Haz la guerra y no el amor

No hubo problemas para llevar la IA al campo de batalla, pero llevarla al dormitorio enciende las alarmas.

OpenAI acaba de anunciar que permitirá y adoptará la creación de contenido erótico en ChatGPT
OpenAI acaba de anunciar que permitirá y adoptará la creación de contenido erótico en ChatGPT
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OpenAI acaba de anunciar que permitirá y adoptará la creación de contenido erótico en ChatGPT; y asume, públicamente y sin rodeos, que es por dinero y mercado. El anuncio generó un revuelo previsible en consumidores, en la industria del entretenimiento para adultos ante un posible competidor inagotable, en sectores de la salud mental que anticipan los efectos y en políticos que prefieren que la IA esté diseñando operaciones militares en el Oriente Medio -o en donde sea-, pero no en la habitación.

El mundo ha tenido menos problemas con la violencia que con el sexo, y la IA heredó ese sesgo. El resultado es un ecosistema donde matar es más fácil que amar, al menos en términos algorítmicos. Pero el negocio crece: más de cien plataformas de “compañeros” digitales compiten por “monetizar la soledad” y un tercio de los hombres jóvenes ya ha probado, al menos, “recrear” sus instintos con IA.

El dilema no es trivial. Frente a los que abogan por más acompañamiento también hay señales de dependencia, distorsión emocional y riesgos legales que nadie ha resuelto: deepfakes, menores expuestos, consentimiento imposible de verificar. La escala que promete OpenAI no corrige estos problemas; los multiplica.

La pregunta real no es si la IA debe permitir el sexo, es si las plataformas pueden gobernar lo que desatan. Históricamente, el sexo ha sido el motor silencioso de internet: adoptó el VHS antes que el cine, creó el streaming antes que Netflix y convirtió las cámaras en vivo en un negocio multimillonario antes de que las webcams fueran comunes.

Solo que ahora, con la anunciada entrada de la IA, no hablamos solo de contenido, sino de “vínculos”: memoria emocional, progresión afectiva. Un modelo perfecto de retención que Silicon Valley pretende escalar desde la atención de las redes al apego.

El debate es amplio, con muchas aristas que no caben en una columna y apenas empieza. Quizá el problema no es que la IA “aprenda a amar”, es que nosotros estemos dispuestos a dejar de hacerlo.

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