Como especie dotada de raciocinio, el ser humano durante el proceso evolutivo u hominización fue entonces desarrollándose hasta lograr postura erguida y bipedación pedestre e incluso pudo convertirse en persona plenamente sapiente. De suyo, debido a tal inteligencia supo crear e inventar todo tipo de instrumentos, artefactos, herramientas, aperos y máquinas con miras a superar limitaciones y fragilidades inherentes, pero otrosí para potencializar o prolongar las fortalezas inmanentes o adquiridas en denodada lucha incesante por domeñar la naturaleza este sujeto ontológico ha de continuar por los derroteros de su propia construcción identitaria.
De la capacidad creativa que es connatural a la especie humana, a John McCarthy se le atribuye haber inventado la terminología de Inteligencia Artificial (IA), cuya paternidad también le ha sido adjudicada, a contar de la segunda mitad de la centuria novecentista, cuando en 1956 se dio a conocer semejante constructo para establecer la distinción entre la ejecución algorítmica de dicha máquina y el trabajo manual o intelectual que fuere propio de mujer u hombre de carne, hueso y torrente sanguíneo.
Sobre semejante creatividad humanal, Gilbert Keith Chesterton, autor británico bautizado como el príncipe de las paradojas, nos dejó como legado sapiencial que la humanidad en tránsito antiguo, medieval y moderno, a través de uno u otro recipiendario, ha hecho acopio de fábulas en torno a figuras preternaturales, entre ellas centauro, sirena, duende, hada u ogro, pero otrosí Charles Darwin tuvo la ocasión de hundir raíces en el eslabón perdido que aún prosigue desaparecido e incluso cabe agregar que hay producciones fílmicas acerca de la extranjería alienígena.
Sin ánimo de parangonar entre ayer y hoy, la inteligencia artificial cabría verse como una invención preternaturalizada porque provoca hondo pavor en varias esferas de la vida social, en el sentido de que atrofia la capacidad de pensar de la especie humana, suscitando pereza u holgazanería, tanto en el mundo intelectual como manual este artefacto tecnológico causa hasta escalofrío, por cuanto puede dejar sin ocupación laboral a la empleomanía profesional u obrera, debido a que la gente, en lugar de acudir a clínica médica, bufete abogacil u otra asesoría, mejor consulta en sitios virtuales de tales agencias algorítmicas estructuradas en la red cibernética.
En el mundo coetáneo, circundado de entorno natural, urbano y ciberespacio, la temática previamente etiquetada queda abordada en un ensayo del profesor Andrés Merejo, publicado en Scio, revista filosófica de la Universidad Católica de Valencia, de cuyo contenido cabe recomponer que la inteligencia artificial constituye una máquina algorítmica, dispositivo automatizado, estructura técnico-simbólica o artefacto dotado de formalización matemática, cuya funcionalidad radica en almacenar datos, calcular cifras, procesar información, modelar patrones, imitar formas actitudinales, simular razonamiento u operar ejecuciones con desempeño optimizado y sofisticado.
Ahora bien, aunque la inteligencia artificial haya causado mucho entusiasmo en la gente, suscitando entonces notoria eclosión, desde el litoral de la filosofía suele preconizarse la deshumanización de la persona como sujeto ontológico, por lo que nunca el ser humanal podrá prescindir de la condición transida, vista como ese estado de cansancio, fatiga, angustia, padecimiento, sufrimiento o dolencia espiritual que propende a suceder por alguna penalidad, necesidad, aflicción o tribulación.
En efecto, la condición transida, por ser denotativa, idiosincrática y constitutiva de ipseidad, mismidad u otredad, ínsita en mujer u hombre, ha sido objeto de tratamiento gnoseológico en sede filosófica, a través de autores conspicuos, tales como Paul Ricoeur, Martin Heidegger, Enrique Dussel, Jean Paul Sartre y Simone Weil, cuyo origen atávico u originario se halla en la aprehensión sobre la muerte, angustia, historicidad, contingencia o devenir, cuestiones intrínsecas y extrínsecas que son circunstantes del sujeto ontológico.
Y para cerrar la circularidad comunicativa, urge dejar sentado que en la condición transida de todo sujeto ontológico radica el contraste entre la inteligencia artificial y la razón, cogitación e ingenio humano, aunque haya sido dicho que la mecanización técnica del quehacer manual o profesional mediante el uso de semejante estructura algorítmica, cabe descartarse entonces que el archiconocido artefacto tecnológico de última generación pueda sustituir la capacidad pensante de mujer u hombre, por cuanto cualquier persona acumula experiencia vivencial, sentida en cuerpo, alma y espíritu, pero resulta contrario en su némesis, donde hay ausencia de saber ser, descripto a través de eticidad y dialéctica que la humanidad lleva consigo en tiempo pretérito, hodierno y prospectivo.
