Bredyg Disla y una novela capaz de interpelar al silencio

Nacida en Santo Domingo, Bredyg Disla cursó la escuela primaria en el politécnico Los Ángeles Custodios, estudió Relaciones públicas en la hoy inexistente Universidad Interamericana y además tiene un MBA en Barna Bussines School, entre otros títulos con los que ha forjado una trayectoria como comunicadora, gestora de crisis y otros cargos en diferentes empresas y entidades de nuestro país.

Ha formado parte, además, de la Asociación de Industrias y Empresas de Haina y la Región Sur, y como ejecutiva con alta formación en Negociación, Responsabilidad Social Corporativa y otras áreas relacionadas con la gestión empresarial, es reconocida en los medios por su participación en diferentes foros. Bredyg conoce a fondo las redacciones y los estudios de televisión, trabajó en diferentes periódicos dominicanos y en la agencia española de noticias EFE.

En su primera novela, Estallidos del silencio, Bredyg Disla explora una faceta muy propia de la conciencia de las mujeres dominicanas, que aún persiste como consecuencia de la cultura patriarcal en la que se ha desarrollado esta sociedad, donde la sumisión femenina se manifiesta en un principio que tiene su origen en el medioevo, que determinaba para las mujeres solamente dos posibilidades: el matrimonio o el convento.

Por el hecho de ser las depositarias de la vida y encargadas de gestarla en su vientre, las mujeres han crecido históricamente con la idea de que el matrimonio y la maternidad forman parte de la única realización posible, lo que da lugar a un estigma para las que no se casan y no engendran hijos, y que genera en las mismas mujeres un sentimiento de inferioridad.

Gisela, la protagonista de esta historia, es una chica que crece con una baja autoestima, tiene una hermana llamada Minerva que es como su contracara, una mujer segura de sí misma y que habla de manera directa y cuestiona todo lo que le molesta o le parece que no está bien.

Ese intercambio entre Minerva y Gisela será uno de los hilos conductores de la historia, que comienza con una situación llena de incógnitas, con el llanto de la protagonista ante una situación irreparable y que va revelando los hechos posteriores, que la narradora dosifica con maestría para ir metiendo al lector en una trama que muestra de a poco el carácter de los personajes y sus motivaciones, sus inquietudes, lo que los mueve a actuar de maneras determinadas.

Gisela, que no ha logrado formar una pareja, que no ha establecido desde joven una relación que le permita encajar en ese molde preconcebido que la sociedad establece para las mujeres, se reencuentra con Benjamín en cierto momento de su vida, cuando ya está convencida de que “se va a quedar”, que es la frase con la que se señala a las chicas que no se han casado ni han tenido hijos.

Benjamín todavía está soltero, a una edad en que los “buenos partidos” como él ya han sido “cazados” y casados con alguna muchacha inteligente y diestra en ese arte de enamorar a un hombre para convertirlo en marido y padre, además, sigue trabajando en la misma empresa donde Gisela lo conoció y ella ya no está. Tiene también vehículo y departamento propio, lo cual es un atractivo adicional a los ojos de cualquier joven casadera, y como encanto adicional, no fuma ni bebe, así que Benjamín es, en suma, el candidato perfecto.

Que Benjamín le proponga matrimonio a Gisela es, para esa muchacha con tan escaso amor propio, una especie de bendición del cielo, algo así como un premio al que acceden las chicas de buena familia y que han sabido esperar a que aparezca el hombre conveniente, gentil, de buen trato, el auténtico caballero que no levanta la voz, que rara vez se enoja, que trabaja demasiado, tanto que a veces llega demasiado tarde a la casa, una situación que Gisela acepta con la misma pasividad con la que tolera todas las actitudes de Benjamín, pese a los cuestionamientos de Minerva.

Benjamín jamás la acompaña a visitar a su hermana y para Gisela eso no tiene nada de malo, los interrogantes de Minerva ni siquiera le producen inquietud, al fin de cuentas, ella conoce a Benjamín mejor que nadie y sabe que, aunque no sepa ni cuestione los motivos de las negativas de Benjamín a acompañarla, no deben tener nada de malo.

Del mismo modo, para Gisela tampoco tiene nada de malo que Benjamín tenga un cuarto cerrado en la casa, cuya única llave está siempre en su poder, que ella podía entrar a limpiar siempre en su presencia, al fin de cuentas, todo el mundo tiene derecho a una cierta privacidad, se dice ella a sí misma.

Gisela y Benjamín compartían además otro ritual nocturno, un café antes de acostarse, lo que para Minerva resulta inexplicable, ¿quién se toma una bebida estimulante en la noche? Gisela dice que a ella ese café compartido le permitía dormir con total tranquilidad, incluso si se despertaba, estaba segura de que Benjamín estaría leyendo en ese cuarto cerrado que era su biblioteca, su mundo particular al que ella solo podía entrar en compañía de él, jamás se imaginó que ese café pudiera tener “algo” más que agua.

Ese matrimonio que Gisela acepta con el convencimiento de que le ha tocado el mejor hombre que la vida ha podido colocar en su camino, uno que no grita, que no agrede, que no fuma ni bebe, es para ella una especie de paraíso con alguna que otra grieta, demasiado pequeñas todas como para prestarles atención, pese a los intentos de Minerva por despertar su curiosidad, por llevarla a cuestionar ese supuesto edén donde transcurre su existencia y, sobre todo, a cuestionar a ese rey mago al que ella considera el mejor de los hombres.

Hasta que un día ese silencio, ese espacio de sosegada calma en el que transcurre la convivencia entre Gisela y Benjamín, un silencio que había comenzado a resquebrajarse con cada duda, con cada pregunta intencionada de Minerva, estalla finalmente en una potente explosión que retumba con suficiente fuerza como para no dejar nada en pie, como para derrumbar hasta los cimientos ese mundo perfecto que Gisela estaba segura de que le pertenecía.

Con ese estallido lo primero que sale a la luz son los terribles secretos que Benjamín escondía no solo en ese cuarto donde todo estaba bajo llave, sino también en su retorcida existencia, en la vida paralela que llevaba y de la que Gisela no tenía la más mínima idea.

Los estallidos del silencio es una obra que no puede clasificarse en una sola categoría, es una novela sicológica, pero también es una apelación a la conciencia de las mujeres en una sociedad que desde la Edad Media ha establecido roles estrictos en los que debe transcurrir su existencia. Es un cuestionamiento a esos moldes que casi siempre son las mismas mujeres las que se los imponen ya sea por el instinto gregario con el que nacen todos los seres humanos, o por la necesidad de pertenencia, que puede llegar a extremos tan terribles como aceptar lo inaceptable.

Cuando Gisela descubre quién era en realidad Benjamín, y qué era, comienza un proceso de catarsis y de autodescubrimiento, una especie de redención que la lleva, finalmente, a aceptarse a sí misma y a desechar cualquier tipo de moldura impuesta desde fuera, un autorrescate que consiste en tomar la única decisión posible para superar esta situación extrema: la de vivir por sí misma y para sí misma.

Los estallidos del silencio es una novela para leer en soledad, aunque yo acepté mientras lo hacía dos presencias que me acompañaron: un buen café en la mañana, y un ron añejo en la noche en que lo terminé, al fin de cuentas, uno tiene derecho a elegir la mejor manera de saborear un buen libro ¿Verdad? l

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