P. José Miguel Genao, CMF
Doctorando en Filosofía. Universidad
El Evangelio de Juan afirma que “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn, 1, 18). Esto significa que Dios no está a nuestro alcance. Es decir, a Dios no lo conocemos. Ni podemos conocerlo. Porque Dios, es por definición el Trascendente. Si explicamos a Dios desde esta perspectiva, entonces el ser humano está arrojado en un mundo hostil, creado por un Dios que se ha olvidado de su creación, de ahí que su bondad queda en entredicho y su poder es una falacia. Es en la fiesta de Navidad, donde podemos solucionar este problema, pues en ella celebramos, que Dios se nos ha dado a conocer en Jesucristo y ha dado en el niño Jesús, una nueva vida ―la suya―, para todos.
En la Navidad tratamos de explicar de cómo Dios entra en la historia. En ese sentido, la Navidad nos revela algo fundamental, Dios se revela en el abajamiento. El gran teólogo español José María Castillo, nos recuerda que: “Jesús muestra a Dios no desde la fuerza, sino desde la debilidad, la cercanía y el servicio”. Con el nacimiento de Jesús se rompe con la imagen de un Dios autoritario y lejano.
La Navidad muestra algo insólito, el creador del universo, ahora se hace débil en un pesebre. Esto supone una gran novedad en cuanto a la comprensión que tenemos sobre Dios, a él lo encontramos en lo sencillo, en lo débil y no en lo portentoso. De ahí que, la Navidad nos invita a cuestionar en la esfera de lo eclesial, el clericalismo, las jerarquías rígidas, una Iglesia que en ocasiones puede caer en la tentación de estar más preocupado por el poder que por el servicio.
El Dios que ha nacido y se ha hecho historia nos impulsa a servir en vez de dominar, a compartir en vez de acumular, a escuchar en vez de imponer. José María Castillo, en su libro La humanidad de Dios nos señala que: “La Encarnación no es un dato abstracto, sino una opción de Dios por la vida humana concreta, especialmente la de los más frágiles. De ahí que conocer a Dios pasa por tomarse en serio lo humano, no huir de ello”.
La Navidad es un tiempo cargado de paradojas que nos invitan a la reflexión profunda sobre la vida, la fe y la sociedad. Una de las más claras es que la Navidad celebra el nacimiento en medio de la oscuridad del invierno, cuando los días son más cortos, se recuerda la llegada de la luz. Esto nos habla de esperanza.
Incluso en los momentos más difíciles, puede surgir algo nuevo y transformador.
Otra gran paradoja es la del silencio y el ruido. El mensaje central de la Navidad, el nacimiento humilde de Jesús ocurre en el silencio de un pesebre, lejos del poder y el espectáculo. Sin embargo, hoy la Navidad suele vivirse entre prisas, consumo y ruido constante. Esta tensión nos cuestiona y nos invita a ir a lo profundo y preguntarnos ¿sabemos detenernos para escuchar lo esencial?
La Navidad es sin dudas un escándalo teológico. El Dios trascendente, traspasa su distancia de la humanidad. Ahora Dios se revela no desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad como partida. En ese sentido, la Navidad nos ayuda a cuestionar la imagen tradicional de Dios como un ser lejano, poderoso, poderoso en sentido autoritario, más ligado a lo sagrado que a la vida real. El Dios que se ha hecho historia asume los límites humanos, se sitúa del lado de los pobres y excluidos. Celebrar la Navidad es optar por lo que libera, por lo que hace la vida más digna y feliz.
A veces pensamos que Dios está en lo extraordinario, en lo perfecto, en lo fuerte. Pero la Navidad nos dice que Dios está en lo sencillo, en lo que muchas veces pasa por desapercibido. Está en la familia que lucha día a día, en un gesto, en un gesto de cuidado, en una palabra de consuelo.
La pregunta no es sólo ¿Dónde nació Jesús hace 2025 años? La pregunta es, ¿Dónde nace Jesús hoy? Dios nace donde se acoge al que está solo, desamparado y marginado, donde se elige la sencillez frente al poder, donde se defiende la dignidad humana. Porque cada vez que cuidamos lo pequeño dejamos espacio para Dios. De ahí que, celebrar la Navidad no es sólo recordar un acontecimiento, es aprender a mirar la vida como la mira Dios.
El papa San Pablo VI en su homilía del 25 de diciembre de 1963 nos recordaba: “En la Navidad el corazón del omnipotente se abre. Tras la escena del pesebre está la infinita ternura del creador que ama. En una palabra, está la bondad infinita. Dios que nos ama, quiere establecer un diálogo con la humanidad, establecer con nosotros una relación de familiaridad”. De fondo lo que se está afirmando es, Dios es bueno. A pesar de la oscuridad y la incertidumbre de estos días, marcados por la guerra, la violencia, la desigualdad social, el hambre y muchos desplazamientos, es justo y necesario reconocer como Albert Camus en su obra La peste “en estos tiempos de plagas comprobamos que entre los humanos hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Y eso es digno de celebrarlo, pues en cada gesto de bondad y solidaridad se hace real el mensaje de la Navidad.
En la entrega total, lo divino se encuentra con lo humano.
Feliz Navidad.
Referencias
Camus, A. (2017). La Peste. CreateSpace Independent Publishing Platform.
Castillo, J. M. (2019). La humanidad de Dios. Editorial Trotta.
Pablo VI. (1963). Homilía del Santo Padre Pablo VI. Solemnidad de la Navidad, 25 de diciembre de 1963. https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/homilies/1963/documents/hf_p-vi_hom_19631225.html
Centro estudios caribeños. PUCMM.
