La Fortuna Escarlata: crónica de Nassau

La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 2: El encuentro
La noche había caído sobre Nassau como una manta caliente y húmeda. Las hogueras en la playa crepitaban, lanzando chispas que se perdían en la brisa cargada de salitre y sudor. En las tabernas, los cánticos marineros y el estrépito de vasos rotos competían con el estruendo de tambores improvisados. La ciudad parecía un monstruo insaciable que devoraba ron y ruido, siempre hambriento de nuevas historias, nuevas victorias, nuevas vidas por consumir.

Elías había terminado su encargo y, con unas monedas en el bolsillo, se aventuró al “Tridente Dorado”. Aunque sabía que los marineros podían ser peligrosos, necesitaba un trago para callar las voces de la memoria, aquellas que le recordaban que era un fugitivo sin rumbo. Caminaba con cautela, observando las siluetas que pasaban: corsarios con cicatrices en la cara, mujeres pintadas con colores intensos, desertores que se ocultaban bajo sombreros de ala ancha.

El “Tridente Dorado” hervía de actividad. Un grupo de piratas franceses jugaba a las cartas mientras discutía a gritos. Un marinero negro entonaba un canto melancólico en creole, acompañado de un tambor golpeado con manos callosas. El aire estaba saturado de humo, ron y promesas de violencia.

Allí, entre las mesas, Isabela iba de un lado a otro, repartiendo jarras rebosantes de ron, esquivando manotazos descarados, devolviendo sonrisas cuando era útil y respuestas cortantes cuando era necesario. Había aprendido a sobrevivir en aquel entorno como una gata que conoce cada sombra.

Elías la vio enseguida. Sintió un salto en el pecho, una mezcla de sorpresa y alivio. No estaba seguro de por qué, pero aquella joven parecía ser un punto fijo en medio del caos. Dudó en acercarse, pero no hizo falta: el destino se adelantó.

Un estruendo hizo temblar las paredes. No era el ruido habitual de una taberna: era un cañonazo. Seguido de otro. Y luego gritos que no nacían de la embriaguez, sino del pánico.

—¡Los ingleses! —vociferó alguien—. ¡Han llegado los casacas rojas!
En segundos, la música se detuvo. Los piratas se levantaron derribando mesas, algunos sacaron pistolas y sables, otros huyeron por las ventanas como ratas sorprendidas. El rumor de pasos y gritos invadía las calles. Nassau estaba siendo atacada.

Elías se quedó paralizado, la jarra en la mano temblando. Su instinto le decía que corriera hacia el muelle, pero sus piernas no reaccionaban. Entonces la vio: Isabela recogía una daga escondida bajo el delantal y buscaba una salida, los ojos encendidos como brasas.

Una ráfaga de mosquetes quebró los ventanales. Vidrios y astillas volaron. Elías cayó al suelo, aturdido, mientras un soldado irrumpía por la puerta con la bayoneta calada. Fue un instante, un latido apenas, pero lo suficiente para que Isabela saltara sobre él. La daga brilló bajo la luz de las lámparas, y el soldado cayó con un grito ahogado, la garganta abierta.

—¡Levántate, inglés! —le gritó ella, tendiéndole la mano—. ¿Quieres morir aquí como un cordero?
Elías, temblando, tomó su mano. Corrieron juntos entre el tumulto, esquivando cuerpos y mesas volcadas. Afuera, la calle era un hervidero de fuego y pólvora. Los soldados británicos avanzaban en formación, disparando contra todo lo que se moviera, mientras los piratas respondían desde las azoteas con arcabuces. El humo de la pólvora convertía el aire en un velo irrespirable.

Isabela tiraba de él con fuerza, moviéndose entre las sombras como si conociera cada recoveco. Elías, con el corazón desbocado, apenas lograba seguirla. Nunca había estado tan cerca de la guerra. Los gritos, la sangre, el olor a pólvora: todo lo golpeaba como una tormenta enloquecida.

Se refugiaron en un callejón estrecho, donde la penumbra los cubrió. Ambos respiraban agitados, sudorosos, con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué demonios…? —balbuceó Elías, apoyándose contra la pared.
Isabela lo interrumpió con dureza:
—Nassau nunca está a salvo. Hoy los ingleses intentan reclamar lo que creen suyo, pero esta isla pertenece a quien sepa defenderla.

Elías la miró, y por primera vez vio más allá de la muchacha que había recogido mangos. Había en ella una fuerza salvaje, una determinación que lo deslumbró. Era la encarnación de aquel puerto: libre, peligrosa, indomable.

Antes de que pudiera responder, una sombra se abalanzó sobre ellos. Un soldado había seguido sus pasos. Elías, sin pensarlo, levantó el codo y lo golpeó torpemente en el rostro. El hombre vaciló, lo suficiente para que Isabela hundiera su daga en su costado. Elías se quedó helado, mirando cómo el soldado caía entre convulsiones.

—Primera sangre —murmuró ella, sin apartar la vista del cadáver—. Ya eres parte de Nassau.

Elías tragó saliva. Nunca había matado, pero sabía que, en ese instante, ya no había retorno.

Las campanas de la iglesia repicaban con furia, señal de alarma. La batalla se extendía por toda la ciudad. Isabela tiró de él una vez más.

—Si quieres vivir, ven conmigo. Sé dónde escondernos.

Elías la siguió, no porque entendiera qué ocurría, sino porque en aquel caos ella parecía ser la única brújula. Corrieron por callejones, saltaron sobre charcos de sangre, esquivaron hogueras improvisadas. El ruido de la guerra quedaba atrás poco a poco, hasta que llegaron a una pequeña bodega abandonada, oculta tras un almacén de sal. Allí, al fin, se dejaron caer al suelo, exhaustos.

Por primera vez desde que se conocieron, hubo silencio entre ellos. Solo el lejano eco de la batalla recordaba que el mundo seguía ardiendo afuera.

Elías la observó mientras recuperaba el aliento. Sus manos aún temblaban, pero su pecho se llenaba de algo nuevo: no solo miedo, también admiración y un impulso inexplicable de quedarse junto a aquella mujer que parecía capaz de enfrentarse a un imperio entero.

Isabela, al sentir su mirada, arqueó una sonrisa ladeada.

—¿Y bien, inglés? ¿Vas a seguir escribiendo cartas falsas o vas a vivir de verdad?

Él no respondió. No podía. En su interior, algo había cambiado para siempre

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