La República Federativa de Brasil es una de las diez mayores economías del planeta, tiene cerca de 214 millones de habitantes y una superficie territorial de aproximadamente 8.515.767 kilómetros cuadrados, la República Dominicana cabe unas 175 veces allí.
Su independencia se proclama en 1822, pero no empieza con una República, sino con una monarquía con apariencia constitucional que algunos llamaron “parlamentarismo sin pueblo”. Dicho régimen tenía como característica básica, según el artículo 98 de su primera Constitución de 1824, el Poder Moderador del emperador, que lo colocaba en la práctica por encima de todo y de todos. Esto duró cerca de 70 años, hasta que un golpe militar, en 1889, inició una transición republicana. Pero manteniendo una característica del antiguo régimen, y que se perpetuaría en el tiempo: la exclusión de las grandes mayorías de las decisiones políticas y los pactos acordados desde las élites militares y/o económicas para repartirse el poder.
Este pacto oligárquico, hasta 1930, era conocido como “café con leche”, mediante el cual productores de café de Sao Paulo y ganaderos de Minas Gerais, se alternaban en la presidencia federal, garantizando estabilidad en el sistema, al precio de excluir al resto del país de influencia en gobierno.
En la época el poder político real residía en el “coronel”, el gran propietario rural que controlaba el voto de su región mediante una combinación de clientelismo, fraude electoral y violencia. El coronel garantizaba los votos necesarios al gobernador estatal, quien a su vez apoyaba al presidente federal, quien garantizaba los recursos y nombramientos que sostenían al gobernador. Este sistema de dominación mantuvo a más del 95% de la población fuera de cualquier participación política real. El coronelismo brasileño lleva cierto parecido al caudillismo nuestro.
Luego: revoluciones, “Estado Novo” y nueva Constitución en 1937, inspirada en los regímenes fascistas europeos, y llamada despectivamente: “la Polaca”. En 1946, otra Constitución, más democrática, restaurándose el Estado de derecho y la Independencia de poderes, pero aun excluyéndose de la participación política a los analfabetos, cerca del 40% de la población adulta.
Esto duró hasta marzo de 1964, cuando un golpe civil-militar depuso al presidente e inauguró un período dictatorial que se extendería por veintiún años.
La dictadura militar brasileña se distinguió de otros regímenes autoritarios latinoamericanos de la época por su pretensión de mantener una fachada de institucionalidad. Se conservó un Congreso -aunque con poderes reducidos-, se celebraron elecciones -aunque manipuladas o directamente suprimidas-, y se promulgaron nuevas constituciones -en 1967 y, mediante enmienda, en 1969-. Sin embargo, el poder real se ejerció mediante los Actos Institucionales, decretos extra constitucionales que los gobiernos militares emplearon para suspender garantías, cerrar el Congreso en algunos casos y perseguir a la oposición.
Y así avanzo hasta la “redemocratización” y la apertura “lenta, gradual y segura”, pero aún con amplias exclusiones, hasta llegar a la actual Constitución de 1988 -la llamada “Constitución Ciudadana”- la cual proclamó derechos y organizó y limitó el poder, y ha resistido, golpes de Estado, polarización, desinformación, judicialización de la política, siendo el soporte y fundamento del moderno Brasil.
Una historia tortuosa hasta la democracia real, llena de exclusiones de las mayorías, y un empuje actual que la sitúa en el tablero de las grandes decisiones mundiales.
(Apuntes para un ensayo de Maestría).
