Minificciones de Fernando González

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Nuestro invitado de esta semana en “Espejo de tinta”, es Fernando González (Santo Domingo, 2002), escribe textos literarios y edita audiovisuales en RNN Canal 27. Egresó de la Licenciatura en Comunicación Audiovisual y Artes Cinematográficas de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Pertenece al Taller Literario PUCMM y ha ganado varios concursos estudiantiles. Sus reseñas y textos narrativos han aparecido en publicaciones como el periódico Listín Diario, Revista Micros, Noticias RNN, Revista Letras Salvajes, Noticias HoraxHora. Sus cortometrajes han sido reconocidos en el Festival Internacional de Cortometrajes Minuto del Agua 2024 y Semana más Corta 2023.

Inquieto, disciplinado e inventor de sus mundos, Fernando González explora en estas minificciones que presentamos en esta entrega, la fragilidad de la memoria, la identidad y los vínculos humanos, alternando entre lo íntimo, lo cotidiano y lo mítico. Se percibe una constante tensión entre el deseo de libertad y las fuerzas que imponen límites, ya sean sociales, familiares o simbólicas. Predomina una atmósfera inquietante donde la culpa, el dolor y la incertidumbre revelan una visión crítica y a ratos nihilista de la experiencia humana.

CONDENA DE LA MEMORIA
Regresé agotada del trabajo.
Entonces vivíamos en un apartamento pequeño de cemento y pintura en franco deterioro. Cuando volví a casa, mi madre volteó su mirada ajena hacia mi rostro. Me preguntó cómo me fue. Le tuve que pedir que repitiera varias veces lo mismo, porque olvidó la forma de comunicarse. Mentí que me fue bien.

Ordenó le leyese un cuento para dormir. Insistió en que fuéramos al armario a buscar entre el polvo un libro de relatos. Ella recogió del piso un tomo que excedía las quinientas hojas. Busqué en el índice un cuento de hadas llamado Sol, Luna y Talia, versión de La bella durmiente que jamás llegamos a leer. Según ella, le prohibieron abrirlo hasta que yo tuviera diecisiete.

Conforme leía en voz alta el relato de Giambatista Basile, la veía intentar sin lograrlo limpiarse su media toronja. Mis ojos parecían arder de lo que leía y de los gemidos de dolor de mi madre, quien tan pronto acabé el relato, invocó el nombre de mi abuelo «¡Luis!».

Tan pronto se durmió de tanto llorar, me miré al espejo y acabé derrumbándome en el piso hasta vomitar de asco.

NUESTRA ÚLTIMA CANCIÓN EN ESTA VIDA.
Sacamos con dificultad la máquina de la caja de cristal. Nos agarramos de la mano y operamos el aparato hasta comprobar que el agua de las olas se paralizó.

Bebimos el café de los clientes que cayeron víctimas de nuestra decisión. Fuimos a la biblioteca y leímos por horas. Recuerdo que incluso dibujamos grafitis en las calles con la inscripción: «No existe el bien y el mal».

En la última hora que funcionaba el aparato, fuimos a una cabina de karaoke vacía. La máquina estaba descompuesta, pero simulé cantar la canción de Harry Nillson, I Said Goodbye To Me. Ella simuló ser los instrumentos. Nos reímos a carcajadas y lloramos de euforia. Nos besamos apasionadamente.

Quince minutos antes de que la máquina hiciera que el tiempo corriese de nuevo, fuimos al Malecón. Nos abrazamos y lloramos en silencio.

«¿Ahora qué?», preguntó ella. «Pasarás tu vida en uniforme y yo heredaré los trapos sucios de mi familia», dijo entre lágrimas.

Sin mediar más palabras, nos desnudamos. Enterramos nuestra ropa y documentos bajo la arena. Tomamos ropa de paca y nos vestimos.
Entonces, el planeta volvió a girar.

SOBERBIA AL DESPERTAR
Hoy desperté temprano. Parece que papá y el perro no están. Se fueron como un pasaje de ida.
Serví el café molido sobre el agua caliente en la greca italiana, se hierve a fuego alto, como aquella pasión y devoción que alguna vez tuve a mi papá y a mi perro.

El resto de la familia aún soñaba con los angelitos, mientras yo creo haber despertado temprano en vano.
El café hirvió antes de tiempo. Por suerte, las llamas de gas junto al metal no lo quemaron. Abrí el termo gigante en el que lo servimos y noté hormigas adentro. Procede el genocidio de insectos con agua caliente, sin importarme su única oportunidad para vivir. Luego vertí el agua en el fregadero, y serví el café.

Desayuno café negro y tostadas sin mantequilla mientras tanto. ¿Por qué no estuve con ellos mientras podía?

NIÑO POR EL AGUA
Adaptación posmoderna de los capítulo IX, X y XI de «Relación acerca de las antigüedades de los indios» de Fray Ramón Pané

Decía mi padre Yaya que sería para algo bueno, algo que me trascendería.

Sin embargo, no le creí. Entonces, me apuñaló con una piedra tallada e intenté correr hacia una curandera.

Como embrujado por un mal presagio, todos los bohíos cercanos se cerraban frente a mí mientras corría por mi vida. Entonces, la sangre de mi pecho me hizo yacer moribundo en una pradera.

Al poco tiempo llegó mi padre, se acercó y me dijo que sacrificar a Yayael —mi sacrificio— salvará a todos de la sequía. Comprendí por qué quise matarlo antes. Ahora espero que mi mar los embruje a todos.

NiMROD SOLITARIO
La soledad varonil ya no está justificada en este mundo. Aunque los estereotipos (o como los llamo yo, «cajones de gaveta») apenas han servido para simplificar la complejidad humana, continúan domando nuestras mentes: se siguen propagando desde la infancia.

Me llamo Nímrod. Siempre me decían Rod, lo que interpreté muchos meses después como una amalgamación entre mi nombre y el robot Rob que venía con el Nintendo Entertainment System (y que luego reapareció en Smash Bros.). De cualquier forma, solo por dentro lo tomaba como un insulto. La realidad fue que mis padres me nombraron unos días después de nacer. Como eran inmigrantes, el papeleo se burocratizó desde el principio, pero parece que a ellos les vino bien. Mis formas «sutiles» de manipulación emocional fueron los motivos a los que mis padres aluden al nombre bíblico. Poco después de cumplir dos años, me inscribieron en un colegio privado. Mi madre era psicóloga académica y mi padre daba clases a los de cuarto y sexto grado en la misma institución a la que iría.

Me tomó más tiempo de lo usual adaptarme (si es que alguna vez lo logré). Hacía rabietas que casi rayaron en ritos satánicos: desde a veces golpear mi cabeza contra la mesa, hasta llegar a insultar a mis compañeros y profesores como si fuera un pequeño diablo.

En mi casa la situación no mejoraba: mis padres cuando no trabajaban se peleaban conmigo por mi comportamiento. Mamá no llegó a comprenderme hasta levantar la mano de auxilio con un psicólogo.
Mi situación comenzaba a mejorar en lo exterior. Pero mi mente jamás llegó a calmarse. Me sentía como si fuera Alex DeLarge tras la Técnica Ludovico: no podría volver a golpear ni sentir amor sin sentir extrañeza.

Con el pasar de los años comencé a fingir adaptarme: si bien eso me ganó la confianza de mis profesores, mi sociabilidad con los de mi edad brillaba por su ausencia. Sin embargo, hubo dos excepciones, que jamás llegué a saber de dónde vinieron.

Una niña me notó solo en el patio de arena: nadie se me quería acercar después de las situaciones anteriores y por lo que acontecía en ese momento. Tenía ojos color nieve, mejillas redondas y una sonrisa que jamás llegaré a olvidar.

—Hola… —dijo la voz suave e interesada. Apenas la pude divisar, y no pude evitar sentirme algo ajeno al asunto—: Rod, ¿verdad?
Una vez soltó ese monosílabo, desvié la mirada.
—¿O debí decir Nimrod? —aclaró casi de inmediato, sonrojándose.
—Veo que ahora nos entendemos —dije con voz seria, casi deprimida.
—¿Qué haces aquí? Te ves muy solo.
—Me veía solo hace un momento —Esbocé una sonrisa sincera.
—¿Con quién hablabas?
Me descubrió, y no supe qué responder.
—Creo que con nadie.
—Eso es triste. Bueno, ahora hablarás conmigo, ¿vale?
—Parece que sí —asentí después de darle varias vueltas.
—Me llamo Eva —dijo antes de pasarme su mano delgada, fina y suave como seda.Eva y yo nos veíamos en recreos, clases e incluso de vez en cuando iba a casa de sus tíos en Arroyo Hondo.

Durante esos tiempos que hoy recuerdo como tomas de colores fríos, serias, pero bellas en relación de aspecto 4:3, conocí también a Estela: un perfecto opuesto a Eva. Tenía ojos como agujeros negros, una cara un poco más redonda, pequeñas trenzas que acompañaban su cabello castaño oscuro (igual que Eva), una cara con forma más adulta y seria, y una actitud más demoledora y pretenciosa. Fue de quien me enamoré primero. Los niños piensan que está en el aire, los científicos que se trata de una reacción química ejecutada con estómago y hormonas, y los filósofos lo ven como algo que existe desde el origen de la vida. Pero en realidad no sabemos nada sobre el amor: solo que aparece cuando menos lo esperamos.

Apenas ella aparecía por un corredor, yo era el primero que iba con ojos saltones, pero ella me ignoraba sin apenas disimular: ella era inmune a mi amor. Aunque no dejé de lado a Eva, Estela comenzó a invadir todo mi corazón, como si no existiese nadie más excepto ella y yo. Acontece que Estela un día me vio y se me acercó para pedirme un favor: fingir ser su novio. Eso acabó de la peor manera posible: me engañó con otro.

Eva se alejó de mí después de eso, aunque traté de explicárselo varias veces. Justo cuando pasé el Preprimario, las dos salieron de mi colegio.

Casualmente el día en que recuerdo esto, estoy en día de San Valentín, donde cumplo mi última condena de soledad varonil comiendo galletas duras, un poco saladas, pero dulces en forma de corazón blanco de CookiesForYou.


Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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