A Nicaragua le urge otra canción

Luis Córdova
Especial para elCaribe

Una parte de mi infancia es el recuerdo de mi madre con su cancionero revolucionario, dispuesto en viejos casetes que más que contenido de filiación ideológica terminaron siendo un referente nostálgico. Mucho antes de asociar su rostro, ya me eran familiares la letra y la voz de un joven y famélico Silvio Rodríguez, al que le urgía una canción para Nicaragua.

En buena parte de América Latina y del mundo, Nicaragua representaba la posibilidad de que una revolución pudiera desembocar en una sociedad más justa. Cuba empezaba a dar señales del rumbo que finalmente tomaría y la esperanza todavía era una categoría política.

Décadas después, aquella canción continúa conmoviendo. No porque el tiempo le haya dado la razón, sino porque recuerda la intensidad con que una generación creyó posible reconciliar poder y libertad.

Las recientes declaraciones de Daniel Ortega, afirmando que en Nicaragua “no volverá a haber elecciones”, tienen un valor que trasciende la provocación política. Es, quizá, la confesión más transparente de un proceso que llevaba años consumándose. Porque el problema no es que desaparezcan las elecciones. Es que desaparece el sentido de hacerlas.

Ese proceso es reconstruido con detalle en el libro “Así se vota en Nicaragua”, del politólogo José Antonio Peraza, quien además de académico, es testigo directo de la represión pues fue detenido arbitrariamente en 2021 y condenado a 10 años de prisión por denunciar los fraudes del régimen. En 2023 fue de los 221 nicaragüenses despojados de su nacionalidad y expulsados de su país.

Desde lejos es difícil comprender el “manual de desmantelamiento institucional” aplicado por los que controlan la “tierra de lagos y volcanes”. La investigación reconstruye el proceso mediante el cual un sistema político fue desmontando gradualmente las garantías que hacen posible una democracia, partiendo del pacto político del año 2000 pasando por la modificación de las reglas electorales y constitucionales, la captura de las instituciones encargadas de organizar los comicios y, finalmente, la eliminación práctica de la competencia política hasta la consolidación de un régimen particularmente absurdo.

En el prólogo, el politólogo argentino Leandro Querido advierte que los regímenes totalitarios también celebran elecciones, no porque crean en la democracia sino porque necesitan la apariencia de vivir en una. Las urnas dejan de ser un mecanismo para decidir el poder y pasan a convertirse en un instrumento para legitimar al dominio.

Que exista una institucionalidad formal completamente vaciada de contenido puede ser la mayor lección que deja Nicaragua. Las democracias rara vez desaparecen mediante un solo golpe espectacular. Mueren lentamente. Primero conservan las formas. Después pierden el contenido. Finalmente, dejan de necesitar incluso las apariencias.

La tragedia nicaragüense posee una profunda dimensión simbólica. La revolución que prometía liberar al país terminó construyendo un sistema sin posibilidad de alternancia, reproduciendo muchos de los mecanismos que justificaron su propia lucha. Es una paradoja que atraviesa buena parte de la historia política latinoamericana: movimientos nacidos para conquistar la libertad terminan confundiendo la defensa de la libertad con la conservación indefinida del poder.

Hoy Nicaragua necesita otra canción. Distinta a la de Silvio, aunque la poesía juega con las razones, por oprobiosas que sean.

Le urge una canción que no celebre una revolución, sino el derecho de un pueblo a elegir libremente su destino.

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