El 8 de abril de 2025 marcó un antes y un después en mi vida. Ese día te fuiste, Nikolái, y con tu partida quedó un vacío que todavía no sé cómo llenar.
Nos conocimos en el Colegio de Periodistas. Desde entonces, nuestras conversaciones se volvieron constantes, profundas, a veces intensas. Tú, con esa visión firme de convertirte en un gran escritor, un pensador, un hombre de letras. Yo, con mi deseo de explorar el mundo, de entender la historia, la política y la diplomacia. Éramos distintos, sí, pero en esas diferencias también encontrábamos un punto de encuentro.
Tuvimos desacuerdos, muchos. Pero nunca, nunca dejaste de hablarme. Siempre querías que formara parte de tus proyectos. Me hablaste de abrir una librería, de levantarla juntos, de construir algo que nos representara. Creías en eso, en nosotros, incluso cuando yo estaba absorbida por el trabajo y el día a día.
Te encantaba bailar. Decías que teníamos una química especial en la pista, y no lo niego. Bailar contigo era algo más que moverse al ritmo de la música: era conexión, alegría, libertad. Compartíamos el amor por el merengue y por esos momentos únicos que sabíamos que no se repetirían.
Y entonces llegó esa noche.
El 7 de abril me escribiste, pasadas las 9:00 p. m.: “Rubby Pérez hoy en el Jet Set”. Yo acababa de llegar a casa, agotada del trabajo, y así te respondí. Si me hubieras escrito antes, quizás habría ido contigo. Quizás habríamos estado juntos esa noche, bailando… incluso, tal vez, habríamos muerto bailando, haciendo algo que ambos amábamos.
Me dijiste: “Ven, yo te pago todo, taxi y lo que sea”. Pero te respondí que estaba cansada, que mejor lo dejáramos para el próximo lunes. No te gustó. Te molestaste y me dijiste: “Tú siempre la haces como los muchachos”. Ahí terminó nuestra conversación.
Esa misma madrugada, pasadas las 3:00 a. m., sentí algo extraño, un susto que me despertó sin explicación. Tomé el celular y entré a redes sociales. Vi la noticia: el techo del Jet Set había colapsado.
No dudé en escribirte.
Ese mensaje nunca tuvo respuesta.
Desde ese día, llevo conmigo un nudo que no he podido soltar. Un vacío lleno de palabras que nunca pude decirte. Nunca pude expresarte cuánto te valoraba, lo inteligente que eras, lo importante que fuiste y sigues siendo para mí. Nunca pudimos concretar nuestros planes, ni construir esa librería que soñaste.
No pude volver a verte. Te sacaron de entre los escombros directo a una tumba , y con eso también se llevaron tantas cosas que quedaron pendientes entre nosotros.
No puedo agradecerle a Dios por no haber ido esa noche, porque eso significaría aceptar que tú murieras, y eso tampoco lo quería. Solo sé que desde entonces hay en mí un silencio cargado de todo lo que no dije.
Nikolái, mi gran amigo, hoy que se cumple un año de tu partida, quiero decirte lo que no pude en vida:
Te quiero.
Y te voy a querer toda la vida.
