Balagueristas obvian su máxima más eficaz

Nuestra clase política actual; pero, sobre todo, los líderes vigentes mayores de la oposición son, lo nieguen o no, balagueristas tanto en la forma como en el fondo: es decir, hacen política y ejercitan el poder desde la perspectiva maliciosa, socarrona y despojada de pruritos éticos; aunque se arropen en filosofía (sofisma) discursiva barata -solo de boca- para la historia (Duarte-Bosch-Peña). Ninguno escapa, visto en el ejercicio del poder o aspiración presidencial, a ese modelo de político exitoso, permisivo y Fouché-maquiavélico que fue Joaquín Balaguer.

Y ese déficit en la observancia de esa máxima, en un determinado momento o coyuntura política-electoral, podría facilitar o proveer ganancias compensatorias al PRM-gobierno, pues una oposición dividida o fragmentada y llevada a extremo -justamente, al momentum electoral 2028- significa una fisura casuística ponderable que bien explicaría una derrota en medio de lo insólito e inexplicable, pero de lógica política.

En consecuencia, dado lo inexplicable -de suceder-, no habría justificación alguna, pues las prácticas vigentes balagueristas del discipulado no admite negación; incluso, hasta el más neófito en el tejemaneje -el actual- se especula preferiría devolver el favor de 2020, consciente o no, de que en el “aparato” que lo catapultó no hay candidato a la altura de la circunstancia o lo suficientemente ducho ante la rehabilitación, la única maquinaria política que queda -el PLD- o el otrora encantador de serpiente a pesar de su tasa de rechazo o lo visiblemente atemporal de su insistencia.

Entonces, esa miopía política entre balagueristas-herederos -con sus matices (doctrinario-ideológico) o quiérase que no- no se explica, ni siquiera bajo el argumento de que la victoria del más insistente de la oposición significa la desaparición del legado político que una vez lo hizo cohabitar (la escuela política que Juan Bosch forjó).

Y aquí habría que preguntarse, ¿de qué se trata el 2028: de sacar al PRM del poder o de cobrar una alianza-venganza (2020) y, de paso, evitar que el país recupere su empuje al desarrollo integral -y quizás poner algún freno o coto, por vergüenza-presión a la corrupción y la narcopolítica-?

En fin, de imponerse ese déficit en la máxima balagueriana, siendo todos balagueristas -con sus contadas excepciones, y me perdonan los que se ofendan-, sería la segunda, o quizás última, derrota balaguerista (la primera fue en 1978). Entonces, se cumpliría la tesis de Julito Hazim. Eso sí, si fuese por mí voto (una insignificancia cuantitativa) no se consumaría semejante miopía política, ajuste de cuentas o negación de lo coyuntural. Sin duda, ni el país ni la historia, lo puedo jurar, se lo perdonaría. !Piénsenlo!

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