Microrrelatos de Jesús Alcedo Sánchez

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestro invitado es Jesús Alcedo Sánchez Barrientos (Santo Domingo, 7 de febrero de 1954), quien es un bibliotecario, gestor cultural y promotor de la lectura a tiempo completo, cuya trayectoria combina formación académica, experiencia comunitaria y labor institucional. Realizó estudios de Arquitectura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y se ha especializado en áreas como promoción de la lectura, bibliotecología y gestión de proyectos culturales, mediante capacitaciones en INFOTEP, el Ministerio de Cultura y la Academia de Ciencias.

A lo largo de su vida profesional ha transitado por diversos campos, desde el trabajo pastoral y comunitario hasta el ámbito comercial. Entre 2009 y 2020 se desempeñó como coordinador de mercadeo de publicaciones en el Ministerio de Cultura, donde desarrolló una labor significativa en la difusión del libro y el fomento de la lectura.

El conjunto de microrrelatos que presentamos a continuación revela un dominio notable del giro final como mecanismo de sentido, con una inclinación clara hacia lo irónico y lo macabro. Predomina una mirada desencantada sobre la condición humana, donde el egoísmo, la negación y el autoengaño funcionan como motores narrativos. Algunos textos destacan por su economía expresiva y precisión, mientras otros alcanzan mayor amplitud mediante una progresión narrativa bien sostenida. Muchas de sus narraciones dialogan con su propia experiencia vital; nunca ha temido a eso que hoy se conoce como autoficción. Lo sé bien: juntos hemos recorrido todas las provincias del país en la labor de promover hábitos de lectura.

LA CITA
Voy a verla. Salgo bien tempranito y, con pasos rápidos, me dirijo a la parada de guaguas más cercana. El montón de gente que la espera me dice que no alcanzaré un asiento. Doy media vuelta y corro hasta la parada anterior. Agitado y con la camisa empapada de sudor, me monto y consigo mi asiento. Me río al pasar frente al pelotón que esquivé: ninguno encontró dónde sentarse.

En la próxima parada se monta una viejita flaca y barrigona que me recuerda a mi madre. El cobrador solicita un asiento para ella, pero yo no me doy por aludido. Estoy muy cómodo y no es verdad que le voy a ceder mi puesto a esta señora que, aunque ya tiene un pie en el cementerio, insiste en viajar en guagua. El tipo sigue reclamando y ahora me mira directamente a los ojos. Por toda respuesta, desvío la mirada. Finalmente se levanta un chico y la vieja puede sentarse.

Yo me arrellano más aún en mi asiento, cierro los ojos… y eso me salva de leer la portada del periódico al día siguiente: BALA PERDIDA MATA PASAJERO DE GUAGUA.

CERRAZÓN
Intentó continuar y llegar hasta donde había imaginado, pero el lápiz se negó a seguirlo.
CANIBALISMO
Le gustaba tanto el sexo que acabó comiéndoselo.
OBVIA ELECCIÓN
Doblaste a la derecha para esquivar un semáforo importuno y aceleraste para llegar en verde al siguiente cruce. No lo viste venir. No sentiste nada y, en un lapso que te pareció brevísimo, despertaste en un hospital.
Como es tu primera experiencia de este tipo, no sabrás —como yo— que esta ausencia de dolor se debe a que la anestesia aún perdura. Cuando se desvanezca, empezarás a chillar desaforadamente, pero de nada te servirán esos aullidos porque no será sino hasta dentro de tres horas cuando te toque de nuevo tu ración de analgésicos.
Y tampoco sabrás que, por desgracia, el infierno —o algo muy parecido— se te aproxima. Pero, con toda seguridad, siempre preferirás todo este tormento a ya no sentir nada.
NEGACIÓN
Aquel destartalado camión sin frenos se encarama velozmente sobre el contén y enfila en vía contraria, mientras el conductor se maldice por no haber arreglado las bocinas y trata de acallar la voz interior que lo acusa de ser responsable de todo lo que pueda suceder.
Alfredo, que ya rebasa los sesenta, intenta cruzar la calle con una agilidad impropia de sus años. Amigos cercanos, compañeros de infancia y hasta nuevos conocidos viven felicitándolo por su inmejorable aspecto. Ni siquiera el propio Alfredo es consciente de su vejez. Por eso tuvo que retirarse a destiempo de casi toda actividad deportiva: fracturas en todo el cuerpo, fruto de esfuerzos que excedían sus posibilidades físicas, evidenciaban el grado de desconexión entre su edad real y la que su mente le confería.
Ya estaba justo a mitad de la calle cuando oyó aquella voz gritar:
—¡Viejo… viejo… quítese del medio que lo choca el camión!
Y Alfredo encontró la muerte mientras buscaba, afanosamente, a su alrededor a un viejo a quien advertirle.
ÚLTIMO ROUND
Tenía que vencerla. Aniquilarla. Demostrarle quién era mejor. Era mi más encarnizada enemiga, posiblemente mi única enemiga. La que me perseguía desde hacía tanto, la que me separaba de mi más preciado tesoro.
Siempre volvía, sin darme tregua, hiriéndome, burlándose de lo que siento y de cómo lo siento. Estoy convencido de que su meta es mi total destrucción. Pero no se saldrá con la suya. En mis manos tengo la solución. Solo tengo que dejarme ir. Decidirme de una vez.
Y así lo hice. Los fui contando uno por uno, con mis ojos de vértigo extraviado.
¡Veintiún pisos hasta el duro pavimento!
EL APAGÓN
—¡Se fue la luz!
Oí que gritaron mis amigos casi al mismo tiempo, y de inmediato llegó a mi mente su recuerdo. ¡Cuánto daría yo por volverla a tener! Mi insustituible amiga, mi guía, mi dirección. La que me enseñó tantas cosas hermosas y me condujo siempre por el buen camino. La que se acostaba conmigo y, al despertar, ahí estaba.
La que tantas veces no valoré. El día de su partida fue el más triste de mi vida. Pero no pierdo la esperanza de que vuelva.
Mañana tengo una nueva oportunidad…
¡Mañana me operan por tercera vez!
REGRESIÓN
Penetró por la ancha puerta de madera y posó sus pies delicadamente sobre los adoquines rústicos del piso. Varias veces levantó la mano en dirección a algún rostro conocido, pero estaban todos tan atentos a lo que ocurría en el altar que nadie le devolvió el saludo.
Atravesó la nave central y se dejó caer suavemente en el primer asiento vacío. En ese momento el sacerdote decía:
—Se ha ido nuestro hermano… ¿y qué nos ha dejado?
Relató entonces las virtudes del difunto y cerró con las palabras habituales.
Se levantó y, como flotando, avanzó entre la multitud hasta el ataúd. Al asomarse, abrió los ojos desmesuradamente:
se vio a sí mismo allí, tieso y seco, haciendo de cadáver.

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