El 8 de junio de 1978, Aleksandr Solzhenitsyn pronunció en la Universidad de Harvard un discurso que ha pasado a la historia como: “Un mundo dividido”.
En una parte del discurso, el escritor ruso que había estado preso en el Gulag, habla sobre la prensa. Él sabía lo que era vivir bajo una prensa de Estado, instrumento dócil del poder y vocera del partido. Por eso su crítica a la prensa occidental tenía un peso peculiar: no era un enemigo del periodismo libre, sino alguien que había pagado el precio de no tenerlo. Afirmó, ante los graduandos de la universidad más prestigiosa del mundo, que la libertad de prensa en Occidente había degenerado en poder sin responsabilidad.
Según su criterio la prensa se había convertido en el mayor poder dentro de los países occidentales, que excedía al de las legislaturas, los ejecutivos y los judiciales. Al respecto, formuló la siguiente pregunta, válida hoy día: ¿en virtud de qué norma ha sido elegida, y ante quién es responsable?
La prensa libre se legitima, en teoría, por su función: informar y fiscalizar. Pero cuando esa función se ejerce sin contrapeso ni rendición de cuentas, el poder mediático se convierte en un extra poder no electo que juzga sin ser juzgado.
Y continúa argumentando el Premio Nobel de Literatura del año 1970, que: “No existe una auténtica responsabilidad moral por la distorsión o la desproporción. ¿Qué clase de responsabilidad tiene el periodista de un diario frente a sus lectores o frente a la historia? Cuando se ha llevado a la opinión pública hacia carriles equivocados mediante información inexacta o conclusiones erradas.”
Solzhenitsyn señalaba otra patología: la precipitación como norma. La exigencia de información instantánea obliga al periodismo a construir sobre rumores y suposiciones que nadie desmentirá, porque el ciclo ya ha girado y la atención está en otra parte. Los juicios apresurados, sin confirmación ni sustento, quedan en la memoria del público como si fueran hechos verificados. Una nación puede sufrir las peores consecuencias por un error semejante, advertía, pero el periodista siempre saldrá impune y sin ningún tipo de responsabilidad moral. Incluso, afirma que: “Lo más probable es que, con renovado aplomo, sólo empezará a escribir exactamente lo contrario de lo que dijo antes”.
Esa impunidad -no la penal, sino la moral e institucional- es el núcleo del problema. Y es, también, uno de los déficits más persistentes de nuestros sistemas democráticos. En el país lo conocemos bien. Hemos visto reputaciones destruidas por informaciones que jamás fueron rectificadas. Hemos visto el proceso mediático anteceder y contaminar el proceso judicial. Hemos visto al cuarto poder ejercer funciones del primero sin las responsabilidades que esto conlleva.
No se trata de amordazar la prensa. Se trata de exigirle lo que ella exige a todos los demás: rendición de cuentas. La libertad sin responsabilidad no es un derecho; es un privilegio. Y los privilegios, en democracia, no deberían permitirse.
Solzhenitsyn lo dijo en Harvard hace casi medio siglo y aún tiene vigencia.
¡He dicho!
