Hoy se cumplen 13 años desde que mi papá, a quien todos llamaban con cariño “Vado”, partió de este mundo. Trece años sin su voz, sin su risa, sin su presencia física… pero también trece años llenos de recuerdos, de enseñanzas y, sobre todo, de un amor que no se apaga.
Hoy no quiero escribir desde la tristeza, aunque la nostalgia a veces llegue sin avisar. Prefiero escribir desde un corazón agradecido. Porque cuando pienso en Vado, pienso en todo lo que me dejó: su ejemplo, sus valores, su manera sencilla de ver la vida, su forma honesta y fuerte de caminarla.
Gracias, papá, por enseñarme tanto sin necesidad de dar grandes discursos. Tú hablabas con el ejemplo. Fuiste trabajador, noble, buen amigo, buen hijo, buen padre. Nunca te vi rendirte. Incluso en los días más difíciles, encontrabas la forma de seguir adelante, y eso me marcó para siempre.
Recuerdo tus manos, firmes y marcadas por el trabajo. Recuerdo tu mirada serena, tu humor tranquilo, tu forma de resolver las cosas sin complicarlas. Tenías una sabiduría que no venía de libros, sino de la vida misma. Gracias por esas pequeñas lecciones cotidianas que hoy valoro más que nunca.
Agradezco también los momentos simples que compartimos: una conversación en casa, un consejo a tiempo, o simplemente tu silencio lleno de compañía. No hacían falta muchas palabras para sentir tu amor. Ese amor que hoy, trece años después, sigue vivo en mí y me acompaña en cada paso.
Hay días en que me encantaría contarte lo que he logrado, lo que me duele, lo que me alegra. Y aunque no estás para escucharme, muchas veces siento que me guías. Porque llevas 13 años viviendo en mi corazón, en mis recuerdos y en todo lo que soy.
Gracias, Vado, por haber sido como fuiste. Por tu presencia, por tu legado, por sembrar en mí raíces firmes. Aunque la vida me haya enseñado a vivir sin ti, jamás aprenderé a olvidarte. Y no lo quiero hacer
Hoy, a 13 años de tu partida, mi palabra es simple y sincera: gracias.
Gracias por tanto. Gracias por siempre.
