Minificciones de Luis Reynaldo Pérez

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Nuestro invitado en esta entrega de “Espejo de tinta”, es Luis Reynaldo Pérez (Santo Domingo, República Dominicana, 1980). Poeta y editor. Ha publicado, entre otros, los poemarios Temblor de lunas (2012, 2024), Urbania (2013), Ciudad que alucino (2016, 2024, 2026), Mar nuestro de cada día (2020), Evangelio según Crucita Yin (2021) y Me crece tu nombre como un fruto de agua (2024). Además, los poemarios infantiles Lunario (2014), Día de lluvia (2017) y Cuaderno de animales (2020). Ha publicado también las colecciones de minificción Fractal (2020), Golosinas (2020) e Inventario de sangre (2020); la micronovela Restos de un naufragio (2025) y la colección de relatos Infames (2024). Ha recibido, entre otros, el Premio único del I Concurso Nacional de Haiku (2011) y el Premio único de Poesía de la Fundación Global y Democracia (2012).

Parte de su trabajo literario ha sido traducido al japonés, inglés, francés, creole e italiano y publicado en revistas y antologías nacionales y extranjeras.

Todavía recuerdo aquella tarde en que conocí a Luis Reynaldo Pérez en el Taller Literario Litervolución: traía en los ojos la inquietud del cronista y en el gesto ese aire de duende insomne que parecía no encontrar reposo en ninguna parte. El paso de los años, lejos de diluirlo, ha reafirmado esa presencia suya hecha de intensidad, lucidez y una sensibilidad siempre alerta ante las fisuras de la realidad. En las minificciones que presentamos en esta entrega, la violencia aparece como una maquinaria deshumanizadora que reduce la vida humana a un objeto prescindible dentro de escenarios de guerra, represión y crimen organizado, dejando al descubierto la fragilidad de toda ética cuando el poder se impone como ley absoluta. En estos textos, la obediencia ciega y la lógica del mando arrastran a los ejecutores hacia un ciclo de muerte, culpa y degradación moral del que ya no pueden escapar, convirtiéndolos también en víctimas de su propia ferocidad.

POSTAL DEL ÚLTIMO INSTANTE

La camioneta se detiene en un descampado. Los hombres se desmontan y se cuelgan las metralletas a la espalda. En la parte trasera, ovillado, otro hombre yace con las manos atadas. El sol aguijonea el día y el sudor caído de las frentes dibuja monedas sobre el suelo yermo. Los captores toman agua mientras el prisionero muere por probar una sola de esas gotas que caen a la nada. Lo desamarran y le dan a beber un sorbo. Lo desmontan y, a seguidas, uno de ellos le pasa un pico y una pala y le señala un lugar. El otro saca un machete y comienza a caminar en dirección a una arboleda. Al poco rato regresa con dos trozos de madera y amarrándolas con un pedazo de soga hace algo parecido a una cruz. El hombre se aferra al pico como si fuera un madero sobre el mar. Comienza a cavar. Al poco tiempo desfallece y cae de bruces. Los hombres lo ponen de pie con brusquedad. Lo amenazan con torturarlo, si no termina de cavar el hoyo. Se sientan a la sombra a charlar sobre los resultados del juego de beisbol de la noche anterior mientras, el condenado, saca fuerzas de donde no las tiene y va abriendo el hoyo que le pidieron. A duras penas termina y, con esfuerzo, sale de la tumba que ha cavado para caer, esta vez de manera definitiva, empujado por las balas que le disparan a mansalva. Acoran las armas, todavía calientes, contra el tronco de un árbol y comienzan a palear la tierra sobre el cadáver que, bajo esa lluvia negra, va desapareciendo. Solo queda una cruz de palo mientras la camioneta se pierde en la polvareda llevando a los hombres hasta otras guerras, hasta otros muertos.

DEVUELTA
¿Te acuerdas viejito de aquellos días de bohemia en la Zona Colonial? Siempre salías con la intención de cazar una gringa para ligar tu visa e irte pa’ los nuevayores a hacerte rico. Comprabas una tercia de ron donde Hugo y de ahí te ibas para un motelito de la Duarte con la victima de la noche.

A veces no terminabas la botella porque aparecía la clave aquella en el bíper y te tocaba salir a hacer tu trabajo: defender a la patria.

Estás ahí coño, lleno de mierda y con la baba en caída libre de la boca al pecho. Recuerdas la vitalidad que tenías cada vez que interrogabas a un carajito de esos que creían que con discursitos iban a derrocar al gobierno.

¿Cómo carajos te encontraron? Tanto trabajo para desaparecer, para ser un fantasma. Buscaste una invisibilidad que te permitiera vivir una vejez larga y placentera, la que no vivirán esos muchachos que cayeron en tus manos.

Te cayó de sorpresa, no lo habías visto nunca pero su rostro te recordaba a alguien.
Ahora, tirado en esta cama de hospital en la que vegetas, intentas una mueca parecida a una sonrisa mientras piensas que la vida te devuelve con tus propias monedas.

CRUCES
Tienes tatuadas trescientas cruces, una por cada uno de los que asesinaste con tus propias manos. Pero si te hubieses hecho un tatuaje por cada crimen que decidiste, serían necesarios los cuerpos de dos o tres hombres de contextura normal para darle un espacio de memoria a cada muerto que recibió a la parca por una orden tuya.

Alguna vez confesaste que muchas de esas cosas que hiciste te dolieron, pero en el mundo de los cárteles hay dos clases de gente: los que obedecen y los que mandan, y tú eras de los que obedecían. Como aquella vez en que el patrón te ordenó asesinar a tu propia hembra porque estaba pasándole información a los antidrogas. Estuviste tres días sin verla porque no tenías el valor para matarla. Mandaste a cinco de los muchachos para que la ejecutaran. Que simularan un asalto, les dijiste, y que lo hicieran rápido.

En la prensa viste su cadáver tirado en una esquina cualquiera de la ciudad. Ese día comenzaste a morirte en vida y a pensar que no valía la pena seguir respirando sin ella.

Por eso tu cuerpo se tambalea anudado a esta sábana sucia que lo sostiene mientras las miradas te interrogan. La respuesta es sencilla: no aguantaste el peso de tanto muerto en tu conciencia..

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