lo invisible.
En un momento, Doña Ercilia se levantó y se me acercó. Me puso la mano en la frente y murmuró unas palabras que no entendí. Sentí un calor extraño recorrerme, como si mi cuerpo hubiera sido marcado por una chispa que no era de este mundo.
—Ahora podrás escuchar mejor —dijo, volviendo a su silla.
Esa noche no pude dormir. Afuera, los grillos y las ranas tejían un coro constante. En mi cuaderno, escribí con letra temblorosa:
“Me dicen que nada muere,
que todo vuelve:
la palabra como machete,
el tambor como corazón,
el fuego como memoria.
Quizá no vine a escribir,
sino a ser escrito.”
Cuando terminé de escribir, me di cuenta de que las páginas parecían arder bajo mis dedos, como si algo más que tinta se hubiera impregnado en ellas.
Capítulo 4. La ceremonia
El día transcurrió lento, con el calor apretando sobre el pueblo como un manto espeso. Yo ayudé a Amarilis a acarrear agua y velas, aunque no sabía exactamente para qué. La abuela había dicho la noche anterior que esa jornada era propicia para “abrir las puertas” y que yo debía estar presente.
Los vecinos comenzaron a llegar poco antes de caer la noche. Algunos traían gallinas vivas, otros botellas de ron, y había quienes portaban pequeños paquetes envueltos en tela de colores. Nadie me explicaba nada con detalle, como si no hiciera falta.
El patio de la casa se iluminó con antorchas. En el centro, colocaron una mesa cubierta de manteles blancos y rojos, sobre la cual dispusieron frutas, flores y objetos que no entendía: peines, espejos, campanas, botellas.
Amarilis me tomó del brazo.
—Hoy verás lo que significa la palabra en acción —me susurró.
Los tambores empezaron a sonar, graves, profundos, como el pulso de la tierra misma. Las voces se unieron en un canto repetitivo en creole, que al principio me resultó incomprensible, pero poco a poco se me pegó a la piel, como si mi cuerpo lo entendiera, aunque mi mente no.
Doña Ercilia, vestida de blanco, salió al centro. Su figura se volvió imponente bajo la luz temblorosa de las antorchas. Levantó los brazos y pronunció palabras en un tono grave, ceremonial.
El aire cambió. Lo juro: algo invisible empezó a moverse entre nosotros. Una densidad, una vibración. Los perros del barrio aullaron en la distancia.
Una de las mujeres del grupo comenzó a temblar. Su cuerpo se arqueaba, sus ojos parecían voltearse hacia adentro. Otros la sostenían mientras ella gritaba y reía a la vez, como si otra voz hablara a través de ella.
—Es un loa que la monta —me explicó Amarilis en voz baja—. Un espíritu.
Yo no sabía si creerlo, pero la escena me resultaba demasiado real para ser simple teatro. La mujer, en trance, tomó una botella de ron, bebió un trago largo y luego lo escupió en el suelo en forma de cruz. El gesto fue aplaudido por los presentes.
Me descubrí con la piel erizada, sin poder apartar la vista.
De pronto, Doña Ercilia se volvió hacia mí. Señaló el suelo frente a ella.
—Ven.
Yo dudé. Amarilis me empujó suavemente.
—No tengas miedo.
Obedecí, con las piernas temblorosas. La anciana sacó de un cuenco un poco de polvo blanco —harina, o ceniza, no sabría decir— y me trazó símbolos en la frente y en las manos. Susurraba palabras en creole mientras lo hacía.
—Tú escribes con tinta —me dijo al final—, pero ahora escribirás con fuego.
En ese momento, sentí un calor recorrerme desde el pecho hasta la punta de los dedos. No era doloroso, pero sí abrumador. Como si mi cuerpo hubiera sido abierto y algo se hubiera depositado dentro.
Los tambores aumentaron de intensidad. Cerré los ojos, incapaz de resistir el mareo. Y entonces vi. Vi campos de caña ardiendo bajo un cielo rojo. Vi hombres y mujeres encadenados rompiendo sus grilletes y corriendo hacia la montaña. Vi banderas de colores ondeando en procesiones interminables, acompañadas de flautas y machetes levantados.
Y vi, sobre todo, una figura femenina enorme, envuelta en telas rojas y azules, que me miraba con ojos de fuego. Su voz no era un sonido, sino una vibración en mi pecho:
—Escribe lo que ves. Para que no se pierda.
Abrí los ojos, empapado en sudor, con el corazón desbocado. Amarilis estaba a mi lado, sujetándome.
—¿Lo viste? —me preguntó.
No supe qué responder. Solo asentí.
La ceremonia se fue apaciguando. Los cantos se volvieron suaves, casi arrullos. La gente bebía ron, reía, se abrazaba, como si todo hubiera sido una gran fiesta. Pero yo sabía que había sucedido algo más.
Doña Ercilia me miró con una mezcla de severidad y ternura.
—Ahora ya no eres extranjero. Ahora formas parte de la historia.
Esa noche, en mi cuaderno, apenas pude escribir una frase: “No vine a mirar: vine a ser mirado.”
