Mi adolescencia estuvo repleta de vivencias y situaciones jocosas que templaron mi carácter; e igual se sumaron a los valores y principios que me inculcaron mis padres. De aquellos años sobresalen: las múltiples mudanzas -casi siempre de noche o al caer la tarde (mi padre siempre tuvo un salario o sueldo exiguo o rayano)-, los amigos que tuve, las novias o casi novias, las escuelas y universidad, el trabajo temprano -hacía huacales para frutas de las cáscara o virutas de un árbol llamado almácigo (Barrio 27 de febrero)-, aprovechar los aguaceros debajo de los caños de las casas del barrio, marotear tras frutas (algo que hacíamos como cosas de muchachos y sin el consentimiento o conocimiento de nuestros padres), y lo más aterrador: el foete de “Bojote” (un viejo cocolo que tenía la autorización de los viejos para mantenernos a raya), ir a La Pocita (orilla del río Ozama), jugar pelota o baloncesto. En fin, una niñez y adolescencia de sobresaltos, escasez y unas ganas inquebrantables de salir adelante…
Al principio, intenté seguir los pasos de mis hermanos mayores -desabolladores, mecánicos o pintores-; pero, algo curioso, pronto me di cuenta: sentía una necesidad irrefrenable por la lectura y los libros. Y así, me hice lector compulsivo y fui decidiendo, en medio de precariedades, ir a la universidad hasta graduarme y ser docente. También, ha embadurnar cuartillas; aunque siempre, y creo que todavía, a mi manera -con poca sintaxis, giros insospechados y ninguna regla-. Cierta vez, el maestro, periodista, amigo y embajador don Virgilio Alcántara, escribió que parecía que yo escribía como de sopetón o por impulso, pero que siempre era yo (y no se equivocaba mi profesor y ex jefe).
Luego, en mi vida profesional, llegó un momento que la docencia me aburrió, creo que sufrí una metamorfosis (me desencanté de la docencia). Me casé por segunda vez; llegaron los hijos y los trabajos duros.
En un momento creí tener la vida sencilla e ideal que siempre soñé, pero eso se vino abajo. No obstante, no me amilané ni derrumbé; aunque me dolió mucho separarme de mis hijos (al menos, no vivir bajo un mismo techo), pero nunca he dejado de reunirme con ellos cada fin de semana, asumir mis responsabilidades y decir presente en cada etapa de sus vidas -eso me enseñaron: los hombres se divorcian de mujeres, pero jamás de sus hijos, y lo he cumplido al pie de la letra (gracias, papá y mamá)-.
Ahora para finalizar, quiero contar varias anécdotas: he tenido múltiples trabajos, la mayoría físicos, pero lo que nunca he conocido es la flojera. Cierta vez, trabajé para una fábrica procesadora de frutas secas, en una de hacer ventanas, de limpieza, de mantenimiento de buses y otras tantas…
De más está decir que, para su adentro -me imaginé-, la compañera en cuestión, supo que [como está de boga decir en estos tiempos], se la pusieron “difícil”. No aguanté la risa; aunque el supervisor me dijo, con expresión o tono de autoridad, que lo hizo porque era su deber y que podía llegar, sin avisar, a cualquier lugar de trabajo ….(para eso me pagan, ¿no?). Solo asentí y seguimos nuestra rutina diaria.También, lo tomé como una lección más para mí. Señores, el flojo -hombre o mujer- tiene problemas donde quiera…
