Miguelina Rivera y Mehdi en Bandol

Bandol es una ciudad portuaria francesa abierta al Mediterráneo donde el arte contemporáneo ha encontrado una forma particularmente elocuente de hablar del mundo. Esta vez, por medio de dos voces extraordinarias que, inspiradas en la piel, de la sal y del horizonte han conformado la exposición “Les sel de nos peaux” –la sal de nuestras pieles–, la cual no se limita a ocupar un espacio público, sino que lo transforma en un territorio sensible donde materia, memoria y migración se convierten en lenguaje.

El título funciona como una metáfora de extraña precisión. La sal es residuo y permanencia, huella física del mar sobre el cuerpo, pero también signo de travesía, de desplazamiento, de aquello que se conserva incluso después del viaje. En este marco, la presencia de Miguelina Rivera, artista dominicana radicada en Francia, adquiere una resonancia especial: su obra no llega como representación folclórica ni como excepción exótica, sino como una voz plenamente contemporánea, rigurosa y necesaria.

Rivera comparte el proyecto con Mehdi, escultor de origen marroquí y alemán, en una colaboración que parece menos una suma que una convergencia. Sus piezas monumentales —acero inoxidable, plexiglás termoformado, materiales reciclados y abisales— dialogan con la luz marina como si el paisaje no fuera fondo, sino coautor. En algunas obras, el vacío pesa más que la masa, pues el espectador no solo mira, sino que atraviesa. El propio cuerpo activa la escultura.

Instaladas fuera del cubo blanco, expuestas al mistral, al salitre, al tiempo, las obras aceptan la intemperie como escritura. Se oxidan, se alteran, se marcan. La transformación no es deterioro, sino que se convierte en concepto. El mar no rodea la muestra; la determina.

Hay algo profundamente significativo en que dos artistas pertenecientes a minorías en Francia ocupen el espacio público con una palabra propia. En el caso concreto de Miguelina, desde su ADN caribeño y su inteligencia formal, confirma que el talento dominicano además de circular, se valora y trasciende con un respeto natural, ganado por méritos propios.

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