A lo foke; de la chercha al Palacio Nacional

Hay expresiones que llegan de Nueva York con pasaporte dominicano. Cruzan el puente, aterrizan en el barrio, se meten en el habla cotidiana y terminan adquiriendo ciudadanía criola. “A lo foke”, es una de ellas. Hacer algo “a lo foke” es hacerlo como salga, sin protocolos, códigos ni manuales. A la “brigandina”. Resulta que ahora se puede hacer política “a lo foke”. Las redes sociales han encontrado la manera de convertirla en espectáculo y todavía más, en posibilidad electoral. Un individuo cualquiera adquiere notoriedad y no porque tenga una propuesta, una formación política o trayectoria de servicio público. Puede hacerse famoso por sus disparates, por vulgaridades extraordinarias, por provocar o simplemente por saber entretener. La gente se ríe, los videos se comparten, el algoritmo entusiasma y el personaje crece y algún “genio descubre” que esa popularidad, puede convertirse en votos. El sujeto deja de ser un personaje para convertirse en una forma de hacer política. Y ahí comienza el problema, porque una cosa es hacer las cosas a lo foke y otra gobernar un país a lo foke. Para eso último, un celular basta. Un seguidor no es un militante; un “like” no es un voto: una reproducción no es una adhesión y un video viral no es un programa de gobierno. Pero vivimos tiempos en que la frontera entre entretenimiento y política se ha vuelto peligrosamente borrosa. El personaje de las redes aprende una fórmula sencilla: mientras más vulgar, más atención; mientras más provocador, más comentarios; mientras más ofensivo más circulación. Y la vulgaridad deja de ser consecuencia de comportamiento y se convierte en estrategia. La grosería produce audiencia y esta deviene en popularidad y esa provoca aspiraciones políticas. A lo foke, sin partido, sin comités, sin estructura, sin doctrina, sin programa, pero con “seguidores”. Y parece que esto basta para “hacer cocote”. La política tradicional tenía exigencias: había que organizar gente, visitar barrios, convencer dirigentes, formar equipos, discutir ideas y dar la cara, pero ahora se puede saltar todo eso desde el celular.

El algoritmo hace en 6 meses lo que antes tomaba años realizar. Y es ahí adonde está el fenómeno que debe interesarnos. Es creer que la notoriedad sustituye la organización; la insolencia suplanta al liderazgo; la vulgaridad sustituye la valentía y el relajo reemplaza el discurso. Y el pueblo, obligado a aceptar a cualquiera que se convirtió en personaje. Pero cuidado… No es que toda persona popular sea incapaz de hacer política ni que los políticos tradicionales sean necesariamente mejores. La historia está llena de políticos perfectamente estructurados que hicieron desastres descomunales. El asunto es otro. La popularidad no puede ser el único currículum. Gobernar es más complicado que conseguir que un video se haga viral. Gobernar es decidir adonde se hace una escuela; es inmigración masiva, como se financia un hospital; que hacemos con el agua; cómo producimos alimentos; cómo pagamos la deuda; cómo enfrentamos la delincuencia; cómo hacer crecer la economía; cómo creamos empleos y para ninguno de estos, existe un botón que diga: “compartir”. El Estado no es una cuenta de Instagram, la presidencia no es un escenario, ni el Ministerio un programa de variedades. Quizás es la evidencia del fracaso de la clase política.

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