El calor que transforma los horarios de los dominicanos

Rafael Méndez Tejeda
Físico y climatólogo

En la República Dominicana, el calor intenso dejó de ser una incomodidad pasajera para convertirse en una condición que afecta la vida cotidiana. El contexto global confirma esta tendencia: 2024 fue el año más cálido registrado. La Organización Meteorológica Mundial estimó una anomalía cercana a 1.55 °C respecto al periodo preindustrial, mientras NOAA situó la temperatura global 1.29 °C por encima del promedio del siglo XX. En el Caribe, también fue el año más cálido desde 1950, con una temperatura media de 26.81 °C, equivalente a 0.84 °C sobre el promedio de 1991–2020.

El problema trasciende, va más allá de días calurosos, porque se trata de un ambiente que altera el descanso, el trabajo, la escuela, la salud y el consumo eléctrico. En el trópico húmedo, el riesgo aumenta por la combinación de humedad, radiación solar, vientos débiles y noches cálidas. Cuando el sudor no se evapora adecuadamente, el cuerpo pierde capacidad para enfriarse y la sensación térmica puede superar ampliamente la temperatura registrada. Todo esto agrava las enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas. Los niños, las personas mayores, las embarazadas, quienes padecen condiciones crónicas y quienes realizan actividades al aire libre enfrentan una vulnerabilidad mayor.

El impacto es evidente en el mundo laboral. Obreros de la construcción, agricultores, vendedores ambulantes, transportistas y agentes de seguridad comienzan sus jornadas más temprano o reducen las tareas pesadas al mediodía. No es una cuestión de comodidad: el calor disminuye la concentración, acelera la fatiga y aumenta el riesgo de errores y accidentes.

En las zonas agrícolas de San Juan, Azua, hasta el Cibao, así como en la región fronteriza y las áreas productoras del sur y del este, el calor ocupacional debe asumirse como un asunto de salud pública y protección laboral. Lo mismo ocurre en talleres, cocinas, mercados y espacios con ventilación deficiente. Pausas frecuentes, agua potable, sombra y vigilancia de síntomas son medidas esenciales.

Las escuelas también enfrentan este problema. En aulas poco ventiladas, con techos que acumulan calor o acceso irregular al agua, las altas temperaturas reducen la atención y dificultan el aprendizaje. Ajustar horarios, limitar la exposición solar y garantizar agua segura no debería depender de la improvisación de cada plantel.

Las noches frescas, antes asociada al alivio, no disminuyen la temperatura lo suficiente. Cuando el cuerpo no logra reducir su temperatura, el sueño pierde calidad. Las familias utilizan durante más horas abanicos o acondicionadores de aire; si el servicio eléctrico falla, el problema se intensifica en viviendas pequeñas, densamente ocupadas o construidas con materiales que almacenan calor.

El impacto se siente en las actividades deportivas y recreativas, sobre todo en aquellas sensibles al calor. Los entrenamientos de béisbol, fútbol y atletismo, así como las caminatas y los torneos comunitarios, pierden rendimiento cuando aumentan la temperatura y la humedad. También crece el riesgo de deshidratación, agotamiento y golpe de calor, sobre todo entre niños y jóvenes. La propia FIFA reconoció esta necesidad al establecer en la Copa Mundial de 2026 pausas obligatorias de rehidratación de tres minutos, independientemente de las condiciones meteorológicas. Esta medida refleja la importancia de incorporar descansos planificados para beber agua y reducir la carga térmica. Por ello, las actividades físicas deben realizarse en horas más frescas, con acceso a sombra, hidratación frecuente y criterios claros para suspenderlas cuando la sensación térmica sea peligrosa.

En el caso del transporte añade exposición. Esperar una guagua bajo el sol, desplazarse en motocicleta o permanecer en un tapón dentro de un vehículo mal ventilado prolonga el riesgo, especialmente durante la tarde, cuando coinciden la radiación acumulada, la humedad y las emisiones vehiculares.

A todo este escenario se suma la llegada de polvo del Sahara. Sus partículas deterioran la calidad del aire y agravan los problemas respiratorios. Cuando coinciden polvo, calor y humedad elevada, las personas con asma, alergias u otras afecciones enfrentan una carga adicional.

Debe haber una respuesta gubernamental y colectiva: ampliar el arbolado urbano, proteger las áreas verdes, mejorar la ventilación de viviendas y escuelas, crear sombra en espacios públicos, emplear materiales que absorban menos calor y fortalecer las alertas tempranas. Las instituciones públicas y privadas también tienen que establecer protocolos para proteger a trabajadores, estudiantes, deportistas y poblaciones vulnerables.

Hay que dejar de pensar que el cambio climático en la República Dominicana se expresa únicamente mediante huracanes, inundaciones o sequías. También se siente en la habitación que no enfría, en el aula sofocante, en el trabajador que rinde menos, el atleta que debe detenerse, la factura eléctrica que aumenta y el agua que no alcanza. El calor no solo modifica el termómetro: transforma el bolsillo y profundiza las desigualdades. Por lo tanto, se está convirtiendo en un problema del estado, reconocerlo es indispensable para convertir la experiencia cotidiana en prevención, planificación y acción climática sostenida.

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