“El país de la sinrazón” de Moscoso Puello

Francisco Eugenio Moscoso Puello (1885-1959), novelista, médico cirujano y maestro, publicó en 1941 las “Cartas a Evelina”, que rúne 36 cartas, las primeras publicadas en 1913 y las últimas en 1935. Este libro parece no envejecer, porque los males que describe tampoco lo hacen. El libro se publicó en pleno auge del régimen trujillista, incluso ya la ciudad de Santo Domingo de Guzmán se llamaba Ciudad Trujillo, y el pesimismo del texto contrastaba con la narrativa oficial de optimismo y superación nacional lograda por el régimen.

Moscoso Puello dirigía las “cartas” a una mujer extranjera, culta e inteligente, a la cual le hacía, con pesimismo extremo, pero también con fina ironía y humor, un diagnóstico de la realidad dominicana, que parece circular, de ahí su actualidad: la pobreza estructural del pueblo, el caudillismo como vicio genético de nuestra historia y la incapacidad de sostener un proyecto nacional, lo que él llamó, sin eufemismos, las “taras del dominicano”.

El libro iba contrario a lo que el régimen trujillista buscaba inspirar, por lo que fue apresado poco después de la publicación del texto. En las mazmorras “intentó cortarse la yugular”, pero sobrevivió. Luego Trujillo, en un gesto anormal en él, lo liberó sin exigirle nada, ni una “letra de adhesión” como era costumbre, y lo nombró director del Hospital Padre Billini. Este “gesto increíble” del déspota, como lo llamó su alumno Antonio Zaglul, quizás pudo concretarse por la ayuda, silenciosa, de un cuñado de Moscoso Puello, que era colaborador del régimen y hermano de su esposa, la señora Lidia Luisa Balaguer Ricardo.

Desde su liberación, Moscoso Puello dejó de publicar sus observaciones sobre la realidad social dominicana. Se refugió en la medicina, convirtió el Padre Billini en un centro modelo, y trabajó durante veinte años en sus monumentales Apuntes para la historia de la medicina de la isla de Santo Domingo, publicados póstumamente. Solo en 1956, ya cerca de la muerte, regresó a la escritura con Navarijo, novela autobiográfica sobre el barrio de su infancia, donde la crítica a la tiranía aparece encubierta bajo el disfraz del recuerdo. Nunca alabó a Trujillo. Tampoco volvió a combatirlo abiertamente. Eligió el silencio digno.

Lo que sobrecoge es que su diagnóstico siga teniendo vigencia. Las cartas describen una sociedad donde la política se reduce a facciones sin ideas, donde el Estado no termina de constituirse en instrumento de progreso colectivo, donde la inteligencia crítica es sospechosa y el servilismo prospera. Sin dudas, aquellos polvos se parecen a estos lodos, como dice el refrán español.

Soledad Álvarez, destacada escritora nacional, en un gran prólogo al texto, nos dice que eran “blanco también de sus dardos los generales, que lo invaden todo y disfrutan de todo; los extranjeros, dueños del país; las leyes, que no se adecuan al carácter y a las costumbres del pueblo, y la Constitución, que debía contener las bases sobre las cuales se instituye la nacionalidad y está viciada desde su nacimiento por las reformas que se realizan con pasmosa frecuencia”. La misma historia nacional, los mismos males circulares.

“Hace tanto calor en nuestro clima que debemos tener los sesos derretidos”, dice el autor.
Por su actualidad, las “Cartas a Evelina” merecen una relectura.
¡He dicho!

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