Crónica periodística entre las leyendas y las sombras
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
El joven periodista Fidel Madera viaja a la República Dominicana con un propósito que parece sencillo: escribir un artículo sobre las leyendas más conocidas del país. Pero lo que empieza como un trabajo rutinario pronto se convierte en un descenso a un territorio donde lo fantástico y lo real se confunden.
Desde las calles de la Zona Colonial hasta los pinares de Constanza, desde las ruinas de La Isabela hasta el misterioso Lago Enriquillo, Fidel descubre que esas historias no son meros rumores ni adornos folclóricos: son presencias vivas que reclaman ser escuchadas.
El Duende travieso, la Ciguapa de pasos invertidos, el Bacá hambriento, los tesoros malditos, los fantasmas coloniales y hasta el espectro del cacique Enriquillo se cruzan en su camino. Y lo más inquietante: cada encuentro queda registrado en un manuscrito que parece escribirse solo, con una caligrafía que no es la suya.
Lo que el lector tiene en sus manos no es solo un libro de leyendas. Es el testimonio de un hombre que fue elegido —o condenado— a ser cronista de lo invisible.
¿Mera literatura fantástica? ¿O la prueba de que, en Santo Domingo, la noche camina de verdad?
Introducción editorial
Cuando Fidel Madera fue a la República Dominicana lo hizo con la convicción, muy propia del oficio periodístico, de que las historias existen para ser verificadas, desmentidas o confirmadas. Nadie le advirtió que, en este caso, la investigación lo arrastraría fuera de los límites de la realidad ordinaria, empujándolo hacia una experiencia en la que los hechos y los mitos se funden en un territorio común.
El resultado de ese viaje es el texto que el lector tiene ahora entre manos: una crónica que bascula entre el testimonio y el relato literario, entre el documento y la revelación. Fidel no se limita a reseñar las leyendas dominicanas más célebres —el Duende travieso, la Ciguapa de pasos invertidos, los tesoros encantados, el Bacá infernal, la Virgen que concede milagros oscuros, los fantasmas del Callejón y el espectro de Enriquillo en el Lago—, sino que se atreve a narrar cómo estas presencias se hicieron carne en su propio recorrido vital.
El libro que presentamos no es, por tanto, un simple compendio de folclore, sino el testimonio de alguien que se convirtió, a su pesar, en protagonista y testigo. En sus páginas late la urgencia de un hombre que escribe no para convencer, sino para sobrevivir, consciente de que la frontera entre la superstición y la historia oficial es más porosa de lo que solemos admitir.
Resulta imposible determinar cuánto hay de experiencia objetiva y cuánto de visión subjetiva en esta obra. Pero acaso ahí radica su fuerza: en esa grieta entre el periodismo y la literatura, donde el lector debe decidir por sí mismo si lo que se cuenta es producto de la imaginación, o si, como insinúa el propio autor, estamos ante verdades que caminan de noche.
Al publicarlo, no hacemos sino continuar una tradición antigua: la de los cronistas que, desde la época colonial, registraron prodigios, horrores y portentos al mismo tiempo que describían batallas o descubrimientos. Fidel Madera se inscribe, consciente o no, en esa genealogía.
Le corresponde ahora al lector adentrarse en estas páginas con la misma mezcla de escepticismo y temor que acompañó al autor en su viaje. Porque, como él mismo advierte, “las leyendas no necesitan creyentes; solo necesitan testigos.”
Prólogo. La llegada de un incrédulo
Me llamo Fidel Madera y soy periodista. O al menos eso pensaba hasta aquel viaje a San0to Domingo que cambió mi vida para siempre. Vine buscando historias, y me encontré con algo que no sé si llamar verdad o pesadilla.
Aún conservo mi libreta, con las primeras notas garabateadas en el vuelo de Madrid a Punta Cana, cuando todo parecía simple. La encomienda era clara: “Escribe una serie de artículos sobre las leyendas más conocidas de República Dominicana; hazlo pintoresco, entretenido, de esos textos que venden viajes y alimentan la imaginación de los turistas”. Palabras del jefe de redacción, que jamás ha cruzado el Atlántico, pero opina como si fuera virrey.
Yo, por entonces, era un hombre de certezas. Escéptico. Creía en la racionalidad, en los hechos verificables, en el poder de las palabras como testimonio, no como invocación. Me divertía la idea de contar historias de brujas, apariciones y monstruos rurales, con ese aire entre exótico y folclórico que tanto gusta al lector europeo. Lo veía como material jugoso, nada más.
Pero apenas puse un pie en Santo Domingo, supe que había algo distinto. El aire era espeso, saturado de humedad y de aromas: salitre, frutas demasiado maduras, humo de motores viejos. El calor no era un fenómeno físico, sino una presencia. Y la ciudad colonial, con sus piedras centenarias, parecía respirar por sí misma, como si guardara secretos bajo cada sombra.
Llegué un viernes por la tarde. El taxi me condujo desde el aeropuerto, atravesando avenidas atestadas de carros, motores y guaguas que parecían moverse al compás de un caos invisible. No entendía cómo no se estrellaban a cada segundo.
El conductor, un hombre de sonrisa fácil, me habló de la historia de la ciudad como quien recita un rezo:
—Aquí está la primera catedral de América, señor periodista. Y allá, la Fortaleza Ozama. Todo muy bonito, muy turístico. Pero… usted quiere saber de lo otro, ¿no?
—¿De lo otro? —pregunté, confundido.
Él se rio, sin mirarme, como si hablara solo:
—De lo que no sale en las guías. Aquí las historias caminan de noche, señor. Y algunas no perdonan al que las escucha.
Tomé nota mental de aquella frase, pensando que sonaba demasiado buena para un reportaje. No sabía entonces que era una advertencia.
Me hospedé en un hotel pequeño, de paredes gruesas y balcones de hierro, en la Zona Colonial. El recepcionista me entregó la llave con gesto mecánico, pero cuando me presenté como periodista interesado en leyendas, levantó la vista con una mezcla de recelo y complicidad.
—Va a encontrar mucho de eso aquí, señor Madera. Pero no se burle. Ni piense que es cuento para turistas. Uno no se mete con ciertas cosas.
Yo asentí, fingiendo respeto, aunque por dentro sonreía. ¿Acaso no era esa la mejor actitud posible para alguien que viene a escribir? El miedo de los locales es oro narrativo.
Esa primera noche salí a caminar por la calle de Las Damas. La piedra del empedrado parecía absorber el calor del día y soltarlo como un suspiro. Pasaban parejas, grupos de jóvenes, vendedores de empanadas. Todo era vida y bullicio. Sin embargo, cuando crucé frente a la Fortaleza Ozama, sentí un escalofrío. No había nadie, y, sin embargo, juraría haber visto una sombra tras las troneras.
Me dije que era el jet lag, la sugestión, el exceso de ron que había probado en la cena. Pero en mi libreta escribí: “La ciudad respira. Y algo me observa”.
Al día siguiente visité la Catedral Primada. La guía hablaba de Colón, de las bóvedas, de las reliquias. Yo me alejé un poco del grupo, buscando ángulos para mis notas. El interior olía a piedra húmeda y cera gastada.
De pronto, escuché un murmullo. No palabras claras, sino un rezo antiguo, como susurros latinos arrastrados por el viento. Miré alrededor: nadie hablaba. El grupo estaba a varios metros, y yo me hallaba solo en una capilla lateral.
El murmullo cesó de golpe, como si hubiese notado que yo lo escuchaba.
Me obligué a mantener la calma. Anoté en mi libreta: “El eco de siglos suena como voces vivas. Posible recurso literario: ‘las piedras aún rezan’”.
Pero el sudor frío en mi nuca no era literario. Era real.
Esa tarde, en un café cercano al Parque Colón, hojeaba mis apuntes cuando se me acercó una anciana. Tenía la piel curtida, los ojos brillantes, y un rosario de cuentas negras colgando de la mano.
—Usted escribe, ¿verdad? —me preguntó, sin saludo.
Asentí.
—Pues escriba con cuidado. Aquí lo escrito se cumple.
Me quedé en silencio, sorprendido. Ella me sostuvo la mirada unos segundos y luego se alejó sin más.
Intenté reírme de aquello, pero al abrir mi libreta noté algo extraño: en la última página había palabras que yo no había escrito. Decían: “Fidel Madera, lo que buscas no son cuentos. Prepárate.”
Miré alrededor, buscando a la anciana. Se había desvanecido entre la multitud.
Cerré la libreta de golpe y me dije que debía dormir, que todo tenía explicación. La mente juega trucos, el calor afecta, el ron confunde. Sí, todo era racionalizable.
Y, sin embargo, esa noche, al apagar la luz en mi habitación, escuché la misma voz murmurando en la oscuridad, las mismas palabras latinas que en la Catedral.
Me tapé los oídos, convencido de que era el eco de mi imaginación. Pero mi cuerpo sabía la verdad: lo que había venido a buscar, me había encontrado a mí primero.
