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He releído en estos días los “Cuadernos de Lanzarote” (1993-1995), del premio Nobel de Literatura portugués, José Saramago. Como bien dice en el prólogo César Antonio Molina: “El diario, en su identificación como género literario, pertenece al grupo de los géneros didáctico-ensayístico, aquellos que se configuran con un material más doctrinal que ficcional, aunque esto último tampoco tiene por qué estar ausente del todo”. Y, efectivamente, estos cuadernos están repletos de reflexiones sobre “la cultura y la función presente y futura de los medios de comunicación, sobre las creencias religiosas y los diversos integrismos (…) sobre la técnica literaria, la técnica narrativa, la ficción literaria e histórica (…)”, entre otros aspectos que colman estos cuadernos de pequeñas joyas, casi poéticas en ocasiones.

De capital importancia son los comentarios sobre el proceso de creación de su novela “El ensayo sobre la ceguera”, cuya idea le surgió el 20 de abril de 1993; el avance de la trama, los retrocesos, los problemas con su computador que le hizo retrasar el trabajo y cómo solucionó el problema del tiempo narrativo. Al principio pensó que necesitaría mucho espacio para narrar como las personas nacían ciegas y con el paso de los años y la muerte de los que veían, estos iban siendo mayoría en el país, hasta que todos estuvieran ciegos ¿Qué hacer? Pensó. La solución fue que las personas, simplemente, quedaban ciegos de repente, así recortó el tiempo narrativo. Recordemos el primer ciego, en el semáforo.

No menos interesantes son sus comentarios sobre Dios y las religiones, veamos algunas citas: “¿Cómo será posible creer en un Dios creador del Universo, si el mismo Dios creó a la especie humana? Con otras palabras, la existencia del hombre, precisamente, es lo que prueba la inexistencia de Dios”. En otra parte dice, “Dios es el silencio del universo y el hombre el grito que da un sentido a ese silencio”. Y, la frase que sintetiza lo que podríamos llamar su ateísmo militante, tomada de Hans Kung: “No habrá paz en el mundo si antes no hay paz entre las religiones”.

Pero sin dudas lo mejor del texto son sus posturas sobre temas éticos y su compromiso con las causas de los excluidos, de las mayorías. Citando a Jorge Amado, dice: “Aquí el sofoco es grande, problemas inmensos, atraso político increíble, la vida del pueblo da pena, es un horror”; y, en otra parte, manifiesta: “Porque la patria, Brasil, Portugal, cualquiera, es sólo de algunos, nunca de todos, y los pueblos sirven a sus dueños creyendo que es a ella a quien sirven. En el largo y siempre crecido rol de las alienaciones, ésta es, probablemente, la mayor”. Palabras de mucha vigencia, que pudieron ser escritas ayer, finalizando, con estas, “el mal de los pueblos, el mal de todos nosotros, es sólo aparecer a la luz del día (…) Quizás la solución se encontrase en una buena e irremovible consigna: pueblo que salió a la calle, de la calle no se va jamás”.

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