De blancos y negros

Aquí no hay negros, sólo existen indios oscuros o claros, color inventado de nuestro uso exclusivo para denominar un inexplicable término medio racial; tampoco blancos, sino rubios, sobre todo, si se tienen los ojos claros. El trigueño es preferible como color tropical indefinido bañado por el sol del Caribe, pero escasamente se utiliza, salvo para atribuírselo a simbólicas melenas oscuras que flotan en el aire, preferiblemente de modelos y concursantes de belleza.
También está el moreno, con su correspondiente diminutivo de morenito o el preferible apelativo de “more”, para profesar cariño o negrito, demostrativo de cercanía y familiaridad. Sin embargo, prieto antecedido de “maldito” es una expresión colérica reservada para denigrar, más que propiamente al color del portador, a la actuación temeraria, inadecuada o grosera que ha realizado. Se le llama blanquito, no necesariamente al de esa tez, sino al de una situación económica acomodada, aunque pudiera ser “jabao”, si no es tan fino y tiene el pelo ensortijado, con escaso poder adquisitivo.

Somos el resultado de la variada mezcla del blanco europeo e indígena para alcanzar el mestizaje y de la liga del blanco con el negro para llegar al mulato. No existen razas puras, aludir (o eludir) al color de piel es una pérdida de tiempo en este país en el que aún causa escozor etiquetar a una persona de negra porque se ofende o se sentiría discriminado, a tal punto que ni en los documentos oficiales se atreven a ponerlo como raza, por más oscura que fuera la piel. Esto no ocurre con lo de llamarse blanco al más clarito que regularmente es un honor- como decirle doctor al que en realidad es licenciado- incluso, hasta al que es responsable honrando sus deudas le dicen así para resaltar sus dotes de buen pagador.

Y es que sin mirar muy lejos en la estirpe familiar, todos tenemos una persona de color (otro eufemismo para no decir negra), entonces el prurito no nos luce y el racismo es sólo un chiste.
Nadie puede preciarse de provenir de un rancio abolengo, basta una foto de sus antepasados para desmentirlo, siempre aparece ese ascendiente que, a menos que fuera famoso y adinerado, algunos prefieren ignorar. Sin embargo, aunque la foto se quiera ocultar, el rasgo aparecerá como una burla, en esa nariz grande y redondeada, ese pelo rebelde o detrás de las orejas pequeñas que no se pueden esconder, como fiel recordatorio de nuestros orígenes y que de exclusivos no tenemos ni el nombre porque, nos guste o no, de negros, poetas y locos, todos tenemos un poco.

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