El anuncio del dictador Daniel Ortega durante un acto conmemorativo del 47 aniversario de la Revolución Sandinista de que no habrá más elecciones en Nicaragua, es la reiteración de una situación de hecho que hace años existe en el país desde que este regresara al poder en el año 2007 e iniciara una carrera para lograr derribar todos los obstáculos que impedían su mantenimiento indefinido en el poder.
Primero intentó modificar la Constitución para eliminar la prohibición a la reelección consecutiva y al no conseguirlo, se agenció una vergonzosa sentencia de inconstitucionalidad dictada por la corte suprema de justicia, modificación que si logró pasar en el año 2014 para eliminar el doble candado que esta tenía, pues prohibía la reelección consecutiva y también luego de dos períodos; y a partir de ahí valiéndose de farsas electorales su presidencia compartida con su esposa Rosario Murillo, violentando el mandato constitucional que prohibía participar como candidatos a parientes y afines del que ejerciere o hubiere ejercido la presidencia, no ha cesado de manifestarse como la más cruel dictadura, que apresa, persigue, maltrata, desnacionaliza, condena, y confisca y expropia bienes a periodistas, líderes religiosos y opositores, así como a toda persona u organización que haya expresado críticas a sus abusos de poder, y llegó a despojarles de su personería jurídica, como hizo con la Orden de los Jesuitas a la que disolvió y le expropió sus bienes, y a organizaciones del empresariado a las que cerró y les canceló su personalidad.
Aunque parecía que nada más podía hacer Ortega ante la mirada casi indiferente del mundo, luego de haber desterrado a muchos compatriotas, de mantener a muchos retenidos y a otros tantos en el exilio ante la imposibilidad de regreso a su tierra, su descarado anuncio de que se olviden de elecciones no debería quedarse en un repudio más, y debe ir más allá en la línea de acción de la comunidad internacional, con un accionar que refleje un compromiso más firme con los principios democráticos.
Desgraciadamente Nicaragua, que fue manejada por los Somoza como su finca bajo el manto protector de los Estados Unidos y que transitó los sueños de liberación tras el triunfo de la revolución sandinista, está oprimida por un “hierro caliente” que no es el que los cantautores describían como el garrote del imperio norteamericano, sino uno salido de las entrañas de esa lucha, que paradójicamente ha sumido a los nicaragüenses al mismo yugo opresor de los abominables designios de una dictadura tan despreciable como la que derrocaron en 1979. Y aunque lluevan los editoriales de la prensa condenando la muerte del voto, y gobiernos como el de Panamá hayan expresado su rechazo, y funcionarios de los EE.UU. digan que no se quedarán de brazos cruzados, esto no tendrá un efecto a menos que se logre articular una presión de un nivel tal que pueda resquebrajar ese régimen, pero al mismo tiempo la historia nos da cuenta no solo de que esas presiones muchas veces no consiguen sus objetivos como sucedió con Cuba, sino que la motivación de las grandes potencias, y sobre todo en la actualidad, está más vinculada a los intereses económicos o geopolíticos, que a la defensa de los ideales democráticos.
Ojalá aprendamos que nada es más valioso que los principios democráticos, pues sobran los ejemplos de revoluciones fracasadas que se han convertido en opresores de sus pueblos, de líderes autoritarios que crecieron bajo el efecto de la levadura de su lema de restaurar el orden con mano dura, pero debilitando la institucionalidad para su beneficio, y de silencios cómplices ante groseras violaciones al orden constitucional y democrático por conveniencias particulares y miope visión, que terminaron aniquilando derechos a los mismos que una vez pensaron que esa era la forma de ordenar la sociedad. Recordemos que las promesas de muchos que se pintaron como reivindicadores, liberadores o rescatadores de sus países han terminado en pesadillas tan crueles o más, como las que prometieron superar, y que a pesar de sus muchos defectos vivir en democracia es una gracia que hay que valorar y preservar.
