Yolanda Mateo Urbano
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En el proceso de la vida aprendemos, muchas veces a la fuerza, que no todo ocurre como lo planeamos. Solemos decir que lo que no pasa es “cosa del destino”, pero cuando sucede lo inesperado, reaccionamos distinto: nos castigamos.
Hace unos días conversaba con una persona a la que aprecio profundamente. En medio del diálogo, noté cómo se culpaba por la situación que atraviesa con su hijo. Vive un duelo emocional silencioso: despertar a una realidad que no eligió, la de criar a un niño con autismo. Y en ese proceso, como tantas madres, se cuestiona y se castiga.
Porque cuando una mujer decide traer un hijo al mundo, lo hace soñando con una vida plena, sin dificultades ni diagnósticos inesperados. Nadie imagina enfrentarse a lo desconocido ni descubrir realidades complejas de golpe. Sin embargo, la vida no siempre responde a nuestros ideales.
Nos castigamos cuando no alcanzamos metas en el tiempo que nos fijamos. Cuando perdemos a un ser querido sin poder despedirnos como hubiésemos querido. Cuando damos todo por amor y no recibimos lo mismo. Cuando una relación se rompe o cuando el hijo anhelado no llega. También cuando nos dejamos arrastrar por una sociedad que solo muestra lo bonito, lo logrado, lo aparentemente perfecto.
En esa comparación constante, olvidamos algo esencial: somos humanos.
Con el paso de los años he aprendido que castigarnos no cambia las circunstancias, solo profundiza las heridas. La vida tiene su propio ritmo, y hay procesos que no dependen de nuestra voluntad. Creer que todo debe suceder cuando queremos es cargar con un peso innecesario.
Hay algo más grande que marca los tiempos.
Todo llega cuando debe llegar. Incluso lo que duele. Incluso lo que transforma. Porque, aunque cueste entenderlo, cada experiencia tiene un propósito. Y muchas veces es en medio del dolor donde ocurre el cambio más profundo.
Es ahí donde algo dentro de nosotros se detiene, reflexiona y decide tomar otro rumbo. Como si una voz interior nos dijera: ya basta.
Y entonces, empezamos a soltar, a confiar y, poco a poco, a sanar.
