Osvaldo

Osvaldo Santana.

El día había empezado con un fuego en las nubes del horizonte, allá, al borde del mar. Había un ajetreo en la ciudad porque “en la UASD había líos”. Por los alrededores del campus quedaba el olor a infierno de la embestida del día anterior con gases “lacrimógenos”, o sea gases tóxicos y cancerígenos. Para el morbo policial esta era su máxima diversión. Ellos jugaban a los malos, y el guión les quedaba chiquito.

Con to’ y olor a azufre, Osvaldo llegó con su Tamayo a cuesta y un folder de cuartillas hasta mi oficina en la Editora Alpha y Omega que era el ombligo cultural de la capital tanto como Casa de Teatro o la Cafetera del Conde.

Ya desde ese momento se veía que ese Osvaldo sería el mismo que por más de 40 años se daría a conocer en el periodismo.
Osvaldo portaba una camisa más crema que kaki, con cuatro bolsillos y charretera militar sobre los hombros y solo su sonrisa perenne lo delataba para no poder hacerse pasar por un general, mirada tranquila, de habla pausada y firme traía la mejor defensa a las calumnias racistas del reformismo: la biografía de Peña, un dominicano ejemplar. El buen humor nos acercó inmediatamente. Cuando leí el material diseñé una portada con la energía que irradiaba “el compañero Peña” enarbolando su verbo en las escalinatas del Capitolio de Washington, ampliada con la misma fuerza del escrito del autor. Ese mismo resumen, que unía la personalidad de Peña y la originalidad del texto, me sirvió para rediseñarla cuando Miguel Cocco lo incluyó en la serie de “biografías patrias” que escribió Roberto Cassá y que llevan mis ilustraciones. 35 libros en total para las escuelas.

De los pocos autores que recibí, y Minerva es testigo, Osvaldo es uno que no me dijo lo que tenía que hacer como grafista. Este respeto se extendió cuando compartimos el proyecto de El Nuevo Diario y en los últimos años cuando me he expresado, como periodista gráfico, en la sección de la caricatura diaria de elCaribe. Muy lejos quedó atrás la época en que mi amigo José Almonte tenía que ”ilustrar” el editorial de Ornes Coiscou, una repetición innecesaria.

Esa juventud revoltosa quería una República Dominicana democrática que la malicia de Balaguer tiñó de “comunita je mierda”. Para esos muchachos siempre había un motivo para movilizarse, lo que era normal después de tantos años de represión. Salían a la calle para pedir, para exigir un mínimo de presupuesto decente que les permitiera formarse profesionalmente y servirle a su país. Se salía para conmemorar la fecha del 12 de enero, del 15 de febrero, del 1º de mayo, 14 de junio, 24 de abril. O recordar al Che, a Duarte, Allende, a Luperón, Sandino y Gilbert, las Mirabal… esa juventud que estudiaba a retazos no era indiferente a los eventos profundos que afectaban el desarrollo de nuestra dominicanidad. Ese era su gran pecado que Balaguer condenó.

En esa UASD, las ideas se enfrentaban con diversas armas: volantes, panfletos, paredes embarreteadas de consignas, periodiquitos, discusiones acaloradas, boletines de mimeógrafos, documentos salvadores y superiluminados por lumbreras que habían estudiado en París, Pekín o en Moscú. Las ideas iban desde los “análisis socialcristianos” que resultaron mejor para fabricar helados explosivos, “las teorías de los tres mundo” del camarada Mao Tse Tung, “la Revolución Permanente” de León Trotsky, “el internacionalismo proletario” de Lenin, la “Economía” de Nikitin, los resúmenes marxistas para principiantes de Martita Harnecker, un mejor mundo es posible de Fidel, las encíclicas de los papas de turno y las rebeldías de los teólogos de la liberación y hasta la desabría socialdemocracia que adormeció a Europa y se montó en un caballo de Troya contra las democracias emergentes de Lula, Correa, Evo, Cristina, Chávez y Maduro tildadas todas de populista, lo que contribuyó a regímenes atrasados como el de Bolsonaro, que es una vergüenza, el Macri que estafó a Argentina con el préstamo más escandaloso al FMI, el Fox y Peña Nieto de México y el uso del “Lawfaire” que impuso a la odiosa Añez para destruir a Bolivia.

Y a esa batalla de los años 60, 70, 80 tanto Osvaldo como Nelson Rodríguez no fueron indiferentes. Ambos eligieron el periodismo como forma de continuar esa guerra de ideas necesaria para depurar el heredado trujillismo que nos carcome los huesos y adecentar el país.

Osvaldo creció con El Siglo, sin tranvía y vino tinto, como lo dijo Piero. Llegó a elCaribe para borrar la ranciedad y el lambonismo que le puso un sello como el periódico más reaccionario, a pesar de “Benitín y Eneas” y “Lorenzo y Pepita”. Y lo logró.

Los tiempos cambiaron y Manuel Estrella junto a Felito García hicieron gala de empresarios con visión y tolerancia dándole el rango de capitán a Osvaldo que en su carrera de relevos le pasa a Nelson “el testigo”, que es la barra que se le da al siguiente corredor.

¿Qué logró Osvaldo al frente de elCaribe? Entre muchas cosas las siguientes, que no es un rulo:

1. Armó un grupo de periodistas que ha trabajado con un sentido de unidad, de equipo, con alto grado de profesionalidad.
2. Adaptó el periodismo a las exigencias actuales al convertirlo en una plataforma alternativa digital.
3. Se abrió a la pluralidad de las fuentes externas rompiendo con el monopolio eterno de “las únicas verdades” fabricadas por las agencias norteamericanas.
4. Diversificó los temas del periódico según las preferencias del lector, no solo para informarlo, sino para contribuir a la educación ciudadana tanto en lo político, cultural y deportivo.
5. elCaribe de Osvaldo ha sido un claro defensor de la libre empresa, la democracia y el estado de derecho de la República Dominicana.
6. Respetó las ideas de sus colaboradores y el mejor ejemplo es la publicación de los artículos de Negro Veras y Monseñor Carpio de la Rosa, polos opuestos del desarrollo del pensamiento.
Quiero resaltar, entre otras cosas, el respeto que Osvaldo tuvo con mi trabajo no solo de caricaturista, sino también en mis colaboraciones semanales “salón de la fauna” donde se atrevió a publicar mis décimas en un cibaeño casi en desuso y que tuvo auge en tiempos de Tomás Morel y Juan Antonio Alix y que defiendo como parte importante y de orgullo de nuestra República del Cibao, por cabeza dura.

Un gran espíritu de agradecimiento me invade cada semana al ver mis reflexiones culturales publicadas en el suplemento Cultura.

Nelson tiene la gran responsabilidad y privilegio de continuar la labor que Osvaldo ha llevado a cabo. La primera vez que lo vi fue en las gradas de madera de la cancha del Onésimo Jiménez cuando se levantaba la camisa para mostrar las cicatrices de bala de la horda de Bisonó Jackson que tenía por costumbre ametrallar a niños y jóvenes indefensos. Nunca me olvidé de la paliza que le dieron a Sotero Vásquez en la puerta del Liceo delante de la impotencia y rabia de Teresita Rojas de Cantisano y demás profesores, humillados por los ocupantes de las perreras.

Dicen que los artistas y escritores no se retiran nunca mientras respiren y estoy seguro que Osvaldo nos va a sorprender más de una vez con alguna reflexión juiciosa como las que él sabe hacer, aunque solo sea para contradecir a Notradamus.
Osvaldo… ¡gracias!

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